La agonía de la política

Por Santiago Kovadloff

La economía mundial parece estar, una vez más, en vías de recuperación. Tras la catástrofe, el horizonte empieza a mostrarse despejado. Y todo vuelve a comenzar. ¿Qué decir de la política? La política sigue yendo a la zaga de las finanzas. Como un ciego detrás de su lazarillo. Un lazarillo dominante que le impone su propia errancia.

¿Podrá la política, en el Primer Mundo, recuperar el protagonismo perdido a manos de la especulación? Obsecuente con el delito financiero, ella terminó privada de ejemplaridad. Se acabó el tiempo de los liderazgos doctrinariamente sustanciosos. Si Obama encarnará lo que de él se espera es cosa que está por verse. Mientras, Berlusconi ilustra con perversa maestría a qué alturas puede llegar el desprecio del poder por la política. Nadie se ha burlado tanto de su propia investidura desde que Calígula hizo nombrar cónsul de Roma a su caballo.

El panorama es inquietante. El dinero, ave fénix, vuelve a florecer. Los valores requeridos por la convivencia solidaria mueren de anemia. Los ideales democráticos han perdido consistencia. El hedonismo reinante sólo presagia más decadencia y miseria espiritual. En cuanto a la miseria a secas, se ahonda. Lo ha dicho bien Jorge Elías: "La cruda realidad es que el mundo gasta 190 veces más en armas que en comida". ¿Es posible revertir esta marcha hacia el vacío? No será la pasión por los negocios sucios la que se desvele por sanear la democracia. Presumir, por lo demás, que esta tarea de tan delicada textura moral pueden llevarla a cabo los expertos en finanzas es como poner un bebé al alcance de un antropófago para que lo cuide.

Así, al menos, parecen haberlo entendido quienes, contra viento y marea, promueven un reposicionamiento de la política como práctica inspirada en valores éticamente significativos, es decir, no negociables. Entre ellos, por ejemplo, los que buscan alentar un debate serio en torno a la crisis medioambiental. O quienes estiman que debe revertirse la pavorosa concentración urbana que hace de la aglomeración y la sordidez un estilo de vida en auge.

¿Será posible todavía lo indispensable? ¿Habrá lugar para la conciliación entre la rentabilidad lógica y el cuidado que debe brindarse al planeta y, en él, a nuestros semejantes? Si sólo el afán de lucro sigue teniendo la palabra, la vida en la Tierra se extinguirá antes de lo previsto. El oportunismo y el desenfreno matan la política.

La reconquista del mediano y largo plazos es la del tiempo, que inspira confianza al brindar estabilidad a las decisiones. Y es fundamental en el restablecimiento de la fe pública en las gestiones de cualquier gobierno. La caída de la ley, de su credibilidad, produce comunidades sin rumbo. Ese es el sombrío espectáculo del presente. Jérôme Bindé, director de Prospectiva de la Unesco, subrayó "la necesidad de incorporar una nueva noción de la democracia que no sea sólo instantaneísta". Ulrich Beck sostiene que es preciso "recrear la política para que mantenga su capacidad de acción sobre la economía". No propone desoír a los especialistas, sino administrar su influencia. La política desaparece si se subordina a la voz de los expertos. Hay variables que el cálculo no contempla. Olvidarlo es fatal. Lo ha sido ya y puede volver a serlo. Recuperar la política exige metas trascendentes que no son propias de una ciencia, sino de un arte. Un arte mayor y olvidado.

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