Alfonsín: la intimidad del poder según un pilarense.

Juan Ciminari es presidente de la CEPIP. Con 30 años, fue funcionario. Anécdotas que develan la personalidad del padre de la democracia.
Juan Ciminari es quizás el pilarense que más conoció al Raúl Alfonsín de la intimidad del poder; el que más se acercó desde el trabajo cotidiano a ese líder político carismático que en cada palabra vertía una enseñanza de vida, de gestión, de política.

Porque quien actualmente se desempeña como presidente de la Cámara Empresaria de el Parque Industrial de Pilar (CEPIP) fue allá por los 80 funcionario del gobierno alfonsinista que le devolvió la democracia al pueblo argentino.

Como parte del gabinete radical, y con apenas 30 años de edad, Ciminari encabezó desde el 83 la Secretaría de Comunicaciones, cargo que abandonó años después para suceder al ex ministro de Economía Roberto Lavagna en la Secretaría de Comercio e Industria Exterior, puesto en el que permaneció casi hasta el final de la gestión de Alfonsín.

"Mi desembarco en el gobierno de Alfonsín fue parte de un proyecto. Nosotros en ese momento éramos un grupo muy grande de gente joven, había muchos profesionales. Los tiempos habían cambiado mucho, se necesitaba gente que hubiese sido formada en la nueva realidad, incluso tecnológica. Ahí Alfonsín recurre a toda esta gente joven que se había estado preparando con él, que lo había acompañado durante todo el proceso de su llegada a la presidencia", contó Ciminari durante el programa Parque de Inversiones, que se emite loas sábados de 9 a 11 por FM Plaza (92.1 mhz).

Una de las anécdotas que más recuerda el titular de la CEPIP de su trabajo junto al ex presidente fallecido el martes último se produjo durante un encuentro entre Alfonsín y su par brasileño de aquel entonces José Sarney.

"Estaba toda esa cuestión de los desarrollos nucleares entre Argentina y Brasil, y Sarney y Alfonsín habían dicho ‘vamos a hacer la energía nuclear por la paz y la vamos a hacer en conocimiento del otro’. Entonces Alfonsín lo llevó a Sarney a Pilcaniyeu, en las afueras de Bariloche, para ver una planta de energía nuclear. Entonces salimos para Bariloche, hicimos noche y al día siguiente salía un trencito hacia Pilcaniyeu", relató Ciminari.

"Era mi primer viaje con la los presidentes -prosiguió- y yo estaba muy nervioso. Estábamos convocados por el protocolo a las 8 para el desayuno y 8.30 se salía. Así que llegué a la sala a las 8 en punto y me encontré solo con los presidentes porque obviamente el resto que tenía más experiencia en esto todavía no había llegado. Llego, digo buenos días y Alfonsín me dice que me siente. Y luego le dice a Sarney: ‘mire Presidente la edad de los funcionarios que tengo ahora; no sé quién es más irresponsable, si yo convocándolo o él aceptando", concluyó entre risas que lo remitieron a las carcajadas de los presidentes de aquel momento.

Por último, Ciminari resaltó otro de los rasgos que admira de la personalidad de quien fue hasta el final de sus días su líder político: "teníamos 30 años, discutíamos con Alfonsín, lo porfiábamos y él nos escuchaba. Alfonsín era un batallador incansable de sus principios que él no pretendía imponer, él los quería debatir con vos, te quería convencer, quería escuchar tu parecer, y muchas pero muchas veces actuó al revés de lo que él pensaba porque creía que era lo mejor para el conjunto; esa es la calidad de un estadista".

Opinión

Confesiones de otoño por Aníbal

a.mon@pilaradiario.com

Desde mi precoz fervor político, que gracias a la apasionada militancia de mis padres se inició en los 80 cuando apenas cumplía 5 años, comencé a escuchar una frase que recién comprendí hace no mucho tiempo: El peronismo es el pueblo y los radicales son gorilas.

Todavía retumba en mi memoria uno de los hits preferidos por los justicialistas en las épocas en que Raúl Alfonsín ejercía la presidencia: "traigan al gorila de Alfonsín, para que vea, que este pueblo no cambia de idea lleva la bandera de Evita y Perón". Al que se oponía como contrapartida un cántico con idéntica música que resurgió por estos días en los homenajes post mortem dirigidos al ex presidente: "ojo con tocarlo a Raúl, lo banca el pueblo; es por eso señor presidente, decimos presente por 100 años más".

Debo admitir que, desde mi confesa condición de "alfonsinista" -que nunca negué ni en las épocas que resultaba más políticamente correcto adoptar la postura de un Judas criollo-, siempre me molestó aquella frágil simplificación utilizada por los detractores de Alfonsín y de la UCR.

Pero claro, recién hoy con la muerte física de nuestro prócer de la democracia, termino de entender en profundidad el por qué de aquel enojo con el que me enfrenté muchas veces en la calle, en la redacción del diario, en algún asado, en el subte, en el café, o en un colectivo.

Sucede que Raúl Ricardo superaba todas las barreras, iba más allá de los obsoletos antagonismos entre radicales y peronistas, era un estadista y era pueblo, era el campo y era la ciudad, era la clase media y también las masas más desprotegidas, era la síntesis perfecta entre las virtudes de los dos partidos mayoritarios, era la esencia misma de la política y la democracia, era el sentido común, era la encarnación de la unidad nacional, era decencia y no corrupción, era la Argentina con sus contrastes y sus contradicciones.

Y por eso también se equivocó, porque todas las mencionadas son condiciones de un ser humano. De un hombre ejemplar por donde se lo aborde, hasta por el modo de sobreponerse a sus errores con autocrítica, diálogo y consenso, y sin las repugnantes soberbia y autoritarismo.

Por eso, el radicalismo, entendido como Alfonsín lo entendía (y como yo lo mamé desde muy chico como protagonista directo y presencial de la Plaza de "la casa está en orden", la del 10 de diciembre de 1983 en medio del clamor popular de miles y miles de almas esperanzadas, y del Obelisco junto a un millón de personas en aquel histórico 30 de octubre), "NO ES GORILA". Que no todos los radicales entienden, entendieron ni entenderán al centenario partido de la misma manera, también es una realidad incontrastable que no puede ser negada.

Alfonsín tomaba mate en las villas del Conurbano cuando no había cámaras ni marketing de por medio (yo lo viví con mis pequeños 7 años). Alfonsín no era populista, era popular. Alfonsín no recitaba el Preámbulo de la Constitución, lo sentía. Alfonsín no era demagogo, era sensato. Alfonsín propiciaba la integración latinoamericana cuando el supuesto progresismo en el sur del continente no estaba de moda. Alfonsín era un verdadero progresista. Alfonsín condenó a los genocidas de la última dictadura militar, no los indultó. Alfonsín jamás se golpeó el pecho con sus propios puños ni lanzó instintivos y ensordecedores rugidos en medio de la selva; que nadie se confunda. Hasta siempre Raúl...

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