Alerta por malaria en el bunker zelayista

La amenaza fue controlada, pero la sede diplomática es un caldo de cultivo, según advirtió el médico y testigo. La comida pasa horas bajo el sol y la mitad de las veces llega en mal estado como parte del asedio de los golpistas.
Ayer una nueva señal de alerta se prendió en la embajada brasileña en Tegucigalpa. No fue un ataque de gases tóxicos ni otro rumor de una ofensiva militar de la dictadura; la amenaza esta vez era la malaria. Según confirmó a este diario el médico que acompaña al presidente Manuel Zelaya desde que se refugió en la sede diplomática, un miembro de la resistencia popular de unos 30 años sufriría de malaria. "No lo pudimos confirmar porque no tenemos un laboratorio. Pero el lunes le empezamos a sumistrar los medicamentos y hoy (por ayer) ya no tiene fiebre", explicó Marco Girón. La amenaza fue controlada, aseguró, pero la embajada es un caldo de cultivo. "Lo más probable es que día a día nos encontremos con más y nuevas enfermedades", dijo el médico que se define como militante de la resistencia.

A las seis de la tarde de ayer, la embajada brasileña en Tegucigalpa no tenía luz, ni agua, y afuera, en el jardín de la entrada, tres metros cuadrados cubiertos con bolsas de consorcio llenas de basura esperaban hacía 48 horas al camión recolector. "Cuando denunciamos el asedio de la dictadura hablamos de esto", señala el coordinador de medios de Zelaya, Andrés Conteris, mientras supervisa los preparativos para una conferencia de prensa del mandatario derrocado. Hace 24 horas que empezó con un ayuno, en solidaridad a los 58 campesinos que están realizando huelga de hambre en la cárcel. Pero la comida es uno de los temas que más irritan a Conteris.

El régimen deja pasar la comida todos los días, pero el desayuno llega a la tarde y el almuerzo para la hora de la cena. La embajada, un edificio de oficinas de dos plantas, no tiene una cocina ni una heladera. Todo lo que entra debe estar cocido y se consume en el momento. "El problema es que la comida pasa horas bajo el sol y la mitad de las veces llega en mal estado", contó en diálogo telefónico con Página/12.

No se trata de un problema de gusto o paladar fino. Hace una semana un pollo en mal estado provocó un brote de diarrea. "Fue el tercero desde que entramos aquí. Por suerte ya controlamos todos los casos, creo que fueron como una docena, pero no es fácil cuando cada dos por tres faltan el agua y la comida adecuada", explicó el médico de la casa, Girón.

Cuando alguno de los habitantes de la embajada empieza a demostrar algún síntoma agudo, el humor de los zelayistas cambia. Al asedio y el acoso de los militares que rodean la casa y apuntan desde los techos aledaños las 24 horas, se suma un régimen estricto de barbijos y alcohol en gel, como cuando apareció un caso de gripe –para alegría de Girón fue una gripe estacional y no la H1N1, más conocida como gripe A– o el tedio de hacer largas colas frente a uno de los seis baños, como sucedió durante los sucesivos brotes de diarrea. "Un día tuve que esperar una hora y media a la madrugada para poder bañarme", recordó Conteris, coordinador de medios. Como bien les enseñó el doctor Girón desde el lunes que ingresaron a la embajada brasileña, el aseo y la higiene personal es el único lujo al que no pueden renunciar. "Es la única herramienta de prevención que tenemos, pero es difícil", reconoció el médico. Hacen lo posible. Hay un equipo asignado a la limpieza diaria de la casa y la basura se guarda en el jardín del frente de la embajada, bajo un árbol para evitar en lo posible el rayo directo del sol. Pero los militares no se lo hacen fácil. El camión recolector pasa cada tres días y los productos de limpieza llegan con el mismo retraso que la comida.

Lo mismo sucede con los medicamentos. "El paciente que sospechamos que tiene malaria comenzó a levantar fiebre el jueves pasado y el sábado decidí pedir medicinas a la ONU. Llegaron recién el lunes. Estuvo cinco días con fiebre y podría haber sido peor", dijo, aliviado. El joven había cruzado, a través de la selva, la frontera con Nicaragua para encontrarse con Zelaya cuando intentó ingresar al país por tierra hace más de un mes. Girón lo definió como un fiel zelayista. "Yo lo quise sacar de la embajada, pero él me dijo que prefería morir ahí, que morir afuera, con los golpistas", relató el médico. A esta altura, abandonar el barco, por cualquier razón que sea, equivale a la peor traición en la embajada brasileña.

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