Más allá de los debates

Por Julio María Sanguinetti

MONTEVIDEO.- Los políticos, los comentaristas, los periodistas vivimos montados sobre noticias referidas a acuerdos, candidaturas, encuestas, subidas y bajadas de la economía, mientras la vida de la gente común va transcurriendo por otros carriles. La sociedad uruguaya, televisión mediante, se parece cada vez más a la sociedad de Buenos Aires, en sus tendencias, sus gustos, sus características.

Hubo un tiempo en que la metrópoli porteña era la meca de la abundancia y el brillo, con la calle Corrientes y sus luces mirada a la distancia, con una mezcla de admiración y cierta crítica envidiosa, por una Montevideo más sobria y sencilla. Hoy, por debajo de la superficie, las dos sociedades piensan y sienten muy parecido, cuando a la nochecita encienden el televisor y ven desfilar en la pantalla las mismas imágenes, los mismos personajes y modismos lingüísticos, y aun los mismos temores.

Dígase lo que se diga, la seguridad parece dominante como preocupación común. Allá y aquí, donde escribo estas líneas, desde una Montevideo a la que los visitantes porteños ven como un remanso y nosotros, sus habitantes, como una casa que sentimos cada día más ajena.

Las manifestaciones son estentóreas en Buenos Aires; sobre todo, en el Gran Buenos Aires. No tanto aquí, pero la sensación es idéntica. Nadie ha hablado de pena de muerte, como pasó en la televisión argentina, pero tengo la impresión cierta de que si alguien tuviera el atrevimiento de lanzar la regresiva propuesta tendría muchos más adeptos de lo que haría presumir la tradición cívica del país.

La abolición de la pena de muerte, a principios del siglo pasado, se produjo luego de una campaña periodística llevada adelante por el doctor Pedro Figari, el gran pintor de "la leyenda rioplatense" (como a él le gustaba decir), que antes de ser artista profesional fue abogado penalista, filósofo, educador y hasta diputado.

Esa prédica fue un encargo de José Batlle y Ordóñez, el gran estadista. El promovió la legislación social y humanista que configuró el Estado moderno. Todo está sellado a fuego en el mundo político y académico uruguayo. Sin embargo, por debajo, fluyen hoy en nuestras sociedades corrientes distintas, productos del miedo, que afloran en intransigencias, en reclamos, a veces en sordas mortificaciones que la gente sufre en silencio, al sentir que su mundo se ha derrumbado.

Desórdenes estudiantiles hubo siempre. Y felizmente. Hace demasiados años que repetimos esta frase de Ingenieros: "Juventud sin rebeldía es servilismo precoz". Pero se trataba de rebeldía inquieta, innovadora, hasta revolucionaria, que postulaba nuevas ideas, aun equivocadas, como pasó con el sueño cubano. Hoy se ha perdido ese idealismo épico. Se ocupa una rectoría y, con prepotencia, no se deja votar a las autoridades universitarias, como pasó nada menos que en la Universidad de Buenos Aires. Y pasaban los meses y no había autoridad capaz de detener el atropello. Estos días, en Montevideo, hemos visto algo peor: liceos cercados por pandillas de estudiantes agresivos que, sin consigna alguna, simplemente quieren hacer valer su arrogancia patotera. Y la autoridad vacila, porque una indigestión del concepto de los derechos humanos, confunde autoridad con autoritarismo, orden público con represión, cuando no hay nada más fascista y retrógrado que la imposición de la fuerza sin respeto a la ley.

¿Qué ha sido, si no, el fenómeno ya célebre del piquete? El pésimo ejemplo de Gualeguaychú ha sido una "saludable" pedagogía para este lado de los ríos epónimos. Pero en la Argentina, desgraciadamente, sigue campeando. Y allí se cruza con otro fenómeno de nuestro tiempo, la droga, que, transversalmente, ha afectado a toda la sociedad, desde los más altos estratos hasta los más bajos, devorados hoy por la fatídica pasta base, que destruye neuronas y le introduce al delito una violencia desconocida.

El viejo punguista, el histórico descuidista, el legendario caco son especies extinguidas, casi extrañadas con nostalgia, cuando hoy cualquier muchacho drogado roba y mata sin conciencia. La droga ha cambiado la vida social y nos ha emparejado en una angustia que se sufre con mayor profundidad en los lugares más pobres, aunque sea en los medianos en los que resuena más.

Los pequeños comerciantes de los barrios, sobrevivientes de una guerra diaria y sin cuartel; las mujeres trabajadoras amenazadas por el temor a la agresión física; las jovencitas, víctimas constantes de la violación, son quienes más merecerían protección de parte de un Estado desfalleciente. En esos barrios, la escuela, el hospital y la policía deberían ser una presencia dominante, capaz de encauzar una vida que ya no tiene el horizonte que latía en la esperanza de cada inmigrante pobre, que luchaba duramente para superar su situación hasta llegar a esta clase media que nos identificó como sociedades.

Discutimos todos los días sobre los límites del Estado, que usa y abusa de su intervención en la economía, en la producción, en las comunicaciones, pero que, al mismo tiempo, desfallece en su deber original: asegurar el orden público para el tranquilo goce de los derechos y libertades. Para eso nació el Estado y, sin embargo, vemos cómo se privatiza esa función esencial. Con lo que llegamos a otra regresiva paradoja: los más ricos compran tranquilidad; el resto convive, obligadamente, con el temor.

El Estado no puede ni siquiera asegurar tranquilidad en el fútbol. ¿Cómo es posible? Inglaterra pudo con los hooligans. Nosotros no podemos con un puñado de inadaptados que se sienten héroes en el disturbio irracional que hace violenta la milagrosa pasión deportiva.

Países de Sarmiento y José Pedro Varela, nuestra escuela pública sustentó la democracia y el progreso. Hoy las evaluaciones internacionales objetivas nos dicen que estamos lejos, muy lejos, de los países desarrollados y de los que han llegado recientemente a ese estrato. Los jóvenes que salen de la enseñanza media revelan insuficiencias en la lengua materna, en la matemática, en los principios científicos. ¿Cómo vamos a competir si no acometemos con decisión una revolución cualitativa? Se discuten presupuestos, se debate sobre quién tiene más poder en la administración escolar, pero nadie reclama mejores métodos. ¿Por qué Finlandia, hasta hace poco país agrícola, o Corea, devastada hace medio siglo por una guerra total, encabezan los rankings de rendimiento de la enseñanza pública primaria y secundaria? No estamos hablando de Francia o Inglaterra. Mencionamos a países que han quebrado en esta generación la barrera del subdesarrollo por la fuerza de la educación. La misma que hizo de la Argentina aquel país próspero que admiraba al mundo y del Uruguay la extraña excepción de "un pequeño país modelo".

No soy pesimista. Creo que todo esto puede cambiar. Pero hay que asumirlo, no ignorarlo. Enfrentarlo sin prejuicios, sin cargas ideológicas, sin intelectualismos suficientes ni demagogias populistas. La vida diaria de la gente nos está diciendo muchas cosas, nuevas y no todas agradables. La respuesta no es el discurso solitario de un gobernante o la prédica de un periodista. Ellas exigen el programa de una generación.

El autor fue dos veces presidente del Uruguay, en los períodos 1985-1990 y 1995-2000. Su último libro publicado es La agonía de una democracia (Taurus, Montevideo, 2008).

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