Amaya prometió eliminar los privilegios y buscar consensos.

Amaya prometió eliminar los privilegios y buscar consensos.
El jefe municipal convocó a la oposición y aseguró que hará respetar las instituciones. “Lo más importante es la legalidad”, resaltó el ex secretario de Turismo frente a los concejales. “Impronta justicialista”
Con cinco copas se alcanza un litro de agua. Por día, los médicos recomiendan ingerir un promedio de dos litros. En sólo 55 minutos, el intendente de la capital, Domingo Amaya, bebió al menos la mitad de la dosis diaria aconsejada por los especialistas. Tomar abundante agua, incluso, suele ser útil para calmar la ansiedad. A esa estrategia recurrió el jefe municipal durante la lectura de su discurso anual ante el Concejo Deliberante, en el que ponderó la impronta peronista de su gestión, el respeto por las instituciones y la necesidad de alcanzar consensos políticos.

Amaya ingresó sonriente al recinto de sesiones. Con algunos concejales intercambió abrazos; con otros, formales apretones de manos. Apenas subió al estrado dejó de lado la sonrisa y sacó los anteojos del estuche. Ni bien le cedió la palabra el presidente del Concejo, Ramón Santiago Cano, el intendente inició su alocución. En varios pasajes del discurso defendió la legalidad y reclamó solidaridad para afrontar la actual crisis económica. Habló de la necesidad de redistribuir la riqueza y se jactó de haber revertido esa tendencia durante su gestión: las obras públicas concretadas, según dijo, apuntan a mejorar la calidad de vida en las zonas marginales de la ciudad. “Nuestra ideología nos permitió avanzar en sectores de alta vulnerabilidad, en lugares que antes ningún gobierno atendió”, se enorgulleció.

La misma rigidez que transmitió Amaya se percibió en el recinto y en los sectores habilitados para los funcionarios municipales. Así como toda serie cómica tiene su staff de “reidores”, el intendente contó con una importante cuadrilla de “aplaudidores” que sistemáticamente intentaron -sin éxito- quebrar la tirantez. Fueron 10 los momentos en los que el jefe municipal logró soltarse del papel escrito. En esas ocasiones, se sacó los lentes, gesticuló y habló con un tono más armónico, visiblemente apasionado por el turismo y la revalorización histórica y cultural de la ciudad, por el ordenamiento del tránsito y por la necesidad de crear una conciencia ambiental entre los tucumanos.

A lo largo de su discurso, Amaya destacó los que considera son sus principales logros. Habló de que se concretaron 450.000 metros cuadrados entre pavimentación y repavimentación de calles o de que se duplicó la superficie iluminada: “San Miguel de Tucumán ha logrado en cuatro años lo que a otras ciudades del país les llevó 12. Cuando asumimos al frente del municipio, la iluminación no alcanzaba el 50% de la ciudad, actualmente estamos en el 98%”.

Luego de detallar los avances en materia de salud pública, el intendente retomó la línea ideológica de su discurso. Con el puño derecho en alto y un elevado tono de voz, ratificó la raigambre peronista de su gestión y agradeció al gobernador, José Alperovich, y a la presidente Cristina Fernández de Kirchner. Incluso, dejó un mensaje político claro que arrancó aplausos hasta entre algunos opositores: “no queremos tener razón, queremos tener consenso. Y para consensuar hay que discutir; para discutir hay que comprometerse; para comprometerse hay que participar”.

Ya liberado de la presión, Amaya bebió el último sorbo de agua, guardó los anteojos en el estuche, abrazó a Cano y se despidió sonriente de los concejales.

Comentá la nota