El G-2, la alianza estratégica con China que más le conviene a Obama.

Es una idea de diplomáticos de EE.UU. , mirada con reservas por Beijing.
En un mundo donde las ideas son un bien cada vez más escaso, comienzan a florecer a cambio las siglas. Conocemos hace tiempo al G-7 y también a su variante ampliada hacia el Este, el G-8. La crisis internacional disparó el crecimiento del G-20 y muchos países que quedaron afuera impulsan el G-192. En este contexto de fin de ciclo, que para muchos llega junto con el final de la hegemonía económica y política de EE.UU., varios cerebros diplomáticos de ese país estudian de qué modo Washington puede desafiar el temporal de la Historia y mantenerse en el cenit. Para eso, alumbraron una nueva sigla que encierra varios conceptos. Se trata del G-2, sociedad de pares que incluiría a EE.UU. y China, países enormes, economías clave e interdependientes y las dos naciones más contaminantes del planeta.

La China comunista es el mayor tenedor de bonos del Tesoro de EE.UU. (en sus reservas extranjeras hay casi 1 billón de dólares en papeles estadounidenses), aunque, a la vez, requiere indispensablemente del consumo de los ciudadanos de EE.UU. para colocar la mayor parte de sus productos. Ambas naciones aparecen como patas de una misma mesa: ninguna puede permitirse el derrumbe del dólar. En términos internacionales, el presidente Barack Obama lidia para recomponer la dañada imagen de prepotencia y belicismo que dejó su antecesor George W. Bush, mientras China teje sus políticas de modo paciente, sin exhibir apetencias imperiales ni exportaciones forzosas de su sistema político. Así, puede entenderse que a EE.UU. le convenga una sociedad en la cual elige al socio con el que dominar el mundo, como opina el economista Jorge Beinstein (de hecho, la primera gira de la canciller Hillary Clinton incluyó Beijing y es incesante el fluir hacia Oriente de funcionarios económicos del gobierno de Obama). La gran pregunta es si a China le sirve convertirse en partenaire privilegiado de una nación que pelea por renacer del descrédito. De hecho, funcionarios chinos recientemente se resistieron a admitir la creación de esta nueva célula binacional.

"No podrá haber una recuperación sostenible de la crisis mundial a menos que la lideren EE.UU. y China, como tampoco podrá haber una reforma de la arquitectura financiera internacional duradera si ellos no intervienen", respondió por e-mail a Clarín C. Fred Bergsten, director del prestigioso Peterson Institute de Washington y uno de los impulsores del concepto de G-2 con su artículo "Una sociedad de iguales. Cómo podría responder Washington al desafío económico de China", publicado en julio de 2008 en la revista Foreign Affairs, es decir, cuando la crisis financiera se destapaba en su macabro esplendor, en medio de la campaña electoral estadounidense.

El 13 de enero de este año, cuando faltaba una semana para que Obama llegara a la Casa Blanca, en un foro celebrado en Beijing por el 30° aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y EE.UU., Zbigniew Brzezinski -ex asesor de Seguridad de Jimmy Carter-, propuso sellar la alianza del G-2 "que puede cambiar el mundo", como escribió en el Financial Times, días después. Brzezinski resaltó el foco político de esta alternativa, ideal para que Washington consiga resolver tres cuestiones clave en "cooperación geoestratégica": 1) diálogo con Irán y solución al problema nuclear norcoreano; 2) mediación informal en la complicada relación entre India y Pakistán (dos naciones nucleares) y 3) solución del conflicto palestino-israelí.

Para el investigador argentino Sergio Cesarín, "China no puede ver con buenos ojos la propuesta, porque la coloca en paridad con un poder percibido negativamente a nivel global y cualquier acuerdo entre los dos podría ser perjudicial para Beijing, un poder emergente comprometido con la construcción de regímenes multilaterales abiertos y democráticos".

Cesarín recuerda, además, que ya hay instancias de alto nivel bilateral en lo económico y hay línea directa entre los presidentes, establecida desde la visita de Hu Jintao a Washington, en 2006. Para la economista e investigadora de Flacso Diana Tussie, "tanto China como EE.UU. deben evitar una caída estrepitosa del dólar y negociar una salida compartida, pero institucionalizar el diálogo en un G-2 no será bien visto por los excluidos, para lo cual, seguramente dejará de hablarse de G-2 y se hablará de "destino común" o "relación especial", como cuando Gran Bretaña y EE.UU. compartían afinidades y poder económico", señaló a este diario.

El economista argentino Ricardo Arriazu dice compartir los argumentos recelosos de China a la hora de sellar un grupo de dos con EE.UU., aunque "obviamente, China desea recuperar su posición histórica (hasta el siglo XVI) en la economía mundial, y está tomando las medidas geopolíticas necesarias para lograrlo". Algo similar parece pensar Lida Wang, economista argentina, hija de padres chinos cuando dice que "para China, más importante que hacer una alianza con EE.UU. es ocupar un espacio en las economías emergentes que EE.UU. descuidó, como Africa o Latinoamérica".

Los intereses de China hoy pasan por mantener cierto estándar de crecimiento y evitar que la crisis deje espacio para el desmadre social. En cambio, el gobierno de Obama reconstruye el rompecabezas del mundo y la economía desarmado a patadas por las políticas de Bush. No se vislumbra por ahora que los chinos sean la compañía que Obama precisa para sentirse menos solo en tamaño esfuerzo.

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