Amor sí, votos no

Por Luis Majul

Que nadie se llame a engaño. La muerte de Raúl Alfonsín no transformará a su hijo Ricardo en un líder de masas, ni a Julio Cobos mañana mismo en Presidente de la Nación.

Su fallecimiento y la impresionante despedida que le dieron miles de ciudadanos debería ser una lección ejemplar para los más importantes dirigentes de la Argentina, desde Néstor Kirchner y su esposa, la presidenta Cristina Fernández, hasta Elisa Carrió, quienes conciben a la confrontación y la denuncia casi como el único modo de hacer política. También debería verse como un ejemplo para los actuales gobernadores, intendentes y legisladores nacionales y provinciales que usan a la democracia para enriquecerse de manera personal. Pero una cosa fueron los tres días de luto y la reacción de una buena parte de la sociedad ante la desaparición del máximo dirigente de la Unión Cívica Radical desde Hipólito Irigoyen, y otra muy distinta es suponer que el radicalismo puede volver al poder en cualquier momento.

Asimismo, una cosa es interpretar que el apoyo a lo que representó Alfonsín implica un rechazo al estilo del actual gobierno y otra muy diferente es suponer que toda la Argentina, de repente, quiere una administración como la que comandó el ex presidente entre 1983 y 1989.

La tristeza por la muerte de un hombre bueno y un político honesto vino acompañada de las exageraciones de los extremistas de siempre: los que quieren ver a Alfonsín como demócrata más grande y el gobernante más perfecto de toda la historia de la Argentina, y los que como Hebe de Bonafini lo consideran un cómplice del terrorismo de Estado.

Detrás de la conmoción que disparó su muerte se esconde la cruda realidad de todos los días: radicales oportunistas que especulan y se suben a la supuesta nueva ola política; kirchneristas que rezan para que la espuma baje cuanto antes así pueden meterse de cabeza en la campaña; peronistas disidentes que analizan si esta ráfaga de humor social les quitará votos en la provincia de Buenos Aires y se los dará a Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín, o les sumará voluntades porque tanto Francisco De Narváez como Felipe Solá son vistos como una fuerza capaz de bajarle los humos a la prepotencia kirchnerista.

Un párrafo aparte merecen los dirigentes y periodistas que criticaron con saña y hasta ayudaron directa o indirectamente a precipitar la renuncia anticipada del hombre que ahora lloran. Ellos también, tarde o temprano, serán castigados por los argentinos que practican el ejercicio de la memoria.

Raúl Alfonsín les decía a sus correligionarios que le insistían para que participara en los procesos electorales:

- Cada día me quieren más, pero cada vez me votan menos.

Y una tarde de este año, cuando todavía conservaba su humor y su lucidez, fue todavía más específico:

- ¡Y no se imaginan lo que me van a querer cuando me muera!...Pero eso no significa que me vayan a votar ¿eh?

Lo tenía más claro que ninguno.

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