Algunos empiezan a asumir la derrota

Por Joaquín Morales Solá

"Hemos perdido y la situación ha cambiado." La frase de Agustín Rossi sacudió ayer la modorra de los líderes parlamentarios de la oposición. Comenzó, así, el trabajo más importante que se ha hecho hasta ahora desde las elecciones del 28 de junio para acordar posiciones entre el oficialismo y sus adversarios. Fue en el Congreso, como debió ser siempre. Las recientes elecciones, perdidas por el Gobierno en todos los campos donde jugó, fueron legislativas. Lo que cambiará (ya empezó a cambiar, en rigor) es, precisamente, la relación de fuerzas parlamentaria.

La agenda legislativa consensuada ayer incluye temas económicos, institucionales, sociales y políticos. La primera sesión de los diputados será el 10 de agosto cuando se trate, probablemente, una drástica reducción de las retenciones a las exportaciones agropecuarias. La oposición reclamará la eliminación de todas las retenciones, menos la de la soja, que propondrá bajar a porcentajes que irán del 20 al 25%, entre 10 y 15 puntos menos que las que se aplican actualmente (35%). Las cuatro entidades rurales están de acuerdo con ese proyecto.

Rossi dejará caer también, probablemente, los superpoderes. Un gobierno que perdió unas elecciones no está en condiciones objetivas de reclamarle superpoderes al Congreso. El ímpetu pendenciero de Néstor Kirchner puede darse en el escenario público, pero no en el Parlamento, donde manda la ley de la aritmética. En rigor, los legisladores oficialistas no han hecho más que asumir las condiciones de la derrota y la comprobable percepción de que los legisladores oficialistas son cada vez menos. El oficialismo se mostró dispuesto a conversar antes de que lo obligaran a sucesivos fracasos legislativos. Nadie por ahora, vale subrayarlo, ha resignado posiciones, pero todos coincidieron en resucitar con respiración asistida la vida parlamentaria. Rossi tuvo un aliado en el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, para imponer esos criterios de pragmatismo.

Cintura política

El ministro del Interior, Florencio Randazzo, mostró, en cambio, menos cintura que un elefante. El lunes convocó a un diálogo desordenado, restringido y asambleísta. Cualquier otro político en su lugar, débil desde ya, hubiera negociado antes con sus opositores el contexto de la convocatoria. No lo hizo; él impuso las condiciones y así le fue. Los opositores debieron exponer en público sus requisitos, que el ministro terminó aceptando, uno por uno, en un interminable e innecesario derroche del poco capital político que le queda a la administración.

Al fin y al cabo, lo que el gobierno de Cristina Kirchner necesitaba era la foto de ayer, un retrato en la cima de una amable conversación con los principales adversarios, los dirigentes del Acuerdo Cívico y Social. La Coalición Cívica se desgajó antes, porque Elisa Carrió decidió no ir, aunque ella instruyó a sus diputados para que acordaran con Rossi aquella agenda parlamentaria. En rigor, Carrió le temió al instante presagiado de enfrentarse en la Casa de Gobierno con Julio De Vido y tener que darle la mano; denunció al ministro más de 20 veces por presuntos hechos de corrupción. Pero De Vido no participó de esa reunión.

La alianza no peronista choca a veces con la intransigencia de Carrió y tropieza, otras veces, con la vocación de cogobernar del vicepresidente Julio Cobos. Es probable que Carrió corra el riesgo del aislamiento, pero Cobos está pisando el límite mismo de la confusión entre la oposición y el oficialismo. En algún punto, el Gobierno y Carrió, extrañamente coincidentes, tienen razón: un vicepresidente tiene serios condicionamientos institucionales, que hacen incompatibles por momentos sus funciones simultáneas de líder opositor y de segunda figura de la República.

La confusión no es sólo de ellos. Cristina Kirchner, Aníbal Fernández, Rossi y el propio Randazzo intuyen que necesitan fortalecer al Gobierno después del fracaso electoral; el eventual aliento político a la administración sólo podría provenir, en las actuales circunstancias, de los actos y gestos de los partidos que ganaron las últimas elecciones. Pero ¿en qué anda Néstor Kirchner? La pregunta no es trivial, porque ya hubo otros diálogos impulsados por Cristina Kirchner, sobre todo con los dirigentes rurales, que el ex presidente boicoteó ayudado, cómo no, por el eterno Guillermo Moreno.

Moreno, el espadón implacable de Kirchner, está ahora más fuerte que hace una semana. Dos funcionarios leales a él fueron nombrados en empinados cargos del Indec, con el propósito ostensible de seguir embelleciendo la pobre realidad de los argentinos. Hace siete días, muchos se hacían ilusiones con su desplazamiento y hasta la propia Presidenta pareció vacilar frente a la continuidad ?o no? de Moreno. Ahora está ratificado y su foto forma parte del habitual paisaje de la cumbre política.

Ricardo Echegaray, otro hombre imprescindible para Kirchner, no sólo sigue siendo el poderoso jefe de la AFIP; también podría extender su influencia a la Secretaría de Agricultura en las próximas horas. Echegaray es el principal enemigo de los ruralistas, los únicos exceptuados hasta ahora de cualquier diálogo, sea político o económico. De Vido sigue exhibiendo el carnet de principal operador de Kirchner. ¿Podría cambiar algo en el Gobierno cuando un cendal de amianto parece cubrir el señorío de De Vido, de Moreno y de Echegaray?

Kirchner aprovechó un día de agenda vacía para vengarse de Mario Das Neves en Chubut, que aspira a borrar del peronismo a los kirchneristas. Sorprendió al gobernador entrando en la provincia por la puerta de atrás. Varios intendentes "traidores" de la provincia de Buenos Aires se quedaron sin el envío de subsidios para los argentinos más pobres por decisión de la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner. El fuego está cerca de un polvorín social en la enorme provincia.

A Kirchner sólo lo entusiasma la construcción de un polo progresista con los ex piqueteros Edgardo Depetri, Luís D?Elía y Emilio Pérsico, entre otros dirigentes sociales. El ex presidente cree que podría terciar así en un eventual ballottage entre Carlos Reutemann y Cobos en las próximas elecciones presidenciales.

No hay una sola línea en el Gobierno. Los dialoguistas chocarán en algún momento con la impronta de los halcones. Y los halcones han definido todos los combates desde que los Kirchner existen.

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