Las amenazas que sufre el sueño navideño de Macri

Por: Carlos Pagni.

Con la designación de Esteban Bullrich en el Ministerio de Educación de la ciudad, Mauricio Macri pretende haber puesto fin a una larga serie de infortunios.

Es un sueño navideño, pero insuficiente para resolver los problemas que sacó a la superficie la tempestad que viene soportando. De esa conmoción se conocen las consecuencias: la encuesta de Julio Aurelio, biblia laica del gobierno porteño, consigna que Macri y su gestión cayeron 10 puntos en un mes. Pero todavía falta detectar las razones que siguen amenazando al barco con el hundimiento, aunque salten a la vista.

La evidencia más inmediata es que la crisis del macrismo es la crisis de un método. Macri tramita la política como si se tratara de una empresa. Hasta el diseño de su organización parece el de una compañía. Un pequeño grupo de accionistas toma las decisiones. El principal es el propio Macri, secundado por sus íntimos amigos Nicolás Caputo y José Torello. Es un cenáculo casi inaccesible para el resto de Pro. Allí casi no hay conflictos, salvo cuando hay que alcanzar algún acuerdo con Cristóbal López y se entera la prensa.

En ese núcleo, reina una llamativa confusión entre lo público y lo privado. Caputo, por ejemplo, es uno de los desarrolladores más destacados de la ciudad de Buenos Aires y despacha temas de gobierno como si se tratara de un primer ministro. Esta confusión entre Estado, familia y viejos compañeros de colegio ha arrojado productos notables. Por ejemplo, la designación de Jorge Palacios al frente de la nonata policía porteña, inspirada en el supuesto protagonismo de ese comisario para librar a Macri de sus secuestradores. O la promoción del escritor Abel Posse al Ministerio de Educación, aconsejada por un miembro intermitente del club, Ramón Puerta, quien comparte con Posse una cofradía antikirchnerista que suele almorzar en Recoleta.

Segundo círculo

El segundo círculo está formado por una línea gerencial: Gabriela Michetti, Horacio Rodríguez Larreta, Marcos Peña y Darío Grindetti, entre otros. A este staff se acaba de incorporar Diego Santilli como ministro de Ambiente y Espacio Público, cargo desde el cual deberá resolver un contrato de $ 1080 millones por la recolección de residuos, un negocio que inspira una inesperada camaradería entre Hugo Moyano y el macrismo.

Estos gerentes libran una competencia a veces irresponsable por suceder a su jefe al frente de la municipalidad. Cada uno teje su propia red de solidaridades, en un notorio aislamiento. Obedecen los designios de su jefe como el empleado acata los de su patrón. Mientras tanto, libran su incesante batalla burocrático-electoral. Gran parte de los conflictos que enfrentó Macri por la designación de funcionarios proviene de esta guerra sorda. El último fue el de Bullrich, quien podría haber sido ministro de Educación antes que Posse. No lo fue porque el padrinazgo de Rodríguez Larreta le atrajo el veto de Peña -ascendente consejero del príncipe- y, más brumoso, el de Michetti. Ambos controlaban el área con Mariano Nadorowsky. No es la primera vez que el jefe de Gobierno termina -infierno mediante- donde debería haber comenzado: con Eugenio Burzaco en el área de seguridad sucedió lo mismo.

En un tercer círculo, algo aislados de la administración y de su líder, Macri tiene a los "políticos". Allí están Federico Pinedo, Santiago de Estrada, Paula Bertol, Oscar Moscariello, Andrés Amoroso, Jorge Triaca, Cristian Gribaudo; allí estaban Santilli y Bullrich. Este bajo clero toma decisiones, negocia, legisla, siguiendo con incertidumbre a su jefe, en un extraño oficio mudo.

La ubicación subalterna de este sector y su encapsulamiento revelan el segundo motivo de las tribulaciones porteñas de estos días. Porque, detrás del método, lo que estalló en el macrismo es un concepto: la idea de que se puede ingresar a la política para renunciar a la política. Macri y su grupo más cercano entienden su rol en la vida pública como el ejercicio de una función técnico-administrativa, un proceso anideológico, como el que ocurre en las empresas. Sólo alguien que desconoce o menosprecia lo político y las complejas discusiones que esconde su tradición, puede suponer que desafiará a una corporación como la Policía Federal creándole una competencia territorial y que eso no tendrá costos. Sólo quien ignora la dimensión conceptual, simbólica y axiológica de la política puede confiar la educación de los chicos a alguien como Posse y, al mismo tiempo, alentar el matrimonio gay. Macri llevó adelante ambas cosas con la misma liviandad. Designó a Posse sin siquiera "googlearlo". Y debió resignarse -cuando conoció la ira de Jorge Bergoglio- a que un grupo de allegados, encabezado por Santiago de Estrada, hiciera gestiones judiciales para revertir el permiso a las bodas entre homosexuales.

Nuevo ropaje

La sociedad argentina, sobre todo sus sectores medios, fue bastante propensa a fantasear con que una cultura externa a la política podría redimir a esa actividad de sus frustrantes prestaciones. Allí está la raíz del consenso que a lo largo de décadas obtuvieron los golpes de Estado: la disciplina castrense estaría en condiciones de regenerar la esfera pública. Ya se sabe el resultado. Pero cabe sospechar que esa ilusión se ha reencarnado, bajo un nuevo ropaje, en otra: la de encontrar una superación de la política en la racionalidad empresarial.

Macri supuso hasta ahora que, para administrar una materia contradictoria y sutil como el poder, basta con organizar una tecnocracia más o menos eficiente, contratar a un gurú (Jaime Durán Barba) y montar una maquinaria proselitista.

Por otra parte, Macri creyó también que, a cambio de no armar un partido ni elaborar un discurso, quienes se sienten desafiados por su gran popularidad y por su respetable foja electoral, lo dejarían jugar en un jardín ajeno sin molestarlo. Supuso que, como "a la gente sólo le interesa que le resuelvan los problemas" -como repite Rodríguez Larreta-, los dirigentes también deben agotarse en ser administradores de consorcio.

Acaso a Macri le haya llegado la hora de revisar esta lectura de la política. Tal vez necesite, para relanzar su carrera, contemplar esa actividad con otros ojos, y no con los de aquel chico que aprendió, en la mesa familiar, a ver el mundo de los políticos con escepticismo, con ese desdén con que suelen mirarlo lo contratistas del Estado.

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