El anillo del capitán Julio (Grondona)

Por Osvaldo Bazán.

Joseph Bruce Ismay no era un pasajero más del Titanic. Era uno de los pocos que no habían sacado pasaje porque el barco era suyo.

Algunas cosas no supo Joseph Bruce Ismay aquella noche en que tomó la decisión que lo metió a empujones en la historia como un cobarde. Por ejemplo, no supo que ésa no sería la peor. Las peores noches vendrían después. Fueron las de los siguientes veinticinco años, sin faltar una sola. Venían los gritos y venían las miradas acusadoras, esas que nunca reconoció oficialmente que lo incriminaran en los momentos finales del 14 de abril de 1918. Y entonces, durante las noches interminables de veinticinco años –imposible imaginar la tortura, cada noche durante veinticinco años– se preguntó si no había hecho todo mal. Si no hubiera sido mejor hundirse, ser un nombre más en el mar de los olvidos fríos que salvarse así, con esos ojos que lo perseguían, con esos gritos que lo nombraban. Si eso fue efectivamente una salvación, se preguntaba.

Joseph Bruce Ismay no era un pasajero más del Titanic. Era uno de los pocos que no habían sacado pasaje porque el barco era suyo. Joseph quería que su empresa, la Star White Line, fuese la primera en fabricar un transatlántico que al mismo tiempo en que representase el colmo del lujo, vomitando dorado y mármol, tuviese una tercera clase. Quería meter en el mismo barco a un montón importante de viajeros de clase media baja que sólo estuvieran interesados en llegar a destino y a un número mucho más reducido, pero mejor pago, de viajeros que disfrutaran de todos los lujos. La televisión abierta y el codificado, digamos. Unos y otros, nos enseñaron Kate y Leo, no tenían ni que sospecharse. Pero también vimos que nada salió como se esperaba.

No sabía esa noche Joseph Bruce Ismay que cuando el capitán Edward Smith lo invitó con un cigarro en el salón fumador del lujoso primer piso, y le dijo que deberían ir más despacio, por el asunto ese de los cables que venían anunciando icebergs, y un mar lleno de hielos gigantes en medio de la oscuridad, no era sólo la prevención de un capitán demasiado escrupuloso. Cuando Smith le pidió permiso para bajar la velocidad de 22 a 20 nudos, J. B. Ismay dijo que no. Toda la publicidad anunciaba que el Titanic, además de lujoso y seguro, era el más rápido. Iban a llegar a Nueva York antes de lo previsto. La prensa iba a explotar.

Pero ya todos vimos la película, sabemos del iceberg que parte las bodegas como un chorizo al medio y todos corren y el hielo, el frío, la improvisación, las estrellas luminosas, y Leo que cae y se pierde, cara blanca congelada, chau.

Mientras tanto en el barco, uno de los responsables de que hubiera menos botes salvavidas que gente –eso es maximización de costos y el símbolo de la nueva época que el Titanic había querido encarnar, y vaya si lo logró–, Joseph Bruce Ismay, se subió al último bote, en el lugar que lo políticamente correcto determina para una mujer, un niño, y se fue. Y pensó, pobre J. B. seguro que lo pensó, que se había salvado. Que un mal negocio hace cualquiera. Que esa cosa negra que se hundía en el mar negro no lo arrastraba a él. Que había un futuro. Que, como dice el anillo del capitán Julio Grondona, el anillo más famoso del país, "todo pasa".

Dicen que no quiso mirar el momento en el que finalmente el Titanic hizo plop. Algunos hasta piensan que ése fue su acto más heroico.

Pocas horas más tarde el buque Carpathia lo rescató, junto con los demás. Pasó cuatro días en el sector médico del barco salvador. Cuatro días sin comer nada sólido. Cuatro días en silencio. En su cabeza estallaban los gritos. O la mueca desencajada en el rostro de su sirviente personal Richard Fry y de su secretario William Harrison muertos de frío, ahogados en el barco más lujoso del mundo. Al llegar a Nueva York hizo lo que su clase le había enseñado, hizo aquello para lo que sí estaba preparado: se fue al Ritz.

No sabía J. B. Ismay en aquellas horas, y lo fue aprendiendo de a poco, dolorosamente, en cada noche que se vio obligado a volver al punto más negro del Atlántico norte, que cuando el Titanic se hunde no hay salvación posible. Fue el chivo expiatorio de las investigaciones y sólo pudo justificarse diciendo que "no vi ninguna mujer cerca y entonces pensé que era mejor no desaprovechar el lugar". Salvó su vida y hundió su nombre. No sabía, aquella noche J. B. no sabía, que un nombre es lo más importante que uno tiene, aun –voy a pecar de ingenuo, conscientemente– en estos tiempos. Que siempre hay una rendija impensada por la que la verdad se cuela. Las investigaciones parlamentarias no pudieron condenarlo, pero el odio del magnate periodístico William Hearst –o simplemente su olfato para las ventas– lo puso en la tapa de los diarios yanquis e ingleses, fue la caricatura de la cobardía; fue empujado por la opinión pública –sí, manipulada por el imperio mediático de Hearst– allí donde su propia conciencia no quería llegar. Cierto impulso literario podría tantos años después convertir a J. B. en un perdedor querible. El tipo que lo tenía todo y lo perdió por una decisión egoísta en una situación límite. Sin embargo, no hay reivindicación posible. Porque fue J. B. uno de los responsables, con su soberbia de vaso de whisky y puro en la mano, con su maximización de beneficios a cualquier costo, J. B., decía, fue uno de los responsables de que el Titanic se fuera a pique. Si otro cualquiera hubiera ocupado el bote, bueno, lo vemos. Pero no él, él había llevado a 2.224 pasajeros a ese punto de no retorno.

Hoy la idea de que "todo pasa", la idea del anillo del capitán Julio se hizo carne en la sociedad. El asunto de que nada de lo que hagamos tiene consecuencias, de que al final, chorizo. Eso del tango: "si ayer la quise/qué importa si hoy no la quiero". "Es un genio, no le importa nada", dicen como si el mayor elogio pudiera corresponder a la mayor falta de compromiso. Ahora que estamos a punto de saber todos los chanchullos del dueño del anillo porque William Hearst no perdona a socios infieles, habrá que ver si es cierto que todo pasa.

Entre todas las cosas que Joseph Bruce Ismay no sabía la noche en que decidió saltar al bote salvavidas, mientras se hundía para siempre el barco más seguro del mundo qué el había creado, la más importante y la que parece más difícil de aprender es que nadie se salva solo. Y esa, diga lo que diga el anillo más famoso del país, sigue siendo la única verdad.

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