Ajedrez y tironeos en el Parlamento

Por Carlos Pagni

El kirchnerismo y sus adversarios discutirán a partir de mañana un nuevo reparto de poder en la Cámara de Diputados. La disputa permitirá ponderar la fortaleza que conserva el Gobierno y la consistencia de la oposición. Ese ajedrez anticipará, entonces, el funcionamiento general de la política argentina hasta 2011. El tiempo es misterioso. En una semana pueden condensarse dos años.

El 10 de diciembre se inaugurará una transición durante la cual el curso que tome el país será resultado de la interacción entre numerosas -demasiadas- minorías. La pulverización del sistema de partidos exhibirá en la Cámara baja rasgos patológicos: habrá 33 bloques, de los cuales 14 serán unipersonales. Una deliciosa celebración del narcisismo.

La bancada más nutrida, la del Frente para la Victoria, se ve como una superficie de arenas movedizas. Imposible conocer cuántos legisladores la integran. Su jefe, Agustín Rossi, habla de 90. Los peronistas disidentes le atribuyen 86 y se adjudican, ellos mismos, 30. Después suman aliados hasta llegar a 39. Para Rossi, es un número fantasioso. Sabe que habrá diputados que fluctuarán entre uno y otro bloque, según el tema que se discuta en cada caso. Casi una convalidación de aquel insultante sarcasmo de Borges: "Los peronistas son gente que se hace pasar por peronista para sacar ventaja".

Que la oposición son muchas oposiciones se advierte en la discusión sobre la presidencia de la Cámara. La UCR de Oscar Aguad, la Coalición Cívica de Elisa Carrió y el socialismo alineado con Hermes Binner, prefieren dejar esa posición, la tercera en la línea sucesoria, en manos del oficialismo. Si reclamaran ese cargo, le correspondería a un radical. Ese partido tendrá un nuevo "bloque de los 44", como aquellos otros dos que se hicieron famosos entre 1946 y 1955, con Ricardo Balbín, Arturo Frondizi, Ernesto Sanmartino, Agustín Rodríguez Araya, Emir Mercader, Miguel Angel Zabala Ortiz y Francisco Rabanal, entre otros. Aunque se repite el número, es difícil que se repita el cerril antagonismo que los antiguos 44 ejercieron contra Perón. En su lenta reconstrucción, los radicales se ven también a sí mismos como víctimas de cualquier desestabilización del Gobierno.

Además de la prudencia, en Aguad predomina el sentido práctico. El jueves pasado se le oyó decir: "Si nos quedáramos con la presidencia, sería con un margen de votos tan pequeño que Kirchner conseguiría en poco tiempo a los tres o cuatro diputados necesarios para voltearnos o, en el mejor de los casos, bloquearnos. ¿Por qué vamos a hacer ese papelón?".

El peronismo, en cambio, ignora ese tipo de cautela. "La única forma de que Kirchner se modere es negociar con él desde una posición de poder", explica el misionero Ramón Puerta, quien sueña para sí con el lugar que hoy ocupa Eduardo Fellner. Para la Casa Rosada, la pretensión de Puerta inspira las peores fantasías: fue él quien, al arrebatar la presidencia del Senado a Mario Losada, en 2001, indicó que Fernando de la Rúa comenzaba su derrumbe.

La oposición no peronista es menos agresiva con el Gobierno que la peronista, porque sus intereses respecto de 2011 son divergentes. Los peronistas necesitan llevar a Kirchner al extremo de la debilidad para evitar que él se les imponga como candidato en ese año. A los radicales, a Carrió, a Binner, al macrismo o a Pino Solanas, nada les conviene más que competir contra alguien con tan mala imagen como Kirchner.

La presidencia de la Cámara seguirá, entonces, en manos del oficialismo. En cambio, habrá una discusión muy agria por el control de las comisiones. La oposición pretende repartirlas según el sistema D´Hont. De ese modo, al kirchnerismo le tocarían 19; a la UCR, 9; al PJ disidente, 7, etc. Este criterio permitiría que el Gobierno perdiera el control de un par de comisiones importantes. Sería un cambio notorio. ¿Qué sucedería, por ejemplo, si la oposición pasara a dominar la comisión de Presupuesto y Hacienda e hiciera su propio dictamen sobre los ingresos y los gastos del Estado? La Presidenta se vería obligada a vetar y, como le sigue obedeciendo más de un tercio del Congreso, sus adversarios no podrían insistir.

Rossi piensa usar el argumento del veto para reclamar el control de las comisiones que regulan la gobernabilidad: Presupuesto y Hacienda, Asuntos Constitucionales, tal vez Asuntos Agrarios. "Si existe el veto es porque la Constitución establece que el Ejecutivo no tiene por qué hacer cosas con las que no está de acuerdo, aunque las imponga una mayoría en el Congreso", arguye. Y recuerda: "En 2005 teníamos 118 diputados y, aun así, contábamos con la mayoría de todas las comisiones". Rossi omite que en 2005 el Gobierno acababa de ganar; ahora acaba de perder.

Si el tironeo por estos cargos no desemboca en un acuerdo, la composición de las comisiones deberá someterse a votación (en este punto puede aparecer una controversia reglamentaria). Los opositores dicen contar con unos 135 votos para imponer su criterio. En el oficialismo los acusan de exagerar.

Los Kirchner confían en un par de factores que jugarían a su favor. Uno es la prudencia de los disidentes que gobiernan provincias: desde los socialistas santafecinos y los radicales de Corrientes, hasta los peronistas de Córdoba. El otro es que, antes de aliarse al macrismo, los diputados de centroizquierda preferirán resignarse al dominio del Gobierno. Aquel sometimiento fiscal y esta restricción ideológica serán dos reguladores principales de la frontera móvil entre Gobierno y oposición a partir del 10 de diciembre.

Si la integración de las comisiones se sometiera a votación, el país estará ante una prueba piloto de lo que podría suceder durante los próximos dos años con cuestiones centrales de la agenda pública: la integración del Consejo de la Magistratura, la refundación del Indec, el establecimiento de una cobertura universal contra la pobreza o el acuerdo con el campo a través de una rebaja de las retenciones a la soja. La pelea por la composición del Parlamento esconde, en realidad, el destino de este inventario de problemas.

La lucha presidencial

Hay una razón más para que el tránsito del Gobierno por la Cámara de Diputados no resulte tan accidentado: la proliferación de candidaturas presidenciales, detrás de las que se alinean las diversas bancadas. Como sostenía Alberdi, "los políticos no difieren tanto porque piensan distinto, sino porque quieren lo mismo".

A las candidaturas de Julio Cobos, Carrió, Solanas, Felipe Solá, Carlos Reutemann y Eduardo Duhalde, hay que sumar ahora la de Francisco de Narváez. El cree que, si consigue presentarse otra vez como el verdugo de Kirchner, no habrá tribunal que le impida competir por el hecho de haber nacido en Colombia. Asegura, además, que los argumentos jurídicos que le permitieron ser candidato a gobernador en 2007 le habilitarán el camino presidencial en 2011.

De Narváez aprovechará, además, la crisis en que se encuentra envuelto Mauricio Macri. Pero también Macri terminó de entender que sólo una candidatura presidencial podría atenuar el impacto de los ataques del gobierno nacional, que se convertirían en agresiones de campaña. Es la razón por la cual ayer, en LA NACION, blanqueó que está en carrera hacia 2011.

Kirchner se propone seguir manejando la Argentina, ahora desde una banca, en un ensayo de parlamentarismo aberrante. Intentará conservar algo de su poder gracias a las ensoñaciones que llevan a sus adversarios a rivalizar entre sí. Lo hará por mera intuición. Es difícil que haya leído el aforismo de Alberdi.

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