¡Alto, policía!

¡Alto, policía!

por Jorge Lanata

La idea de hacer campaña con el tema de la seguridad es siempre riesgosa. Y el G20 demostró que era posible una marcha sin enmascarados con palos o sin molotov.

La capacidad del gobierno para arruinar su propia felicidad es infinita: apenas un día después de los festejos post G-20 el Gobierno se las arregló para cambiar la agenda, reinstalar la grieta y meterse de lleno en una discusión donde no se ve la luz al final del túnel y, si aparece, es la de un tren en sentido contrario.

Ahora la pregunta es: ¿En qué momento debe disparar un policía? La idea de hacer campaña con el tema de la seguridad es siempre riesgosa. Pueden mejorar las estadísticas, aumentar los secuestros de drogas y endurecerse las penas, pero el día anterior a la elección un enfermo viola y mata a un bebé y los resultados se dan vuelta como un cubilete. Nada de lo que se creyó ganar es seguro, o permanente. La seguridad es tan viscosa como los cambios de humor de la opinión pública. Haciendo psicología de café buen podría decirse que la inclinación del público a la “mano dura” puede ser, en el fondo, el pedido de un restablecimiento de valores y de sentido de la autoridad que no solo tienen que ver con el plomo.

Ese había sido –en el pasado lejano de hace diez días- el mayor logro del G-20: el gobierno había vuelto a aparecer, la sensación de que había alguien ahí, más alla de algunos funcionarios asediados por la tormenta económica. El Gobierno tuvo un plan, estudió como hacerlo y pudo llevarlo a cabo. Nuestras expectativas son tan bajas que algo importante pero menor, como la reunión de dos días de los presidentes, fue visto como un cruce en mula de la Cordillera. Salió bien, pero a menos que el gobierno planee dedicarse en el futuro a la organización de eventos –en cuyo caso proponemos a Barbara Diez para el 2019- la idea sería que en el futuro los objetivos sean más abarcadores.

Entonces, la solución al problema de la seguridad no puede ser solamente más balas. Si creemos eso, somos víctimas del pensamiento mágico. Ninguna política que no contemple, a la vez, a la Policía, la Justicia, el Servicio Penitenciario y la Educación puede dar resultado alguno. Con la aclaración de siempre: no hay cambios vertiginosos. Los cambios verdaderos, siempre, tardan en llegar. Vivimos en un país donde se ha perdido cualquier respeto por la ley y, por ende, también por quienes deben cuidar su cumplimiento. La gente escupe a la policía. No se llegó a esto de casualidad: durante décadas la policía fue usada como fuerza de ocupación de las dictaduras militares, se corrompieron al punto de que las comisarias se venden con “llave” y la pérdida del respeto de los demás era obvia cuando ellos mismos se perdieron el respeto procurando coimas. Su preparación profesional es deficiente y estuvo, en muchos casos, sometida al oportunismo político: cuando hubo que llenar las calles de uniformados se repartieron armas con cursos de tres meses.

Ya no es un problema de en qué momento deben disparar. Lo mejor sería que no dispararan nunca. Se obedece por respeto o por miedo, y el miedo no dura siempre. Nuestra encantadora e hipócrita clase media los escupe, pero los llama desesperados antes un asalto. Seguimos, por herencia de la dictadura, pensando que la policía es algo que esta enfrente, cuando es evidente que debe estar de nuestro lado. Fue esa misma enfermedad la que impidió la entrada de las pistolas eléctricas Taser que disparan a 7,6 metros inmovilizando al delincuente. Se la descartó comparándola con la picana. Las Taser no matan, Chocobar hubiera inmovilizado al chorro que corría luego de darle catorce puñaladas al turista.

Pero aún así la policía debe prepararse: si tienen miedo, o corren mal, o tienen puntería deficiente, o se descontrolan, aún con una tonfa pueden matar al otro. El G-20 demostró que era posible una marcha de protesta sin enmascarados con palos, o sin molotov. No hay ningún motivo por el que enmascararse en una democracia, y si hay venganzas de la policía, denunciemos esas venganzas, pero que una cosas no justifique la otra. Se pueden descubrir las molotov antes de que estallen, sólo hay que trabajar más y mejor.

Pero nada de esto funciona sin una justicia independiente que abandone la venalidad y el coqueteo político. Y tampoco será posible mientras las cárceles sirvan para que allí se reciban los delincuentes profesionales. Vivimos con demasiadas leyes y casi no cumplimos ninguna. Legislamos como nórdicos imaginarios y vivimos como primates. La ley es una idea que se completa en la práctica de la convivencia. Sólo las hacemos para sentirnos orgullosos de principios que nunca vamos a cumplir. Cuando el policía grita “alto”, está representando mucho más que una bala por venir. Si no, no va a servir de nada.

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