Ahora todos van en busca de un plan B

Qué hacer y quién lo hará son las dos preguntas que se plantean después del alejamiento del ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. El fracaso de una gestión y la falta de precisiones sobre la verdadera función que debería cumplir el Colón.
Horacio Sanguinetti renunció a la dirección del Colón y el jefe de Gobierno, el ingeniero Mauricio Macri, no dejó de repetir, durante el día de ayer, su sorpresa. Todos querían que se fuera pero nadie lo deseaba exactamente ahora. Quienes están cerca de Macri argumentan que la falta de una idea clara acerca de quién será su reemplazante es la prueba de esa sorpresa. Pero la cuestión puede entenderse exactamente a la inversa; era la falta de un plan alternativo, precisamente, lo que venía postergando el final de una situación insostenible.

Si bien nadie adelanta nombres y, más bien, las fuentes cercanas al jefe de Gobierno afirman que “Mauricio se tomará unos cuantos días para decidirlo y esta vez será muy cuidadoso”, hay una versión casi descartada, la que habla de la vuelta de Martín Boschet, aquel director ejecutivo, hombre de confianza de Horacio Rodríguez Larreta, cuyo desproporcionado sueldo había sido denunciado por Página/12 y al que Sanguinetti echó, cargándolo con todas las culpas del “desaguisado Ramones”. El baterista del grupo punk había tocado en el CETC pero el problema era otro. No se había tratado de un hecho experimental sino de un show publicitario de una empresa fabricante de indumentaria deportiva. Y el pago por la sala –por lo menos el declarado– había sido de 120 jo-ggings. En cuanto a los nombres que sí podrían ocupar el cargo vacante, las primeras listas recorren los nombres de los ex directores del teatro y, cuando se cruzan con las presunciones acerca de quiénes podrían dar una respuesta afirmativa en las difíciles condiciones actuales, termina quedando uno solo, el de Luis Ovsejevich, actual director de la Fundación Konex. No es, de todas maneras, la única posibilidad que se baraja. Algunos miran con codicia a los dos régisseur argentinos más exitosos en París y tanto Jorge Lavelli –que casi con certeza no regresaría a la Argentina– como Alfredo Arias –que sí pasa en Buenos Aires una buena parte del año y que podría decir que sí– son candidatos.

Sanguinetti renunció mediante una supuesta carta que nunca llegó a destino y, como había hecho antes en relación con algunos de sus numerosos gazapos, echándoles la culpa a otros y a través de trascendidos informales. El ingeniero Macri, despechado destinatario de la misiva perdida, debe haber maldecido el momento en que le fue sugerido el nombre del ex rector del Colegio Nacional de Buenos Aires como el de alguien que sabía de ópera. El prestigio no era tanto y resultó bastante frágil, y el saber se limitaba a algunos datos de coleccionista que le permitían asegurar sin vacilaciones la fecha en que Caruso había actuado en Buenos Aires. En el primer reportaje que concedió a un diario, Sanguinetti había marcado, ya el 12 de octubre de 2007, cuáles serían algunas de sus líneas rectoras. Por ejemplo, cuando Página/12 le preguntó. ante su monotemática insistencia en la ópera, si escuchaba música sinfónica y de cámara, él había contestado: “El folklore me gusta mucho; el tango no tanto”. Y frente a la cuestión de si un teatro como el Colón debía programar obras de autores argentinos vivos, acuñó un concepto que acabó haciéndose famoso: “Hay que recrear el gusto de la gente por la ópera y esto se hace con óperas lindas”. Que ya en ejercicio, Sanguinetti haya destinado el 65 % de la superficie del Centro de Experimentación (CETC) a un museo dedicado a uno de los libretistas de Puccini, no puede, en ese sentido, ser visto de otra manera que como un acto tan político como desafiante. La altisonancia y lo virulento de los ataques del ahora ex director contra sus antecesores fueron, eventualmente, otra de las características de una gestión en que no se introdujo ninguna mejoría en relación con la situación heredada pero en la que, invariablemente, se desmanteló cada una de las áreas y proyectos que funcionaban. La programación desechada, sin que se lograra reemplazarla por ninguna otra y, como colofón, el monumental papelón del oscuro recital de arias con que se conmemoró el centenario de la sala fueron un signo elocuente de las incapacidades de Sanguinetti y su equipo de colaboradores.

El Colón es un teatro complicado. Se lleva, cerrado, un quinto del presupuesto total que la ciudad destina a cultura, acarrea un largo historial de conflictos gremiales y, para peor, se ocupa de algo –la ópera y el ballet– que en 1908 era consumido por la aristocracia y anhelado por las clases medias y bajas pero cuyo lugar social fue ocupado, en los finales del siglo pasado, por otras formas del espectáculo, como los desfiles de Giordano. Aun así, todavía acarrea un alto valor simbólico. Cuando se lo daña, los ciudadanos se sienten atacados, aun si nunca fueron a ver y oír una ópera. Es por eso que las autoridades hicieron saber, además de la reiteración de su sorpresa frente a la dimisión de Sanguinetti, que darían prioridad a las obras. Es que el edificio cerrado y el oscuro velo que lo cubre son visibles por todos, aun por aquellos a los que la música clásica los tiene sin cuidado. Pero el problema es, por supuesto, más vasto. El Liceo de Barcelona, el Covent Garden de Londres, La Fenice de Venecia, entre muchas otras salas, afrontaron cierres por diversos motivos, y en ninguno de esos casos eso equivalió a la inactividad. Más allá de que no sea deseable, un teatro puede funcionar sin sala. El propio Colón lo hizo cuando el CETC mudó sus actividades, en 2006, al Margarita Xirgu y cuando, en 2007, las temporadas de ópera, sinfónica y de ballet tuvieron sus sedes en el Coliseo, el Gran Rex y el Alvear. De lo que un teatro no puede carecer es de programación.

Macri podrá no estar demasiado interesado en la ópera, pero sabe que si hay algo que no le conviene es tener que andar dando personalmente explicaciones sobre el tema. La fantasía es que si se logra algún efecto visible por el lado de las obras, nadie reclamará demasiado si la programación del teatro es mediocre. Pero la realidad es otra. Sin un director que sepa del tema, es imposible darles un rumbo claro a las reformas, ya que es él quien debe decidir y dar el visto bueno, aunque las obras dependan administrativamente del Ministerio de Desarrollo Urbano. Y sin una conducción idónea, más tarde o más temprano, sucede lo que sucedió esta vez: un teatro de ópera que, en la perspectiva oficial, no debería interesarle demasiado a nadie, llega a las temidas pantallas de la televisión.

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