Algunas ideas para un tiempo distinto que empieza el lunes 29

Por Alberto Fernández

EX JEFE DE GABINETE DE MINISTROS DE LA NACION

No sólo se deben reivindicar los éxitos del pasado. También hay que ser capaces de diseñar nuevas estrategias para un período que sin duda depara conflictos diferentes. Para llevar a cabo estas tareas, es imprescindible contar con una coalición política reformista y plural.

La economía mundial aún está inmersa en la crisis financiera. Aunque muy pocos advirtieron su gravedad, fueron menos aún los que acertaron en la dimensión que alcanzaría. En los Estados Unidos, corazón del capitalismo moderno, el desasosiego atrapa a los americanos. Con un déficit fiscal cercano al 13 %, enfrentan un conflicto social de magnitud.

La Europa de estos días no es muy diferente. Reparemos en España, el país que más ha invertido en Argentina durante las últimas décadas. Su déficit fiscal se acerca actualmente al 10 %; la tasa de desempleo crece y supera ya el 17 % y su PBI caerá casi un 4 % en este ejercicio. También en los países emergentes se expanden los efectos de esta crisis. Sin embargo, ante la situación las respuestas resultan disímiles.

Brasil, por ejemplo, ha aprovechado el "infortunio" para posicionarse en el mundo afianzando junto a Rusia, India y China una organización multilateral (BRIC) que representa el 15 % del PBI mundial y el 13 % del comercio internacional. En ese mismo sentido, ha consolidado acuerdos estratégicos con Estados Unidos, España y África. Lula entiende perfectamente que nadie escapa a la globalización y es por eso que aprovecha la vulnerabilidad de la economía central para garantizarle a su país una mayor presencia en el concierto de las naciones.

Ni la fortaleza fiscal, ni el superávit comercial, ni la acumulación de reservas, ni el formidable crecimiento económico logrado durante media década han constituido anticuerpos suficientes y así Argentina debe enfrentar ahora un complejo cuadro donde se entrelazan los efectos del contagio y algunas debilidades potenciadas por nuestras propias decisiones.

La política parece no tomar en cuenta lo expuesto. Actúa como si el fenómeno globalizador nada tuviera que ver con nosotros y así, mientras demandamos al mundo cambios en sus instituciones, transcurrimos tiempos electorales signados por insultos, denuncias cruzadas, impugnaciones de candidaturas y formulación de pronósticos de "catastróficas consecuencias institucionales" según sea el resultado del sufragio. Estamos ante una campaña en la que brilla por su ausencia el diagnóstico de la situación y la propuesta que tienda a superarlo.

"Una campaña sin ideas", comentarán los más escépticos. Advertimos con preocupación la distancia que existe entre los contendientes y el contexto en el que actúan. Tanto se ha alejado la política de esa realidad que habiendo quedado atrapada en un escenario televisivo en el que se caricaturizan y parodian las mismísimas debilidades de los candidatos, ha terminado por sumarse al cuadro mediático anulando todo debate serio. A esta altura de la democracia los argentinos deberíamos ser capaces de exigir algo diferente.

Estamos ante una elección de renovación parlamentaria que no debe suponer nada traumático. Pero estamos también ante unas elecciones que, sin duda alguna, comenzarán a perfilar el país de los próximos años. Depende de cuál sea su resultado, podremos saber hacia dónde se encaminarán las políticas promovidas por el Estado para paliar los efectos negativos de la crisis internacional.

Hay dos modelos en pugna. Sin duda. Uno supone un Estado presente, más regulador y más persistente en la búsqueda del equilibrio social perdido. El otro, en cualquiera de sus variantes, proclama una mayor libertad de los mercados y una limitada intervención del Estado en la economía. Piensan que sólo así podremos alcanzar una mayor equidad social.

Sin embargo, esa discusión está ausente. ¿Qué piensa hacer la oposición para garantizar el equilibrio fiscal, el desarrollo económico y el sostenimiento del empleo si reniega del sistema impositivo, de la inversión pública y del subsidio para la continuidad laboral sin explicitar sus alternativas? ¿Qué piensa hacer el gobierno ante aquellas políticas que no han dado el resultado esperado? ¿Será capaz de rever un sistema de subsidios que, como en el caso de la actividad agrícola, sólo ha permitido una mayor concentración del mercado en desmedro de los productores primarios? ¿Persistirá en sus lógicas de acción o se animará a revisarlas?

Si las dificultades económicas se acentúan y la crisis social se profundiza, más argentinos ocuparán esos márgenes de la sociedad en donde la educación, la salud y el trabajo suelen ser un privilegio. Allí sólo se expande la miseria y la anomia y en semejante desierto, sólo la lógica de la violencia logra germinar.

No se puede sostener seriamente que nada ha cambiado o simplificar los problemas diciendo que lo peor ya ha pasado. Como la crisis financiera internacional perdura, deberíamos revisar lo que veníamos haciendo cuando ella nos alcanzó.

Algunos han delegado en publicistas las propuestas políticas. Otros que tanto han hecho para fortalecer el país confían en que alcanza con pronunciar discursos tan "confrontativos" como insuficientes. Es necesario proponer nuevas reflexiones sobre los compromisos sociales pendientes y sobre la calidad y el sentido con que el Estado intervendrá en su acción reguladora.

La Europa de estos días enfrenta dilemas que guardan cierta semejanza con los que hoy debate la Argentina. En las últimas elecciones parlamentarias de la Unión las derechas resultaron ser las más votadas y se llevaron así la mayor cantidad de escaños. Denis MacShane, ex ministro para Europa con Tony Blair, explicaba que ese resultado electoral obedeció a que el miedo al desempleo vuelve conservadores a los ciudadanos. Es posible. Pero tal conclusión no basta para entender por qué los europeos confiaron la solución de una crisis provocada por la imposición de ideas conservadoras a los mismos conservadores que las promovieron.

Suele ocurrir que ante el conflicto, como dice Felipe González, las derechas ofrecen salidas simplistas que luego, por insuficientes, se vuelven trampas. Pero también sucede que las izquierdas, en las crisis, se ponen a la defensiva, reivindican el pasado y se las ve carentes de propuestas de futuro.

¿Será eso lo que estará ocurriendo en Argentina? A la derecha poco puede pedírsele. Bastante alivio uno siente tan sólo advirtiendo que respeta la democracia. Pero nosotros debemos exigirnos más. No sólo debemos reivindicar los éxitos del pasado sino que también debemos ser capaces de diseñar nuevas políticas para un tiempo que depara conflictos diferentes y contar con una coalición política reformista y plural para llevarla a cabo.

Recomponer el consumo garantizando el empleo; fortalecer la competitividad de la producción argentina para ampliar su participación en el comercio internacional; reconstituir los lazos con un mundo central que, deteriorado económica y militarmente, propicia una nueva diplomacia con mayor participación de los países emergentes y vigorizar aún más el vínculo con nuestro principal socio regional son los desafíos de un tiempo que parece tener su punto de inicio el próximo 29 de junio.

Es cierto que a partir de mayo de 2003 han devenido muchos y beneficiosos cambios. Pero también es importante admitir lo distinto de este presente en el que aquellos avances ya se han incorporado a la habitualidad ciudadana y en el que las demandas de la gente reconocen otro sentido y otro alcance más acorde con la realidad actual.

Es que han pasado demasiadas cosas en los últimos seis años y como decía Mario Benedetti, "el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios". Y en la política hay que asumir los cambios y entender los nuevos escenarios que esos mismos cambios provocan. Sólo a partir de allí es posible proyectar un mañana mejor.

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