A 10 años de su apertura, la Ecoplanta recicla objetivos

La falta de presupuesto y criterio transformaron al ambicioso proyecto ecológico-industrial en una melancólica pyme. Ahora se la intentará reposicionar en los niveles regional y provincial.
Martes 11 de abril de 2000. Para muchos vecinos de General Daniel Cerri aquel día parece lejano, casi irreal. La memoria lanza, al azar, imágenes superpuestas de un acto de inauguración oficial, un corte de cintas, discursos, aplausos y flashes fotográficos que enmarcan la inauguración de la llamada Primera Planta de Reciclado de Residuos Sólidos, más conocida como la

Ecoplanta de Cerri.

Hoy también se mezclan las esperanzas de extender un camino más allá de las fronteras regionales donde se combinan proyectos, exportaciones, cifras, sueños.

A punto de cumplirse una década de aquella jornada, en la que se escucharon frases como "Hoy podemos llegar a un feliz término del proyecto" o "Este proyecto involucra una apuesta al futuro", la Ecoplanta sigue funcionando, pero alejada de las luces megalómanas del principio.

Ahora, dicen en la planta, es tiempo de madurez. De tener objetivos concretos, conociendo tanto los límites como las capacidades. Palabras propias de quienes saben del dolor detrás de cada cicatriz.

Después de todo, la Ecoplanta es una sobreviviente de los vaivenes políticos y económicos que vivió la región en los últimos tiempos y el que supo ser uno de los proyectos ecológicos más complejos y ambiciosos que tuvo la Argentina, de cara al inicio del siglo XXI, es hoy una pequeña cooperativa sin mayor brújula que el amor propio de quienes sostienen la tarea diaria de procesamiento y venta de los materiales reciclados.

Historias mínimas.

Los inicios de la Ecoplanta pueden rastrearse hasta mediados de 1995.

A partir de las intensas gestiones del entonces concejal Alberto Sangre, quien apostó a "importar" el exitoso modelo que ya funcionaba en Trenque Lauquen y Laprida, el Municipio adjudicó 14 mil metros cuadrados sobre Artigas y Juana Azurduy para un proyecto de reciclado a nivel industrial.

La idea matriz fue aprovechar la totalidad de los residuos de la población de Cerri --estimada en 6 mil habitantes-- para su reconversión comercial. Con un primer aporte de 120 mil dólares se pudo delimitar, nivelar y forestar el terreno, construir oficinas, galpones y conseguir maquinarias.

Pero la mejor inversión fue, sin dudas, la compra de lombrices californianas en la Escuela Agropecuaria de Tres Arroyos, buscando aprovechar al máximo su capacidad natural de transformar residuos orgánicos en fertilizante de altísima calidad.

Claro que también había espacio para trabajar con los inorgánicos: bloques prensados de papel y cartón, molienda de vidrio, plástico, polietileno y envases PET dejaron de ser basura para convertirse en productos comerciales, ideales para la venta mayorista a recicladores.

Con este sistema, la ecuación era casi perfecta: el 80 por ciento de los materiales recibidos podría reciclarse y sólo el 20 restante terminaría entre los deshechos del cordón sanitario.

Vaivenes.

El proyecto obtuvo un importante respaldo oficial en febrero de 2001, cuando se acordó que la comuna se encargaría de la recolección y acondicionamiento de los residuos, y la cooperadora del empaque y la comercialización, además de impulsar programas ambientales en la comunidad.

Todo funcionó según lo previsto hasta mediados de 2004, con un promedio mensual de 90 toneladas procesadas, algunos embarques comerciales al Gran Buenos Aires y la Capital Federal, y hasta contactos con otros municipios de la región que evaluaban imitar o sumarse al proyecto de Cerri.

Pero en el invierno de 2004, el entonces intendente Rodolfo Lopes afirmó su "intención de jerarquizar una idea que empezó siendo piloto". Para lograrlo, solicitó algunas auditorías, revocó el acuerdo con la cooperadora y entregó el control a un ente descentralizado bajo la tutela del Tribunal de Cuentas Provincial.

Poco después comenzaron los rumores sobre una súperplanta, capaz de trabajar con las 240 toneladas diarias de residuos provenientes de Bahía Blanca. "No es algo utópico", argumentó Lopes por aquellos días.

Lo contradecía, sin embargo, la gestión del ente, que distaba mucho de cualquier plan de esa --o cualquier otra-- envergadura. Sin mayor explicación, los equipos e instalaciones comenzaron a herrumbrarse por el descuido y la falta de mantenimiento.

Y peor aún: las cuentas ya no cerraban, al punto que en julio de 2005 debió organizarse una subasta de emergencia con los productos almacenados para recaudar fondos.

El desinterés del organismo administrador fue tal que ni siquiera defendió el valor de los 14 lotes a rematar. Tasados en 194 mil pesos por el Colegio de Martilleros, fueron vendidos a apenas un cuarto de su valor. Todavía muchos recuerdan cómo un comerciante logró llevarse 62 toneladas de vidrio a cambio de un billete de 100 pesos.

Ante las denuncias recibidas, un grupo de concejales visitó la planta y aseguró con alarma que, efectivamente, estaba abandonada.

Se había tocado fondo, y era necesario un cambio de mando.

Segundo tiempo.

A pesar de un intento de ambientalistas whitenses para tomar a su cargo el proyecto, el Concejo Deliberante creó, en marzo de 2006, la Cooperativa de Trabajo Ecoplanta Limitada, en manos de los vecinos de Cerri.

Pero hacía falta algo más, porque hacia septiembre del mismo año, la planta llevaba muchos meses sin comercializar sus productos, las maquinarias lucían obsoletas, y podía percibirse el desencanto en muchos de los operarios.

En un intento por remediar la serie de problemas iniciada en 2004, el intendente Cristian Breitenstein firmó un convenio con la nueva cooperativa para intentar el resurgimiento. Se otorgaron créditos por 200 mil pesos para equipos, instalaciones y bienes muebles en comodato y un subsidio mensual de 3.200 pesos.

Como contraprestación, la Comuna reclamaba sacar a los empleados del régimen Jefes y Jefas de Hogar, desligarse de toda responsabilidad legal e impositiva, y supervisar la distribución de los recursos generados.

Pese al acuerdo, todavía quedaba un punto por resolver. Los años de mala gestión habían traído sus consecuencias: la pérdida de líneas de recolección, sistemas de transporte y redes comerciales puso a la Ecoplanta, una vez más, al borde del descenso.

Hubo, entonces, intentos por organizar un sistema en común con los cartoneros del barrio Noroeste, buscando una mayor rentabilidad para ambas partes. Pero la idea prosperó a medias. Y la amenaza de la quiebra volvió a posarse como una sombra alargada sobre el predio ecológico.

La incertidumbre llegó hasta el Foro Vecinal "Cerri de Pie", donde por primera vez se percibió que la historia podía quedar escrita en futuro imperfecto.

El mañana.

Desde el año pasado se mantienen conversaciones --formales e informales-- para transformar a la Ecoplanta en una Sociedad Anónima con Participación Estatal Mayoritaria (SAPEM), aprovechando las celebraciones del primer decenio. "Es la única posibilidad para que siga trabajando", se escuchó hace poco en los pasillos del Concejo Deliberante.

De esas charlas suelen participar el responsable de Gestión Ambiental, Sergio Montero; el subsecretario de Gobierno, Andrés Ambrisi; el delegado de General Cerri, Carlos Dumrauf, y el encargado de la planta, Fabián Fabrizzi, entre otros.

En el borrador del proyecto figuran inversiones por 500 mil pesos, la posibilidad de encargarse de la recolección diaria en las calles cerrenses, reforzar la conciencia ambiental en las escuelas y mantener los convenios con las empresas del Polo Petroquímico.

Pero los puntos más interesantes pueden encontrarse en otro de los párrafos donde se habla de coordinar tareas ecológicas con el Municipio de Punta Alta, y de realizar pruebas piloto de recolección en Bahía Blanca. El Paseo de las Esculturas, el Parque de Mayo y la Delegación Norte figuran como los sitios más probables para los ensayos.

Final de caja abierta.

La Ecoplanta, con capacidad para absorber la basura de hasta 60 mil habitantes, sigue esperando para cumplir con su destino original. Hoy cuenta con 38 empleados que se encargan de procesar cinco toneladas diarias de residuos. Todavía están muy lejos de las cifras logradas entre 2000 y 2003.

Es el resultado de una sumatoria de políticas erráticas, promesas incumplidas, falta de fondos y de un criterio único, pero sobre todo falta de fe. Sin embargo, la Ecoplanta de Cerri todavía busca su oportunidad, porque mientras los basurales a cielo abierto, la contaminación de la ría y las masivas fumigaciones de murciélagos deshacen el bienestar ecológico bahiense, a 15 kilómetros al sur de la plaza Rivadavia, hay un lugar que --pese a todo-- aun sueña con cielos llenos de aire puro.

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