Alfonsín y el alma melancólica

Por Alejandro Rozitchner, filósofo

Por qué la muerte de Alfonsín generó semejante conmoción en la opinión pública nacional? Hace diez días atrás el ex presidente era una figura reconocida pero dejada de lado. No era posible suponer que su muerte lo iba a promover en la escala de la importancia a semejante nivel, ¿qué fue lo que sucedió? No es posible hacer ciencia de estas cuestiones, pero es interesante auscultar el fenómeno para captar sentidos subterráneos. A continuación, una serie de factores que pueden servir para armar una interpretación.

La muerte de Alfonsín causó tal impacto porque la gente tiene necesidad de hacer duelo. Este atraso en la elaboración de las pérdidas no puede pensarse como un factor esencialmente colectivo, pero la proyección de las necesidades personales terminan armando una manifestación social. Para decirlo más sencillamente: muchas personas, muchos individuos, tienen pendiente la elaboración de ciertos duelos propios, a los que tratan de sustraerse hasta que un motivo social da pie a una expresión descomprometida y distante de su afecto contenido. ¿Descomprometida? Sí, una cosa es llorar a un padre muerto, a una madre ida, a la propia juventud perdida, a la caída de los sueños y los ideales, al necesario abandono de una posición infantil o adolescente, todas cuestiones de gran intensidad afectiva personal, y otra llorar a un ex presidente que fallece. Es más fácil llorar a una figura simbólica que hacerse cargo de las intensidades propias. Además, Alfonsín, por sus características personales, se presta especialmente a la tramitación, como diríamos usando un vocabulario psicológico, de energías personales inhibidas. ¿Qué características lo hacen útil a tal fin? Su apariencia de ‘viejo bueno’, algo blando, pasado de época, formal, abuelístico.

Para todos los que tenemos experiencia en ver películas americanas -o sea, para todos-es fácil identificar a los personajes que van a morir en la trama: son aquellos con los que el guión quiere conmovernos al principio de la historia, los sensibles, vulnerables, capaces de generar ternura. A esos: ñácate, la historia se los lleva puestos en el primer giro de los acontecimientos. Y sufrimos. Alfonsín, sin necesariamente ser un habitante de la tierra del bien puro, encarnaba una existencia de este tipo, vulnerable y respetuosa. Muerto él, podemos dejarnos arrastrar por el dolor de la pérdida. No digo que sea justo o meritorio sentirlo así, digo que es un ingrediente de la repercusión de su muerte.

Otro punto: la muerte de Alfonsín fue tan sentida porque nos dio la oportunidad de hacernos los institucionalistas. Esto me lo sugirió Szewach y creo que está bien pensado: después de haber visto recientemente el traspaso de mando en los Estados Unidos, y de haber envidiado el modo en que ellos respetan a sus presidentes (y cómo estos se respetan entre sí) con el entierro de Alfonsín pudimos representar la dignidad que echamos en falta. El dolor nos hace dignos, nos mejora, y por esa vía quisimos alcanzar niveles de realidad que por todos los otros ángulos se nos escapan. ¿Una teatralización sin sentido o un modo de acercarnos a un nivel de respeto y reconocimiento mutuo que tan bien nos vendría? Esperemos que lo segundo, claro.

Otro: el alma conservadora y melancólica de la Argentina sabe tratar con las emociones tristes, y la muerte del ‘papá’ de la democracia (aunque hacer de Alfonsín el responsable de nuestro regreso a la vida cívica sea desde todo punto de vista una exageración) es una ocasión propicia para poner en marcha el aparato emotivo de la tristeza. Aparato que nos hace sentir buenos, sensibles, preocupados, vulnerables también nosotros. Tangueros al fin, nos sale mucho mejor llorar que reír. Sobre todo cuando las opciones ‘felices’ de gobierno son canallas, al menos tal como las logramos vivir a través de la miseria kirchnerista.

Este aspecto del alma nacional, que valora más la tristeza, el fracaso, la muerte, los finales, lo que no se pudo, que la vida que avanza, crece y puede, es uno de nuestros grandes problemas a la hora de dar forma a la realidad social. Toda iniciativa es, dentro de este marco de sentidos retrógrados, sospechada, cuestionada, invalidada. Tienen entre nosotros más éxito los planteos revisionistas que los creativos. Por eso el kirchnerismo, subido al carro de la historia, puede darse el lujo de enmascarar su ineficiencia y su corrupción en la mascarada reivindicativa de los derechos humanos y en el embanderamiento con las causas falsas del populismo histórico.

Otro factor: llorar a Alfonsín es una manera de decirle al gobierno nacional, a los políticos actualmente en el poder, que hay otros estilos mejores de liderazgo. Estilos que preferimos aun cuando no hayan resultado demasiado productivos a la hora de construir país. Comenzamos a saber, definitivamente, que el aporte de la visión k tampoco es realmente superadora, y pedimos perdón al papá del que habíamos renegado. Este aspecto tiene mayor valor, porque es una intervención en la realidad actual y hace de la muerte del viejo líder radical un factor de presión útil para la vida presente.

De todas formas, no superamos nuestro atragantamiento político actual por la vía del llanto por un presidente ido. Ni por el ilusorio e infantil endiosamiento de uno ni de mil (ni de miles) de muertos. Y el duelo por Alfonsín, no nos engañemos, se inscribe sobre todo en esa línea de pasiva dignidad con la que no logramos nunca cortar el círculo vicioso de la mediocridad política. Si esta muerte sirve para llevar nueva vida a políticos formalistas pero carentes de vitalidad, como podríamos caracterizar a la opción radical, será una vuelta más en la calesita del subdesarrollo. Desconfiemos de las ceremonias públicas de contrición y dolor compartido. Para la Argentina que queremos hacen falta otras cosas: deseo, ganas, acción, osadía, diversión, creatividad y capacidad de disfrute. Para lograr hacer mundo tenemos que curarnos de nuestra ancestral melancolía, de la mirada que lamenta lo que no pudo ser pero no sabe tratar con lo posible

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