América latina: méritos del regionalismo anárquico

Por: Mónica Hirst

PROFESORA DE RELACIONES INTERNACIONALES, UNIVERSIDAD DI TELLA

La conducción grupal de la crisis en Honduras muestra todos los rasgos de una coordinación con altibajos, pero efectiva al fin, que tiene antecedentes históricos exitosos.

El más reciente capítulo americano de turbulencia institucional corresponde a un nuevo desafío de coordinación política regional. El episodio hondureño hace reaparecer fantasmas con respecto al riesgo de la suspensión del estado de derecho, el atropello arbitrario y forzado de la gobernabilidad democrática y el aislamiento internacional.

Al mismo tiempo, revela novedades en lo que concierne a la respuesta inmediata de los gobiernos de la región, y las responsabilidades asumidas individualmente -como es el caso de Brasil- o multilateralmente -como es caso de la OEA.

El futuro de Honduras constituye, actualmente, más un tema de especulación que de certeza. Este país deberá encarar un proceso de pacificación -con mediación-para luego retomar su propia trayectoria. De todas formas, ya es claro que su futuro de corto y mediano plazo estará marcado por la intromisión de gobiernos y organismos de la región.

Lo que se pretende analizar aquí es el carácter de la acción colectiva que esta injerencia sugiere. Parecería ser que América latina ilustra una capacidad que se reitera de coordinación regional, una forma de operar que se podría definir como regionalismo anárquico. Esta manera de actuar se expandió en los años de la posguerra fría. Su principal antecedente fue el Grupo de Contadora y de apoyo de los años 80 para lidiar con la crisis centroamericana. Las dos agrupaciones abrieron camino para el Compromiso de Esquipulas, gracias al cual la paz y la democracia aseguran su llegada al Istmo.

Otras demostraciones de iniciativa regional merecen ser recordadas. Acciones conjuntas bi, tri y multilaterales tuvieron lugar para evitar retrocesos autoritarios y/o escaladas de violencia política en Venezuela, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Haití. Las soluciones adoptadas fueron diversas y raramente se repitieron: grupo de amigos, iniciativas bilaterales, deliberaciones multilaterales regionales (OEA, Mercosur) o mundiales (ONU). El elemento constante fue la pronta manifestación de una voz regional para asegurar preservación de la paz y el respeto a las instituciones democráticas. La sugerencia de que esta forma de operar pueda estar asociada a una forma anárquica de practicar regionalismo adquiere fundamento cuando se observa un conjunto de semejanzas.

La primera consiste en el rechazo a la idea de gobierno. Es sistemática la resistencia en el ámbito latinoamericano al funcionamiento de instituciones que dispongan de autoridad y legitimidad en cualquier tema de interés común (sea comercio, energía, seguridad o medio ambiente). Las dificultades para institucionalizar el UNASUR es una demostración reciente.

La segunda es la preservación de la libertad. Las iniciativas regionales, desde la etapa final de la guerra fría, coinciden en defender la búsqueda de soluciones propias, desasociadas de influencias e intereses extraregionales. Mismo la OEA, en los últimos años, actúa más en función de la representación colectiva de sus miembros que de la asimetría impuesta por la presencia de los Estados Unidos.

La tercera es la espontaneidad. Todas las iniciativas de coordinación política efectivas son de carácter ad hoc, articuladas a partir del diálogo político y diplomático entre los países involucrados.

La cuarta sería la adhesión a la faceta anarquista que sigue de la consigna de la no violencia. Todas las iniciativas de coordinación política fueron realizadas por actores políticos y profesionales de la diplomacia. En ningún caso se observó la imposición de la presencia militar (un punto a ser considerado en la evaluación sobre el futuro próximo de Haití).

En quinto y último lugar se menciona el rechazo al concepto de liderazgo, sea por los riesgos a su erosión, causado por los vicios de las estructuras rígidas de poder o de excesos de los del verticalismo.

Con respecto a este punto, se proyectan dos empates no declarados en América latina. El primero es entre Venezuela y Brasil: ni se logra consolidar un liderazgo ideológico venezuelano -por más contundentes que sean las banderas bolivarianas- ni se logra asegurar una preeminencia brasileña política y económica -por mayores que sean las asimetrías entre este país y los demás.

El segundo es entre los Estados Unidos y Brasil: ni EE. UU. logra superar las contradicciones proporcionadas por su negligencia benigna para con la región; ni se arma en Brasil un consenso en cuanto a las responsabilidades permanentes que deben ser asumidas para la construcción de un liderazgo regional.

La conducción regional de la crisis en Honduras, mientras tanto, muestra que en los momentos necesarios las trabas producidas por estos empates son reducidas a su mínima expresión. Más bien, prevalece el interés de todos por una coordinación que, por parecer anárquica, no será menos efectiva.

En el pasado, existieron en América latina irrupciones de creatividad que dejaron contribuciones reconocidas mundialmente. En el campo del pensamiento económico, en los años 30 y 40 del siglo pasado, la elaboración de un modelo sustitutivo de importaciones fue un instrumento central para los países en desarrollo. En la literatura y el realismo fantástico, merecedor de un Premio Nobel revolucionó la ficción contemporánea. Tal vez, en la diplomacia política, los resultados para la paz y la democracia de una cierta forma de operar regionalmente acaben siendo percibidos como especialmente meritorios.

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