Un alineamiento para llevar agua al molino propio

Por Joaquín Morales Solá

Primeros esbozos de acuerdos con Estados Unidos y Gran Bretaña. La diplomacia arribó a la era kirchnerista después de seis años lejos del mundo y de la política internacional. No es una mala novedad. Con todo, falta saber aún si el unánime reclamo de reformas a los organismos internacionales, y en especial al Fondo Monetario Internacional (FMI), no tendrá desde la Argentina la impronta de las necesidades internas del gobierno local.

Resta comprobar también que el estatismo que se insinúa en el mundo, empujado por la necesidad más que por la convicción, no termine siendo en la Argentina un devastador combate ideológico.

Un acuerdo diplomático entre argentinos y británicos parece haber encerrado el reclamo por las Malvinas en la reunión entre Cristina Kirchner y Gordon Brown. Agotado el planteo argentino en tierras de Michelle Bachelet, y sin más condimentos que un intercambio de opiniones opuestas, resultaría extraño que las mismas posiciones y las mismas palabras se volvieran a repetir mañana en Londres durante la cumbre del G-20.

Diplomáticos argentinos y la eficaz embajadora británica en Buenos Aires, Sharon Morgan, una mujer persistente y segura, trabajaron esa solución durante las últimas semanas. Sin embargo, los frágiles acuerdos podrían romperse si la Presidenta continúa en Londres asimilando, como hizo en Doha, las Malvinas con el conflicto palestino; es, desde ya, una interpretación muy forzada de dos situaciones absolutamente distintas.

Subsiste el fundamental desacuerdo con Londres: el gobierno de los Kirchner sostiene que el conflicto por las Malvinas debe comenzar por tratar la soberanía de las islas, mientras los británicos ofrecen empezar por otras posibles negociaciones.

No fue ése el único acuerdo con Gran Bretaña. Otra coincidencia incluye a Estados Unidos. Washington y Londres están aliados en una diferencia aguda y soterrada con la Europa continental. La Argentina se sumó a la posición de los norteamericanos y los británicos. La diferencia consiste en que los europeos, liderados por Angela Merkel, son críticos del excesivo keynesianismo de los norteamericanos y los británicos.

La posición de la Europa continental no es desdeñable. Sostiene que la masiva emisión de dólares por parte de Estados Unidos terminará construyendo una economía inflacionaria. También se queja del salvataje estatal a empresas industriales norteamericanas que compiten en el mercado mundial con los productos de empresas europeas que no están asistidas por el Estado. La competencia es desigual, dicen los europeos.

Washington y Londres creen, a su vez, que ahora hay que apagar el incendio de la crisis y no detenerse a leer los manuales de la ortodoxia. Ya llegará el momento, subrayan, de rescatar las viejas prácticas de la economía. Más allá de ortodoxias o heterodoxias, lo cierto es que también está en juego la capacidad de control de las respectivas monedas. La emisión norteamericana de dólares necesita de la decisión de un solo país. La situación del euro requiere, en cambio, el acuerdo de 27 países con situaciones, historias y economías totalmente distintas.

La Argentina está más cerca de los heterodoxos, como siempre. En este caso permitió además que Barack Obama pudiera llegar a Londres con una posición parecida de parte de toda la representación americana en el G-20: Canadá, México, Brasil, la Argentina y, desde ya, Estados Unidos.

Esa coincidencia americana era una prioridad de Washington. Tras el acuerdo de fondo en Chile de la Presidenta con el vicepresidente norteamericano, Joe Biden, el gobierno argentino se volcó hacia China para garantizar la estabilidad de sus reservas. El problema consiste en que los chinos quieren cambiar el dólar como moneda de referencia mundial, y eso produce un notable fastidio en los norteamericanos. Pero los gobernantes argentinos son así: siempre la última posición es sólo la penúltima.

Todos quieren modificar drásticamente los organismos internacionales. Pero los Kirchner quieren cambiar el FMI más allá de los límites que se han fijado las naciones que aportan el dinero del organismo.

No está en discusión el sentido, sino el grado de los cambios. El matrimonio presidencial argentino quiere en realidad un FMI que conceda créditos sin condiciones, porque necesita volver cuanto antes al Fondo.

Precisa, para eso, que les abran las puertas del organismo con suficientes argumentos como para explicarle el abrupto retorno a la clientela ideológica local. Hace una semana, Néstor Kirchner se vanaglorió en una tribuna de haberle dicho "chau al Fondo". ¿Cómo le diría ahora "Hola, Fondo" sin razones de peso? Algunas ilusiones tendrán que desaparecer: habrá cambios en los organismos multilaterales, pero difícilmente se llegará al paraíso prometido de créditos sin condiciones.

Otro aspecto que hace casi única a la Argentina en el G-20 es el concepto de la participación del Estado en la economía para enfrentar la monumental crisis. Varios países desarrollados, Estados Unidos en primer lugar, han tenido que ordenar la intervención del Estado para salvar bancos y empresas. Se trata de sectores de la economía que claman por la ayuda del Estado ante el peligro de la desaparición. Los Estados se comprometieron a intervenir, pero también a recuperar lo antes posible esas inversiones que salen del esfuerzo común de los ciudadanos.

Al revés, los Kirchner han aplicados viejas recetas de estatismo ideológico (como en el caso de Aerolíneas Argentinas) o pujan por meter la mano del Estado en sectores que todavía pueden andar bien, como la disputa con el sector agropecuario para desplumarlo de sus escasas rentas. El discurso de la participación del Estado es parecido aquí y allá, pero la dirección de esa injerencia es muy diferente. El propósito, también.

Muy pocas veces en los últimos años la Argentina fue tan proteccionista como en esta fase final de la gestión del kirchnerismo. Quizá por eso la Argentina fue capaz de acordar posiciones con Washington y con Londres, pero no se conoce ninguna gestión con Brasil para consensuar posturas. El proteccionismo argentino tiene a maltraer al gobierno de Lula, convertido en uno de los pocos líderes que han levantado claramente la voz en el mundo para defender los principios del libre comercio. El otro líder que ponderó el libre comercio desde el principio fue Gordon Brown, pero los acuerdos argentinos con Londres no llegaron hasta ahí.

Hubo gestiones diplomáticas argentinas que deben ponderarse, aunque más no fuera como una novedad. Pero hay asignaturas que son de dramática resolución. La diferencia entre las posiciones que podrían ayudar a enfrentar la crisis internacional y los pequeños intereses políticos internos. La distancia que existe entre un Estado que protege y un Estado que confisca. La libertad o el encierro para relacionarse con el mundo. No son lo mismo ni hay discurso posible capaz de hacerlas iguales.

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