América latina: cuando se devalúan las instituciones

Por: Marcelo Cantelmi

Varios líderes de la región han caído en la misma trampa de los tan criticados años 90: la subestimación del Estado, la satanización de la oposición y el menosprecio de la prensa.

En América latina parece crecer, por momentos y en ciertos sitios, un laberinto de espejismos. Un mundo donde todo puede ser diferente a lo que es y lo que dicen sus tripulantes. En esa confusión no debería asombrar que, entre otros valores, se extravíen las instituciones, que suelen ser visualizadas como meras formas de la corrección política y no como el parámetro que permite el desarrollo de una comunidad. No hace falta abrir mucho los ojos para advertir lo que sucede cuando esas estructuras centrales son devaluadas.

Salvo excepciones, toda una generación de líderes nacidos de las consecuencias sociales de la era del ultraliberalismo, uno de los grandes demoledores del Estado, ha ido cayendo en una trampa igual a la de sus victimarios, interpretando la cuestión republicana como una fachada sobre la que es posible construir sin importar lo que queda debajo.

Karl Rove, el hombre que le armó la imagen a George Bush, proclamaba que a ellos no les importaba la realidad "porque construímos nuestra propia realidad". El concepto es tan soberbio como complejo y es claro que ha dejado discípulos. Tiene un vértice mesiánico a partir de la noción de que sólo un elegido podrá hacer las mudanzas necesarias. Y cualquier cosa que ponga en duda ese lugar del poder o cuestione las certezas que se esgrimen para sostenerlo, deberá ser amputada.

La construcción de la realidad implica la anulación de la discrecionalidad y el relativismo, es decir la capacidad social para discernir dentro de una amplia gama. La oferta acaba en una bipolaridad dogmática y maniquea. Y todo se torna poco a poco fundamentalista y el fundamentalismo es esencialmente reaccionario.

Es por esa causa que estos liderazgos suelen cargar de modo tan enconado contra la prensa cuando no le sirve de eco y descalifican de adversarios a enemigos a la oposición. La polarización de la sociedad, un ejercicio que el líder bolivariano Hugo Chávez -un ejemplo pero no el único como vemos a diario en la región-, practica con un fervor existencial, tiene el propósito único de cancelar el debate. Esa práctica combinada con una visión utilitaria de las instituciones, arrasa al cabo con la estructura del Estado republicano y necesariamente anula la oposición. No es una cuestión extraordinaria que en donde se ejecuta esta forma del poder, las alternativas políticas manifiesten una debilidad casi absoluta.

La idea de la construcción de la realidad tiene aún más aristas. Volvamos a Bush. La oficina de la esposa del ex vicepresidente Dick Cheney elaboraba listas sobre periodistas, docentes o artistas que mostraban actitudes que la Casa Blanca consideraba antipatrióticas. Lo "patriótico", obvio, sólo concernía al relato que el gobierno demandaba. Era la realidad construida y que debía convertirse en sentido común.

A Bush y su corte no le importaba que los medios mintieran o fueran ineficientes, le importaba substancialmente evitar que dijeran la verdad sobre las mentiras del gobierno. Esa metodología de alzar como un edificio un simulacro de la realidad y exigir que sea asumido como cierto sin lugar para el cuestionamiento, es lo que vemos hoy en este galimatías en el que se debate la mayor parte de la región, incluyendo claramente a nuestro país.

Veamos un solo ejemplo de realidad y ficción en la Venezuela chavista. En ese país existe un mercado paralelo de cambios con una brecha de casi 200% entre la paridad oficial y la del de "permuta" como prefieren llamar en Caracas a ese sendero oscuro. Semejante diferencia sería una pésima noticia para cualquier gobierno con intenciones de desarrollo. Desalienta la producción al estimular la especulación y la corrupción. Pero sucede que el principal participante de ese mercado es justamente el gobierno venezolano. En esta columna dijimos ya que la estatal petrolera PDVSA no vende la totalidad de sus divisas al Banco Central como correspondería, sino menos de la mitad. El resto de esa formidable caja va al paralelo por distintas vías: liquidez, bonos, notas. El gobierno obtiene así una renta formidable frente a lo que paga el mismo Estado. Es claro que un mercado de ese tipo se sostiene en base a lo que la gente pierde, lo financia la multitud. Lo que es aún peor es que estos mercados por necesidad no son transparentes. Solo quienes operan saben cuánto entra y cuánto sale. La ley de terrorismo mediático que anunció pero no ejecutó aún el chavismo, apunta a preservar estos juegos sucios. Es el "patriotismo" de Bush, en otra clave.

Estos peligrosos espejismos son los que no advierte porque no quiere hacerlo el Departamento de Estado de Barack Obama al no actuar con firmeza en el caso del golpe en Honduras. Esa ruptura constitucional consolida la idea de una institucionalidad moldeable y en la que se acepta el camino de salida elegido por los sublevados. Washington articula así con un escenario regional lleno de espejos rotos donde nada se ve con nitidez y todo parece lo mismo.

Desde nuestras candidaturas testimoniales a la más caribeña democracia con acciones penales contra los líderes opositores que ganan espacio electoral; los discursos revolucionarios y fundacionales pero de la mano de un extendido y silencioso mecanismo conservador de concentración de la economía, todo muestra un deterioro persistente del marco democrático. Y no es cosa de una sola vereda. El colombiano Alvaro Uribe, que juega a diferenciarse de esta cofradía del absolutismo y la perpetuación, forma parte del mismo fenómeno. Su plan de conseguir el tercer mandato consecutivo con una nueva reforma de la Constitución exhibe el mismo mesianismo, y esa ausencia de pudor para mutar los límites legales en aras de los intereses personales. Ese desprecio institucional tiene una fragua. El credo neoliberal de los '90 proponía como lema el achicamiento del Estado y la satanización de los políticos, o sea matar las instituciones. Milton Friedman llegó a proclamar que "la mayor corrupción" es la del Estado interviniendo. Esa colonización ideológica dio paso, al agotarse el modelo, a una descolonización que produjo líderes nacidos del enojo, algunos oportunistas y otros con pasmosos páramos ideológicos donde todo vale lo mismo. Como sucedió en la primera mitad del siglo pasado con la otra decolonización, aquellos liderazgos fueron transformadores pero en una gran mayoría se agotaron y devinieron en formas autoritarias cada vez mas opresivas. Es una profecía.

Comentá la nota