Alberto Fernández, armador de Scioli 2011

Diálogo de baja intensidad. Puro vocabulario técnico para no decir que apenas se hablan. En ese estado, off line, subsiste el vínculo entre Néstor Kirchner y Alberto Fernández, alguna vez el CPU de un eternista proyecto K, que ya tiene nuevo horizonte: Daniel Scioli 2011.
En un exceso de la metáfora informática podría decirse que el ex jefe de Gabinete del matrimonio instaló otro software porque el que tenía hasta hace unas semanas caduca en 2011. El futuro, reflexiona Alberto F., tiene domicilio temporal en La Plata.

El vuelco hacia Scioli, con quien dice dialogar seguido -más que con Kirchner-, explica la lluvia ácida que el patagónico y sus pingüinos derraman sobre el ex ministro estrella. No es por contradecir la profecía tremendista de Kirchner sobre un regreso a 2001.

Es más: el porteño detectó en el extremismo de quien fue su jefe la oportunidad para vocear en público lo que repite, ante quien sea, en privado. Muy parecido, incluso, a lo que gritó Santiago Montoya y terminó con su salida como recaudador bonaerense.

Montoya, que unos días antes de su protesta pública se encerró en el búnker histórico de Fernández, en Callao y Posadas, utilizó una frase cuyo copyrigth pertenece al porteño: «No escuchamos a la gente», dijo, y desató la tempestad. Ladra y tiene cola, es perro.

Receta

El recaudador aplicó una receta a la que Scioli le escapa. Al caer el verano, el gobernador se vio con el ex jefe de Gabinete y le deslizó, en su encriptado lenguaje, la pretensión de ponerse en carrera para 2011.

-Si querés jugar, tenés que diferenciarte de Kirchner -lo tanteó, sin filtro, Fernández.

-No. Eso no lo voy a hacer -gambeteó Scioli.

-Entonces no tenés posibilidades. No por ahora.

El cruce no alteró el vínculo. Scioli, que se limita a escuchar, suele recordar que cuando los Kirchner le cortaron el teléfono durante dos años, el entonces jefe de Gabinete mantuvo la relación y jamás se plegó al vapuleo mediático contra el entonces vice.

Detalle: por entonces, Vilma Ibarra era senadora por la Capital y construyó una relación amable con un Scioli que vivía en el exilio del Senado. Igual, Scioli se mantiene firme: no le escapa a Fernández pero no se apartará un tranco de los Kirchner.

Se lo repite, seguido, Alberto Pérez, el interlocutor más frecuente del porteño en La Plata. Entre tocayos se entienden, parece. Con otros portadores de apellido que perduran en el gabinete de Cristina de Kirchner, el ex ministro comparte también charlas y comentarios.

Sólo hay chispazos, en cambio, cuando se trata de Sergio Massa: no tiene una sola palabra bondadosa hacia su sucesor. Algo similar, más dolido, ocurre con Graciela Ocaña y Carlos Tomada. Los dos «jugaron feo», ha dicho, en la salida de Héctor Cappaccioli de la Superintendencia de Seguros de Salud (SSS).

Desplazado del PJ porteño, al que piensa volver luego de la «derrota de junio», Fernández dedica tanto tiempo a los amigos que le quedan por ahí como a las charlas con empresarios y diplomáticos, ante quienes presenta, «in absentia», a Scioli como el futuro visible.

Un caso. Palacio Ortiz Basualdo, Embajada de Francia, con Frédéric Baleine du Laurens como anfitrión y media docena de embajadores más: Earl Wayne, de EE.UU., y Günter Kniess, de Alemania, los más curiosos. También la mexicana María Cristina de la Garza Sandoval.

Preguntas sobre el sistema de decisión de los Kirchner, intriga sobre la relación de poder en el matrimonio y consultas al «ministro» sobre el horizonte electoral. En bandeja: la ocasión, sin desmerecer a Carlos Reutemann, para enumerar las virtudes de Scioli.

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