LA ANTESALA DE LA SALIDA DE MORENO

Por: Pablo Ibáñez

A solas en la suite del Catalinas Park, Cristina de Kirchner repasó -una vez más- un libreto que se sabe de memoria. Un año atrás, en otro 9 de Julio, tuvo que encarpetar los borradores. El país ardía, y en ese fuego se pulverizó la fantasía del Pacto Social.

El miércoles, en la medianoche de Tucumán, la Presidente programó el tono del llamado al diálogo que lanzaría unas horas después. Su esposo, Néstor Kirchner, estaba enclaustrado en El Calafate. La lejanía espacial se tradujo, luego, en un giro político.

Apenas insinuado, el modo autocrítico y aperturista que Cristina estrenó ayer -que sugiere la irrupción de otro estilo K, menos áspero-, tiene un único tester para calibrar la voluntad presidencial: la permanencia de Guillermo Moreno en el staff cristinista.

El Gobierno admite, por lo bajo, que apenas cite -como planea- a una mesa de diálogo a dirigentes opositores, compañías de servicios públicos privatizadas y entidades del campo y de la industria, el primer hachazo apuntará al secretario de Comercio.

El método que ejecute la Presidente para desprenderse de Moreno será primordial para facilitar o abortar la convocatoria a dialogar. Parece, por lógica básica, menos probable que se lo entregue a sus críticos que desplazarlo antes de la primera cumbre.

Hace tiempo, el secretario es menos trascendente que su fantasma. Apenas, por inercia, retoca los índices de una inflación que se achata sin necesidad de su arte numérico. Parece, en las oficinas de Massuh en Quilmes, un capataz obsesivo, pero ineficiente.

Sólo lo preserva el antojo de Kirchner. A la espera de una caída que todos recomiendan, el Gobierno -no el matrimonio sino quienes lo orbitan- se selló, implícitamente, un pacto de silencio sobre Moreno y su meneada expulsión apenas superó el último cambio de gabinete.

Con cierto misticismo desesperado, ministros y funcionarios suponen que cuando no se hable más de él, Moreno se esfumará como una letra que ya nadie pronuncia.

La normalización del INDEC -Jorge Capitanich le contó a la Presidente que en su provincia incorporó a la CEPAL y detectó una inflación del 17% en 2008- es uno de los capítulos que la oposición metió en la agenda del diálogo. Es imposible con Moreno al acecho.

De a poco, acaso más de lo que se admite en Casa Rosada, Cristina incluye al secretario de Comercio Interior en la bolsa de lo que deberá resignar tras el golpe del 28-J junto a los «superpoderes» que ya decidió no adicionar a la ley de Presupuesto 2010.

No integra ese paquete, en cambio, la ley del cheque. Es el tercer renglón de ingresos del Estado, y el Gobierno cree que en la mesa de diálogo ciertos sectores, como empresas de servicios e industrias subsidiadas, defenderán el esquema actual o uno similar.

El ministro de Economía, Amado Boudou, uno de los tres interlocutores que a priori designó la Presidente para ordenar la convocatoria -los otros serán el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y el ministro del Interior, Florencio Randazzo- se abocará a ese segmento.

Los tres están ejercitados en el doble comando y operaron, todo este tiempo, con un oído en la terminal de Olivos y otro en la Casa Rosada. Ninguno quiere espejarse en Sergio Massa, que sobreactuó su obediencia a la Presidente. La novela es conocida.

Nadie, con algún criterio, ni siquiera sugiere que Kirchner perderá incidencia sobre el pulso del Gobierno.

El regreso del Pacto Social que pergeñó el matrimonio junto a Alberto Fernández imita el coqueteo mostálgico de Kirchner con la transversalidad y, como esa remake, supone que el revés del 28-J fue por errores en el pasado cercano y no por hartazgo acumulado.

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