¿Y ahora qué?

Por Natalio R. Botana

El interrogante del título es un reto al espíritu constructivo y a la exigencia de poner de pie, cuanto antes, un sistema de partidos con vocación institucional. Como lo venimos diciendo desde hace muchos años, antes de que el kirchnerismo estirara la cuerda de nuestras insuficiencias institucionales hasta los extremos de la enemistad cívica, esta tarea requiere con urgencia nuevos liderazgos.

Vale la pena enunciar este propósito en plural, porque el voto de la ciudadanía ha impuesto esta responsabilidad a varios candidatos victoriosos. Entre ellos no hay, por ahora, ninguna cabeza sobresaliente; la única autoridad pretendidamente hegemónica es la que ha sido derrotada con una pérdida de cerca de tres millones de sufragios con respecto al último comicio. El triunfo de las oposiciones que se han plantado frente al poder, dentro del justicialismo y fuera de él, es el punto de partida de esta obra de reconstrucción. No es más que el pasaje de un concepto de oposición negativa a otro, desde luego más amplio y generoso, de oposición constructiva.

Estos son los desafíos de quien transita por un estrecho desfiladero. Si nos atenemos a los tres discursos oficiales pronunciados en estos últimos días (dos de Néstor Kirchner y uno de la Presidenta) no se advierten, por ahora, signos de rectificación en el Gobierno, salvo el paso al costado del ex presidente como jefe del Partido Justicialista y la valoración que la Presidenta hizo de los consensos puntuales que podrían surgir en la votación de cada proyecto de ley.

Además, una vez concluido el acto electoral, el contexto social emerge marcado por el signo de la postergación en el tratamiento de asuntos decisivos. Es como si hubiera caído una máscara. Uno de los peores rasgos de la hegemonía consiste en aplicar el esfuerzo a esta clase de aventuras de todo o nada en lugar de concentrar la atención de los gobernantes en las prioridades de la agenda pública.

No es lo mismo construir hegemonías personalistas que construir los cimientos del Estado. La obsesión por montar las piezas de la hegemonía desatiende el deber de mantener en buen funcionamiento los resortes del Estado. Si ello no ocurre, el Estado es un instrumento descartable que, por tanto, no responde a las demandas. Vagando en suspenso durante este enervante proceso electoral, el país se ha despertado con las noticias de una epidemia en plena expansión. Obviamente, no se reaccionó a tiempo porque la prioridad era ganar los comicios a cualquier costo en un clima ficticio. Ahora, los efectos están a la vista, con un sistema de salud aquejado de serias deficiencias.

Este es el terreno de la reconstrucción, que coincide con el último tramo de un gobierno mucho más débil de lo que estaba hace apenas una semana: reconstruir el Estado según las dimensiones fiscal y federal; reconstruir las instituciones republicanas; rehacer, en fin, el tejido de la mediación. Por cierto, las oposiciones no pueden hacer caso omiso de su individualidad, pero tampoco pueden dejar de lado la voluntad para buscar acuerdos duraderos. Esto demandará proyectar la acción en dos círculos concéntricos: el primero, en el plano legislativo; el segundo, en todo aquello vinculado con la selección de los liderazgos futuros en las organizaciones partidarias (o "espacios" si en ellos interactúan dos o más partidos).

La peculiaridad de estos círculos es que no son cronológicos, sino que giran simultáneamente. Las oposiciones tienen que actuar en dos Congresos con diferente integración; el actual, hasta el 10 de diciembre, y el próximo, desde esa fecha. Los partidos, por su parte, no tienen por qué abocarse de inmediato a elegir sus candidatos, pero sí deben mostrar rápidamente a la opinión ciudadana que están fijando reglas internas para dirimir en su seno las pretensiones de varios candidatos.

El campo de la acción legislativa tiene el laberíntico encuadre establecido por la desmesura kirchnerista. ¿Qué papel le podría caber a una bancada mayoritaria de obediencia oficialista cuando estos diputados saben que no gozan ahora del apoyo electoral obtenido en los dos comicios anteriores (2005 y 2007)? Cuaderno de bitácora para registrar la navegación en la niebla: ¿es posible prever desplazamientos a corto plazo hacia el peronismo disidente, especialmente cuando sobrevenga el debate acerca de las leyes de emergencia y delegación legislativa? Esta es la pregunta que deriva del tinglado legislativo levantado por el Gobierno. Es difícil conservar la disciplina de un bloque cuando los resultados de los comicios juegan en contra de la subordinación requerida a los dictados del Poder Ejecutivo.

El adelantamiento de las elecciones nos ha conducido al absurdo de tener en estos meses legisladores oficialistas con legalidad y sin legitimidad. Volvemos a un tema recurrente: si se violentan las reglas de los procesos electorales, tarde o temprano las consecuencias se vengan de quienes fraguaron esas maniobras. Lección aplicable a candidatos testimoniales como Daniel Scioli, que ya anunciaron que permanecerán en sus puestos ejecutivos y soportarán así el fardo ético que ya señaló la Cámara Nacional Electoral.

De nuevo el absurdo: el que fue ungido gobernador en 2007 con más votos que Cristina Kirchner ahora es un mandatario en retroceso por haber aceptado esa candidatura a diputado.

En este revoltijo, inevitablemente habrá de adquirir relevancia el papel de los jefes de bloque en el Congreso. Por el lado de las oposiciones, con la excepción del voto sobre las retenciones móviles, este papel no tuvo la trascendencia que, suponemos, tendrá de aquí en adelante. Es una apuesta a favor de la inteligencia del compromiso. Del modo como se logre coordinar esfuerzos y, sobre todo, pactar consensos sobre políticas públicas, dependerá el perfil constructivo de las oposiciones.

Los legisladores deberían ser constructores de puentes y artífices del diálogo. Algunos de los liderazgos que conquistaron el domingo el voto mayoritario de la ciudadanía en sus respectivas provincias -Mendoza y Córdoba, entre otras- se fraguaron en el Congreso. Hay que persistir en este rumbo, lo que significa rehabilitar el Congreso -ya lo dijo Madison en el número 51 de El Federalista - como la institución madre de la forma de gobierno republicana. El Congreso, decimos bien, en su doble función: como garante del pacto federal (hoy inexistente) y como sede de la representación del pueblo.

Este será el círculo que veremos más de cerca, pero los protagonistas que alzan su voz en ese recinto harían un flaco favor a las expectativas populares si paralelamente no ampliaran el círculo de la reconstrucción partidaria. En buena medida, la degradación de las instituciones republicanas del Estado es tributaria entre nosotros de la degradación de las reglas y los programas de los partidos. Allí, en ese legado de frustraciones, apetitos irracionales e impulsos facciosos que se formaron a contrapelo del arte de la asociación política, habrá que plantar ese proyecto.

Estas carencias son aún más relevantes si las comparamos con la experiencia de los países vecinos. El día en que cayó el kirchnerismo, los uruguayos pusieron a punto sus candidaturas presidenciales para el mes de octubre, en unas pacíficas elecciones internas en cada uno de los partidos.

Este ejemplo debería inspirar a legisladores, gobernadores, intendentes y cuantos cargos pueblan por ahora nuestro archipiélago representativo. ¿Podrán, entonces, los liderazgos que han producido estos comicios plegarse a una regla común de carácter interno?

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