El antifeminista.

Por Jorge Fontevecchia.

Me hice primero ateo, a los 12 años, cuando me enteré de que la Iglesia había torturado a Galileo. Y recién ocho años después, Alicia Moreau de Justo me convenció de "pasarme" al agnosticismo, porque "es tan soberbio tener la certeza de que Dios existe como de que no existe. Lo correcto es decir que no se sabe", me decía ella con razón.

Tuve un tío abuelo obispo en Italia a quien no llegué a conocer, aunque sí pude visitar el colegio que en homenaje a él lleva mi apellido en Fermo, Mache. Mi padre hizo los cinco años del secundario internado en el colegio Don Bosco de los Salesianos, a quienes indirectamente debo mi vocación de periodista como herencia de la formación en "artes gráficas" que le dieron a mi padre en ese colegio. Pero yo salí agnóstico.

En realidad, me hice primero ateo, a los 12 años, cuando me enteré de que la Iglesia había torturado a Galileo. Y recién ocho años después, Alicia Moreau de Justo me convenció de "pasarme" al agnosticismo, porque "es tan soberbio tener la certeza de que Dios existe como de que no existe. Lo correcto es decir que no se sabe", me decía ella con razón.

Como todo liberal de izquierda, siempre me sentí ideológicamente tan lejos del marxismo como del oscurantismo de la Iglesia Católica. Me rebelé ante ambos dogmatismos que trataban de imponer verdades únicas y totalizadoras. Tanto el comunismo como la Iglesia limitan la libertad individual y la subordinan a otras prioridades.

Cuando era chico miraba por televisión Las aventuras de Hijitus. Ya de adulto me tocó vivir en el mismo edificio que su creador, Manuel García Ferré, a quien un día me animé a preguntarle en el ascensor: "Dígame, Manuel, ¿por qué el malo era Neurus, justo un profesor?". "No sé –me contestó–, nunca me había puesto a pensar en eso." En otro viaje en ascensor fue García Ferré quien me preguntó: "Me quedé pensando en lo del profesor Neurus: ¿por qué cree que elegí como malo a un profesor?". "Porque de muy chico usted fue a la escuela en España –le respondí–, cuando era el país más clerical del mundo, y para la parte más conservadora de la Iglesia la ciencia resultaba una amenaza. Imagino que quedó inconscientemente impregnado con esa visión."

Cuando esta semana monseñor Héctor Aguer, presidente de la Comisión de Educación del Episcopado argentino y, para muchos, después de Bergoglio la persona más importante de la Iglesia, calificó de "neomarxista" y "totalitario" el manual de formación docente en educación sexual que distribuyó el Gobierno, no pude no simpatizar con el Gobierno. Lo mismo que sucedió hace algunos años con los dichos del vicario castrense Antonio Baseotto: los pensamientos retrógrados lo único que hacen es fortalecer a los Kirchner. Y me sucede con Benedicto XVI, quien tampoco me cae simpático y sintomáticamente lo llamo más habitualmente Joseph Ratzinger, al revés de lo que me sucedía con Karol Wojtyla, a quien siempre veía como Juan Pablo II.

Y cuando anteayer, viernes, a las 11 de la mañana, el jefe de Redacción de PERFIL, Claudio Gurmindo, me avisó que cuatro horas después tenía que partir a La Plata a entrevistar al controvertido Aguer, arzobispo de esa ciudad, el más "ratzingerista" de todos los obispos argentinos, mi cabeza desempolvó de la memoria al profesor Neurus de Hijitus.

Aguer, para rebatir el manual de formación docente en educación sexual, criticó no sólo a Marx sino también a Nietzsche, Descartes, Freud, Foucault. El hombre no anda con vueltas: en las sólo tres páginas que contienen sus consideraciones acerca de las "orientaciones oficiales sobre la educación sexual", el presidente de la Comisión de Educación del Episcopado puso en tela de juicio a una parte significativa de los mayores pensadores de los últimos siglos. En su cruzada antidialéctica le faltó criticar a Hegel y no se privó de elogiar a Adorno por su "dialéctica negativa".

Conozco mujeres para quienes Aguer simboliza al "enemigo". Quizá sea exagerado, pero mínimamente se podría decir que Aguer es el más prominente miembro antifeminista de la Iglesia argentina.

En el reportaje, más allá de sus posiciones medievales, el entrevistado demuestra que leyó a todos los filósofos modernos y debate con solidez académica.

Traté de equilibrar mi declarado agnosticismo con el mayor respeto posible a las ideas del prójimo (aunque me resultan más que arcaicas), fundamentalmente por la cantidad de católicos que practican los postulados de Aguer y Ratzinger.

Espero que todos los lectores se sientan respetados en esta especie de debate bioético.

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