Angustia en Islamabad: el avance talibán ya amenaza a la capital paquistaní

Están a sólo 100 kms. Clarín recorrió la ciudad. Hay ataques con piedras a mujeres. Muchas se preparan a vestir como quiere la milicia islámica. Se ven tanques, soldados y policías en las calles.
Con su muro antibomba, "check points" con barreras y bolsas de arena y guardias armados con nidos de ametralladoras, parece una fortaleza. Su famoso café está vacío; su recepción, sin pasajeros; su galería, sin boutiques. Los mozos de sus restaurantes esperan a comensales que jamás llegan y los primeros desertores son los propios paquistaníes, que lo han abandonado. El hotel Marriot de Islamabad es hoy un edificio fantasmagórico y vacío, que ha perdido no sólo sus clientes sino el alma después de que los talibanes lo volaran en un espectacular atentado el pasado 20 de septiembre. Resucitó de sus cenizas en sólo 3 meses, pero jamás volverá a ser lo que fue.

Si hay un signo de un antes y un después de la "talibanización" en Islamabad, el Marriot lo representa. Nadie lo visita luego de que fuera la columna social de la ciudad: los paquistaníes, porque los sumerge en los peores recuerdos; y los diplomáticos extranjeros, especialmente los norteamericanos, porque lo tienen prohibido por temor a otro ataque. Ocho meses después del regreso de la democracia a Pakistán y la elección del viudo de la asesinada ex premier Benazir Bhutto como nuevo presidente y ante la alarma occidental, los talibán se encuentran a 100 kilómetros de la capital del país. La venta de burkas en los mercados creció un 80% sólo en los últimos 20 días en la capital paquistaní. No es porque las paquistaníes estén decididas a usarla sino porque la consideran indispensable ante "una posible eventualidad", como explica Fatima en el Mercado Supermarket. Tal "eventualidad" es para ella "la posibilidad de que los talibán nos fuercen a usarla".

La capital paquistaní parece un búnker, con militares y barreras controladas por soldados y policías armados, tensión y una sensación de inseguridad permanente. La Zona Roja, donde está el Marriot, el Parlamento, la casa presidencial, la Cancillería y los servicios secretos, se ha convertido en un área esterilizada: los autos sólo pasan con cuentagotas y después de ser chequeados, desde el motor al baúl. Por primera vez, los paquistaníes discuten si los Talibán podrán llegar o no a Islamabad desde el valle de Swat, a través de las montañas que rodean la capital; si el ejército podrá frenarlos o se infiltrarán, a pesar de que toda la capital tiene los accesos cerrados y con barreras controladas por el ejército. Los puntos de vista difieren pero la posibilidad ha dejado de ser un tabú en la prensa, que exige un "consenso político y social" para combatirlos frente a un gobierno que ha vuelto a permitir que los militares sean los árbitros de la política en Pakistán, luego de que estuvieran en el poder desde 1999 hasta 2008.

El pánico llegó desde Washington, luego de que los talibán desafiaran los acuerdos de paz en el valle de Swat, donde iban a aplicar la "sharia" o justicia islámica en un acuerdo con el gobierno de Asiif Zardari, y extendieran sus dominios a punta de Kalashnikov en la vecina Buner. Su alarma forzó al ejército paquistaní a buscar desalojarlos la semana pasada, en una operación militar con artillería, tanques, aviones de combate y helicópteros, que aún continúa. Y todo con la advertencia de Estados Unidos de que el gobierno "frágil" del presidente Zardari está en peligro si no logran imponerse "en dos semanas" y con las "filtraciones" de que es deseo de Washington ver al ex premier Nawaz Shariff , depuesto por el general Parvez Musharraf en un golpe militar, como el nuevo primer ministro de la única potencia nuclear musulmana.

Desde Islamabad, la situación se ve de otro modo. No será ni tan rápido ni tan simple. "La llegada a Islamabad de los talibán es una buena historia. Pero lamentablemente no es cierta", dijo con sarcasmo un corresponsal extranjero, con varios años de residencia en Pakistán. Otros expertos de seguridad consideran que se los puede contener pero se imaginan otro escenario: una "negociación" entre el ejército y los talibán para impedir una eventual derrota militar humillante.

La "negociación" es un eterno instrumento en la sociedad paquistaní. "El talibán es un monstruo con varias cabezas. No es un grupo sino varios grupos y obviamente está apoyado por fuerzas externas que quieren desestabilizar a Pakistán", sugirió Aman Azhar, un comentarista político de Dawn News, la cadena de TV paquistaní.Un ex alto comisionado británico sintetizaba la situación con una frase magistral: "Si usted no está confundido, quiere decir que está mal informado aquí". Las salidas a la actual crisis en Pakistán están marcadas por la confusión, al menos para la linealidad occidental.

En un coqueto café del Mercado Koshar y muy cerca de las mejores residencias de Islamabad, tres mujeres paquistaníes elegantes se dieron cuenta la semana pasada de que sus vecinos de mesa de turbante eran cuatro jóvenes talibán. Salieron disparadas. En Markaz, en el área G8 de Islamabad, la hija de Jehangir Akhter llegó a la farmacia el martes pasado. Cuando regresó, su auto había sido "lapidado" a pedradas porque ella estaba conduciendo. ¿Los autores? Tres pashtunes enturbantados a quienes vio al bajar, sin prestarles demasiado atención. En el Islam talibán, las mujeres no pueden ni salir de la casa solas. Esta clase de incidentes eran impensables apenas unos meses atrás y son otros de los signos de "talibanización" de Islamabad, una ciudad tan moderna que las guías de turismo la describen como "a 15 minutos de Pakistán" y que siente un rechazo unánime a esta crisis de seguridad.

En esta sociedad de profundas desigualdades sociales, el miedo al atentado ha equiparado las clases sociales y castas y, al mismo tiempo, ha sumergido a ricos y pobres en un raro fatalismo: salir a la calle y aceptar "lo que Dios decida". Al mismo tiempo, la amenaza ha conseguido otro pronunciamiento abierto, del que no se hablaba apenas unos meses atrás: "Los talibán no son el Islam: lo violan, lo degradan. Islam es una religión de paz", sostienen en abierto apoyo a los militares que los combaten.

Wasem Dar sobrevivió milagrosamente al atentado en el Marriot. En la recepcion del hotel vio morir a dos de sus mejores amigos. "Todo esto afecta la imagen del país. El Islam no es lo que dice esta gente", afirma. La historia de Humaira, una moza de 18 años del "coffee shop" del Marriot, es igualmente dramática. Huyó de Afganistán después de que los talibán asesinaran a su tío delante de ella y de toda la familia. Llegó a Pakistán como refugiada, junto a su madre y a sus hermanos, escapando de la burqa forzada, de los castigos corporales si tenían las unas pintadas o caminaban sin compañía de un hombre. Estaba sirviendo una mesa cuando el camión con la bomba talibán estalló en el hotel y ella milagrosamente se salvó; solo tuvo un brazo roto. "Si llegan los talibán, hay que huir. Ellos no son musulmanes ni religiosos, sólo bárbaros", admite.

Si los paquistaníes se sienten agobiados por la falta de seguridad y la talibanización, ser diplomático en Islamabad significa restricciones y una vida aislada de embajada. Los estadounidenses tienen prohibido visitar el Serena, el hotel más lujoso de la ciudad transformado en otro bunker, salvo en misiones oficiales, o alojarse en el Marriot, comer en restaurants o caminar por la calle. El auto blindado es obligatorio para ellos. Sus salidas "al terreno" son supervisadas por la seguridad. En sus fiestas privadas, la seguridad de la embajada revisa uno a uno a cada uno de sus invitados. Para los demás diplomáticos occidentales, salvo excepciones, el "destino Islamabad" significa "sin mujeres y sin hijos".

Una paradoja son las fiestas privadas: como nadie puede concurrir prudentemente a ningún lugar público sin temores, Islamabad "by night" es una euforia, con "disco", vodka, gins y champagne aunque estén oficialmente prohibidos en la república islámica.

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