Amenaza de golpe contra el Congreso

Por Joaquín Morales Solá

Néstor Kirchner se bajó del avión presidencial a última hora. No acompañó a Cristina al Vaticano, como estaba previsto en todos los programas. Un par de días antes de la deserción ante el Papa, el ex presidente decidió hablarles a los intelectuales kirchneristas de Carta Abierta. En ese compadreo entre incondicionales, maltrató primero al periodismo (que ya es para él como la oración diaria para los que tienen fe) y luego se ocupó, enfurecido y desafiante, del problema nuevo que descubrió con precisión: el Congreso.

Que nos echen de todas las comisiones , bramó, y provocó: Nosotros tendremos al pueblo en la calle. Fue la amenaza más directa y brutal que recibió el Poder Legislativo desde que Menem insinuó su cierre temporal en la década del noventa.

Desde hace casi dos años, el Gobierno viene denunciando supuestas conspiraciones destituyentes. Sin embargo, nadie fue tan explícito contra la administración kirchnerista como Kirchner lo fue contra el Congreso. Enfrentar la decisión de los legisladores con las turbulencias de manifestaciones callejeras sería un claro intento de desestabilización de la institución parlamentaria. Amedrentó a los nuevos legisladores antes de que éstos asumieran.

La primera conclusión es que Kirchner tomó nota de que la oposición fue capaz, hasta ahora, de enhebrar acuerdos que le sacarían al Gobierno el control de las cruciales comisiones legislativas. Por eso aludió a esas comisiones en el momento más vibrante y tenso de su monólogo ante los fieles. Kirchner no se puede ir de Buenos Aires ni un solo día, aceptó un funcionario cuando se enteró de la ofensiva opositora.

La segunda conclusión consiste en establecer que el matrimonio presidencial no está ya en condiciones de llenar calles ni atajos. Podría contar, eso sí, con la movilización de los pocos sindicatos que le quedan y con la atemorizante presencia de los grupos de choque formados por los viejos piqueteros y por las nuevas barras bravas kirchneristas del fútbol subsidiado. Ahora se sabe, al fin y al cabo, por qué Kirchner nunca quiso deshacer esos grupos y prefirió siempre "aliarse con los malos", con el argumento de convertirlos en buenos. La alianza existió y existe; la conversión, no.

Semejante escenario sería como jugar con fuego cerca de la pólvora. ¿Cuánto tiempo durará la paciencia de una sociedad ya magullada por la violencia del espacio público y por la agresividad del discurso político? ¿Cuánto, si el kirchnerismo enviara a sus ejércitos propios a desestabilizar el Congreso? ¿No estaría así empujando ese instante imprevisible en el que un hecho fortuito termina por cambiar el ecosistema político? Escuchar a Kirchner es casi una lección práctica de las secuelas del aislamiento y de los descarríos de la imprudencia.

Es, al mismo tiempo, un final de fiesta y la antesala de un desierto definitivo. Kirchner no tiene retorno. Las cuatro encuestadoras más serias y prestigiosas del país han terminado mediciones que indican que los dos Kirchner perforaron el piso de los 20 puntos de imagen positiva en el país y ya están en sólo 18 puntos. Se trata sólo del carozo de cualquier caudal político. Y es, también, una tragedia política para los líderes de una administración que todavía debe gobernar dos años más. La imagen negativa de los Kirchner tiene un piso del 55 por ciento, pero podría llegar a cerca del 70 por ciento si se prorrateara la imagen regular.

Una novedad inesperada: gobernadores otrora populares ven derrumbarse sus propios índices de simpatía sólo por el acercamiento a los Kirchner. Un ejemplo: el caso de José Luis Gioja, en San Juan.

Otro dato es aún peor. La sociedad está pesimista. Un 75 por ciento de los encuestados cree que el país "está mal". Más del 50 por ciento está seguro de que las cosas serán todavía peores en la Argentina. Este dato es significativo, porque las sociedades y las personas tienden, por lo general, a ser optimistas con respecto al futuro. Los resultados sobre el estado social, más que los de la imagen de los Kirchner, son potencialmente peligrosos para el destino de la tranquilidad pública.

Como los herederos que despilfarran fortunas antes de llegar a viejos, los Kirchner decidieron darse todos los gustos en vida. Una ironía de la historia fue que durante el gobierno de Cristina Kirchner se haya prorrogado la emergencia económica hasta el final de su mandato. La entonces senadora Kirchner votó en contra de las prórrogas de esa emergencia aún durante el gobierno de su esposo; entonces aducía que ya era hora de que el Congreso volviera a tener el rol constitucional que le corresponde y que ninguna emergencia era justificable para un gobierno que se ufanaba de haber normalizado la economía.

Los hechos de la última semana borraron esas viejas palabras. Tal rectificación podría justificarse en el drama personal de la Presidenta. Según los análisis más serios de las perspectivas económicas, la Argentina crecerá el año próximo sólo con los mismos porcentajes que retrocedió durante 2009. Cristina Kirchner llegará a 2011 con el mismo tamaño económico del país que recibió. Un mandato perdido.

No es lo único que han hecho. Salvo que algo contundente se interponga, los Kirchner intervendrán Papel Prensa, la empresa que abastece de papel a una enorme mayoría de diarios argentinos. ¿Las razones? No hay ninguna. Guillermo Moreno le entregó al ex presidente de la Comisión Nacional de Valores Eduardo Hecker el borrador de la resolución para que éste procediera a la intervención de la empresa.

No hay razones para eso , le contestó Hecker. Quiero sacar a los diarios de Papel Prensa , le respondió Moreno, aludiendo a La Nacion y Clarín. La República tiene métodos para eso , le replicó Hecker. Hay que mandar al Congreso un proyecto de ley de expropiación. Y una vez aprobado, habrá que pagarles a los dueños lo que cuesta la empresa, le explicó. Hecker no estaba inventando nada nuevo: es lo que, después de todo, hace Chávez en Venezuela cuando se queda con empresas privadas.

Hecker le contó ese diálogo a Amado Boudou, que estuvo de acuerdo con él. Un día después, el ministro de Economía se subió a la ofensiva contra Papel Prensa sólo para no quedar atrás de Moreno. En su lucha por ser más fanático que el fanático Moreno, Boudou es capaz de asumir hasta la autoría de un crimen. Hecker se fue. Lo siguió después el jefe de la Sindicatura General de la Nación, Carlos Pacios, por los mismos motivos.

Moreno presionó seriamente también sobre la Bolsa de Comercio, cuyo titular, Adelmo Gabbi, sacó el reglamento y envió una inspección rutinaria a Papel Prensa, que no encontró nada irregular. ¿Se hace todo eso sólo para frenar la intensa marcha a mitad de camino? No. Ya es intolerable que Papel Prensa tenga que dar explicaciones que no necesita dar.

Kirchner es peor cuando está asustado. La oposición no kirchnerista dio algunos pasos en el buen sentido. Tomó la iniciativa en el Congreso y se mostró unida. No obstante, el ritmo imperioso y arbitrario de Kirchner está necesitando también de una Comisión de Enlace de los principales dirigentes opositores. ¿Podrán hacerlo cuando todavía prevalecen entre algunos el agravio y la ofensa?

Las instituciones (el Congreso y el periodismo libre, entre ellas) están en riesgo. La oposición calla demasiado sobre los cotidianos martirios de la prensa. Esos líderes opositores deberían aparcar las ambiciones políticas y los rencores personales. Deberían, en última instancia, dejar de lado las inexplicables agresiones entre ellos compitiendo por un destino que nadie ve. Deberían hacerlo antes de que el país se quede hasta sin diarios.

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