Apenas el gusto amargo que deja la ausencia de Alfonsín.

Por: Julio Blanck.

Esta vez, ni azúcar ni sacarina. Apenas el gusto amargo que deja la ausencia de Raúl Alfonsín.

Alfonsín, que fue el protagonista de la última epopeya argentina, una epopeya inconclusa como corresponde a nuestra historia y a nuestra volubilidad extrema. Que fue criticado sin piedad, más allá de cualquier noción elemental de justicia y equilibrio, porque era necesario demonizar su atrevimiento al discutirle el poder a los poderosos. Y que ahora, en los días de su muerte, fue elogiado también más allá de lo razonable, porque había que demonizar, por omisión, los valores opuestos a los suyos, que son los que hoy dominan la política.

Y aunque el mendocino Ernesto Sanz, ascendente jefe de los senadores radicales, en su bello y justo discurso en el funeral del Congreso, haya dicho que el legado de Alfonsín había que buscarlo "en él mismo y su conducta", más que en sus discursos o en sus textos, en éste, que es un espacio de palabras, elegimos para este domingo volver a algunas palabras de Alfonsín. Son las que dijo en el comienzo y en el final de su presidencia.

En las primeras, Alfonsín marcó sus propósitos iniciales, cuando todo era potencia inaugural y nada era desgaste. En las otras, está el balance que hizo de su propio paso por el poder, una definición de lo que él consideró su logro mayor.

Dijo Alfonsín el 10 de diciembre de 1983, desde los balcones del Cabildo, con la banda presidencial recién cruzada sobre su pecho, ante una multitud feliz, esperanzada y multipartidaria que colmaba la Plaza de Mayo.

"Compatriotas: iniciamos todos hoy una etapa nueva de la Argentina. Iniciamos una etapa que sin duda será difícil, porque tenemos todos la enorme responsabilidad de asegurar hoy y para los tiempos la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina.

"Sabemos que son momentos duros y difíciles, pero no tenemos una sola duda. Vamos a arrancar los argentinos, vamos a salir adelante, vamos a hacer el país que nos merecemos. Y lo vamos a poder hacer, no por obra y gracia de gobernantes iluminados sino por esto que esta Plaza está cantando, porque el pueblo unido jamás será vencido.

"Una feliz circunstancia ha querido que este día en que los argentinos comenzamos esta etapa de 100 años de libertad, de paz y de democracia, sea el Día de los Derechos Humanos. Y queremos, en consecuencia, comprometernos una vez más: vamos a trabajar categórica y decisivamente por la dignidad del hombre, al que sabemos hay que darle libertad, pero también justicia, porque la defensa de los derechos humanos no se agota en la preservación de la vida, sino además también en el combate que estamos absolutamente decididos a librar contra la miseria y la pobreza en nuestra Nación".

Y dijo Alfonsín el 1° de mayo de 1989, al inaugurar por última vez las sesiones ordinarias del Congreso, ya en declive irreversible, dos semanas antes de las elecciones presidenciales que ganaría Carlos Menem.

"La tarea principal que nos encomendó el país en 1983 fue construir una democracia. Con la colaboración de toda la sociedad, nos entregamos a esa tarea. Y hemos tenido un éxito tal, que hoy el país se ha olvidado de cuáles eran sus preocupaciones, sus dudas, sus ansiedades en 1983.

"Hoy, todo nos parece natural. Nos parece natural que no haya estado de sitio. Nos parece natural que cada uno pueda decir lo que quiera. Nos parece natural que no haya proscripciones. Nos parece natural que no haya presos políticos. Nos parece natural que no haya provincias intervenidas. Nos parece natural que no haya sindicatos intervenidos, nos parece natural que el gobierno esté por concluir su período constitucional.

"Y yo creo que está bien que todo esto nos parezca algo natural. Así debemos considerarlo de ahora en adelante. Sin embargo, todo eso, junto, no se había dado nunca en nuestra historia".

Pasaron casi veinte años desde que Alfonsín dejó el poder, en julio de 1989. Desde entonces, los cimientos que supo colocar en el edificio de la democracia demostraron tener la solidez suficiente para aguantar todos los embates económicos, políticos y sociales que le supimos propinar. Así cambió, al menos en un aspecto, el destino de fracaso al que tantas veces parecemos condenados.

En estos días de su muerte floreció una especie de corrección política, hipócrita por naturaleza, que llevó a demasiados sinvergüenzas a llenarse la boca con elogios. Habiéndolo conocido, es seguro que a Alfonsín le agradaría más el reconocimiento cálido y austero, que esa triste zalamería desbordada.

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