Alto en el cielo.

Olé acompañó el tramo de ayer a bordo del famoso helicóptero UH-1H, el de las películas de Vietnam. Subite, sentate y agarrate..
Posado sobre el pedazo de asfalto frente a la entrada a la base aérea, camino acordonado con gigantescas vainas de bronce y punta de madera lustrada, el legendario UH-1H aguarda a los pasajeros. La tripulación lo circunda en el repetido ritual de chequeos varios. El helicóptero tiene fama mundial, ganada con su aporte en misiones bélicas y humanitarias, pero principalmente gracias a sus incursiones en cine y televisión. Es la nave que usaba el escuadrón de la serie Combate; del que bajaba el pelotón mientras atronaban los tambores en el arranque de Brigada A; el de las incursiones en Vietnam que el cine estadounidense recreó mil veces.

Luego de una breve explicación sobre las medidas de seguridad y la rutina de vuelo, los cuatro miembros del Grupo de Aviación Número 9 de Chile -piloto, copiloto y los dos tripulantes- invitan a subir por las puertas laterales corredizas al aparato que permitirá sobrevolar el Raid Dakar Argentina Chile 2009. Los asientos son de lona en el modelo construido en 1968 y los cinturones tienen un sistema familiar, el mismo que el Hércules que traslada a la comitiva del Dakar de etapa en etapa, cuando se puede, claro. Los pasajeros del UH-1H viajan mirando hacia el costado. Luis Retamal, sargento 2º y tripulante, advierte el cuidado que se debe tener con las aspas al descender de la aeronave. Igual, nadie piensa saltar con la máquina aún en el aire, como hacía el coronel Hannibal Smith -con habano y todo-, que componía George Peppard.

El motor es una ráfaga de metralla. Piloto y copiloto se miran, cambian unas pocas palabras por el intercomunicador, y el aparato inclina la trompa y encara la pista como un toro. "Con ese carreteo en el aire (a unos cinco metros del piso), es más fácil tomar velocidad y altura", cuenta el didáctico Retamal. A sus 40 (pero con motor, aspas y otros sistemas nuevos), el helicóptero es capaz de viajar a un promedio de 220 km/h, a una altura de 300 metros. El recorrido hasta Illapel, donde se realiza el primer reabastecimiento, bordea el Pacífico. Luego, sí, a la carrera. Un vuelo sobre la largada del especial, una recta que encuentra rápido una horquilla a la izquierda. De ahí al primer descenso en el tramo, en Canela Baja. El público parece tan absorto por las máquinas del Dakar como por el aparato que desparrama una polvareda, yuyos y piedras cada vez que se acerca al suelo.

Al seguir el dibujo del polvo en suspensión, en una punta, aparece el único Mitsubishi que sobrevive, el del español Nani Roma. Más lejos, la camioneta BMW de Orly Terranova, antes de los inconvenientes mecánicos que le hicieron perder la calma camino a La Serena. El chileno Carlo De Gavardo, motociclista legendario y ahora piloto de coches, derrapa con su tracción trasera no bien se produce el aterrizaje al lado de un cerro que la tripulación sólo identifica como una coordenada de mapa. "Esto es Espíritu Santo", apunta una lugareña que se deja envolver por el polvo.

Antes de viajar hacia el final de la etapa, hace falta un nuevo reaprovisionamiento. El playón en Pozo Gregorio, justo al lado del camino de la carrera, sirve para la doble función: que el transporte complete los 800 litros de nafta de avión que se devora en 2h15m de vuelo y que sus ocupantes miren de cerca a coches, motos y cuatriciclos. De vuelta en el aire, se detecta al Can-Am amarillo del argentino Marcos Patronelli, segundo en la etapa de ayer. Después de tantos kilómetros, quizá hasta acepte un cambiazo. A Marcos le encantan los helicópteros y es piloto licenciado. Aunque a él no le gusta contarlo, aseguran que tiene uno propio.

En medio del serpenteo de cerros, a buena altura, rumbo al final del especial, el viento zamarrea al UH-1H, lo cruza. Los pilotos sortean la ráfaga sin sobresaltos. Uno de los tripulantes abre la puerta lateral frente a este enviado y saca la mano como para refrescarla. Sí, a unos 500 metros de altura. Más adelante, el piloto se acoda en la ventanilla abierta como quien espera su trago en la barra. Detrás del enésimo cerro aparece La Serena y, más allá, el aeropuerto. Recién cuando las aspas se detienen hay permiso para descender. El enérgico cuarentón que la Armada de Chile pintó de negro mate acaba de cumplir otra misión. Mucho menos glamorosa que las del cine, pero con el mismo final feliz.

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