Algunos indicios del viraje de los EE.UU. en el mundo

Por: Oscar Raúl Cardoso

La Administración Obama está preparando el terreno para avanzar en su estrategia para Oriente Medio. Buscará comprometer a Irán e Israel en un marco de entendimiento.

Las cifras asociadas al gasto internacional en defensa son para hacer estallar las neuronas más sanas. En el 2007, último año para el que tiene cifras confirmadas, estimó el SIPRI (el muy respetado instituto sueco para estudios de la paz) el mundo invirtió en ese rubro 1.200 billones de dólares, de los cuales Estados Unidos aportó el 45%. Aquella no es la misma superpotencia de hoy, cabalgando como está una crisis económica que parece un caballo bronco imposible de amansar. El dinero para la defensa, en tanto, se sigue asignando como si nada hubiese pasado y dos guerras (Afganistán e Irak) siguen devorando recursos económicos necesitados para otros fines.

Pero que no todo puede seguir igual, es algo que el presidente Barack Obama y su gente comprenden bien. Por eso hay que mirar en detalle las decisiones que está tomando y aquellas que está a punto de tomar en el terreno de los frentes de conflictos de su país porque no solo hablarán de esos problemas sin también de la mutación del rol estadounidense en el mundo.

Sobre todo porque ya no existe espacio en la realidad para volver sobre las ensoñaciones de George W. Bush y Dick Cheney que a comienzos de siglo imaginaron una proyección del poder unilateral de Estados Unidos en el tiempo, librando antes un par de guerras menores con victorias que permitiesen un redespliegue del poder militar de Washington.

Antes de fines de mes, habrá una conferencia internacional sobre el problema afgano y Obama ha instruido que su secretaria de Estado, Hillary Clinton, le ofrezca un lugar en la mesa de debate al gobierno del presidente Ahmadinejad. Es apenas un gesto, pero que parece bien elegido para quien va destinado. Los iraníes quieren, desde siempre, ser considerados una potencia asiática con proyección global y, por momentos parecen decididos a colocarse esa cucarda por la buenas -esto es por consenso de la comunidad global- o por las malas, esto es transformándose en un país con arsenal bélico atómico.

En este mismo contexto conviene citar los dos discursos que en poco más de 48 horas tanto de Obama como de su colega israelí Shimon Peres llamando a los líderes de Teherán a sentar las bases de una nueva era de entendimiento entre sus naciones. No hay excesivo optimismo sobre el resultado de esta apelación -hecho en el inicio de festejos primaverales en Irán-, pero la respuesta inicial de los iraníes fue inusualmente entusiasta.

Los problemas concretos son huesos duros de roer. Está la demanda insistente para que Teherán abandone su programa de desarrollo nuclear -que los iraníes insisten que solo tiene fines pacíficos- y que deje, dicen sobre todo en Estados Unidos, la acción militar anti-israelí de Hezbollá en el Líbano y Hamas en Gaza, además de abandonar su instancia retórica de borrar a Israel del mapa.

Después de 30 años de no mantener otras relaciones que las de adversarios casi enemigos, los temas pendientes en la agenda bilateral iraní-estadounidense son tantos, entre otros los más de 400 días que el entonces nuevo régimen iraní tuvo secuestrados a diplomáticos de Washington en los 70 y el ataque de naves militares estadounidenses a un jet comercial iraní que terminó por derribarlo en los años 80.

En cualquier caso Obama y Peres saben que otro conflicto en el Asia sería casi imposible de digerir. Peres tiene el problema, además, de que en quince días tendrá un nuevo gobierno encabezado por la derecha encabezada por Benjamín Netanyahu y quizá cuente también a Avigdor Lieberman, una pesadilla racista, como canciller. No será fácil para Obama lidiar con estos personajes y su idea central, confesa a medias, de impedir que los palestinos tengan su estado.

Y, si embargo, el momento dorado que la derecha israelí tuvo en los días de Bush ya no existe y la escenografía ya no contiene los gritos de unilateralismo de entonces. Obama precisas descompresión y, para ello, de nueva alianzas, ya que los hombros de Estados Unidos no son más los de Atlas, ya no pueden sostener todo el planeta.

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