La agonía de un gabinete

Joaquín Morales Solá

El gabinete de Cristina Kirchner agoniza afectado por una muerte lenta. No es la mejor receta para enfrentar dos crisis, una nacional y otra internacional. Lo poco que queda del Gobierno se ha trasladado a Olivos, desde donde salen las órdenes fulminantes hacia la administración y hacia la política en general.

El único límite con el que tropieza el ex presidente ha sido, otra vez, la independencia de la Corte, que ayer estableció de hecho la libertad de afiliación gremial de los trabajadores.

El gabinete calla desde que se lanzó la estatización de los fondos de pensión. Sólo hablan el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y el director de la Anses, Amado Boudou. Pero un rayo político debió de cruzar ayer a Tomada cuando se enteró del fallo de la Corte, que afecta sobre todo a sus viejos conocidos de la antigua estructura gremial. La Corte Suprema vino a decirles a esos gremios, en condiciones de armar y desarmar gobiernos, que todas las cosas se terminan alguna vez. Hugo Moyano se enardeció. Tiene razón. En la víspera concluyó una manera de hacer sindicalismo y puso en eventual jaque el liderazgo de muchos dirigentes gremiales.

Volvamos al gabinete. Hace poco, en el debate senatorial por el presupuesto, el líder del bloque radical, Ernesto Sanz, describió así la realidad del poder: "Nos gobiernan tres personas. Un matrimonio que decide y un tercero que ejecuta", dijo, en alusión al secretario legal y técnico de la Presidencia, Carlos Zannini. Ese cuadro pudo ser pintado con el interés previsible de un opositor, pero no es muy distinto del que retratan los funcionarios que merodean las orillas del poder.

El propio jefe de Gabinete, Sergio Massa, desapareció del escenario público desde que el Gobierno anunció la estatización de las AFJP. ¿Desacuerdo? Es probable, porque él y otro ministro habían imaginado una solución más moderada que la confiscación lisa y llana. Llegaron tarde cuando se lo comunicaron a Zannini: "Yo ya estoy redactando la ley de estatización total de las jubilaciones", los madrugó el único hombre que cuenta con la confianza del matrimonio presidencial.

Massa constató también que la reacción que provocó la decisión fue pésima entre los agentes económicos nacionales y extranjeros. Eligió el silencio. ¿Cuánto tiempo puede durar un jefe de Gabinete que no comparte, totalmente al menos, una de las decisiones más trascendentales que tomó el kirchnerismo? Nadie se va del gobierno de los Kirchner, pero nadie tiene suficiente poder como para cambiar las cosas.

El ministro de Economía, Carlos Fernández, fue también crítico de esa decisión. Ya es notable que el jefe de la cartera económica esté condenado a opinar como un lector más de diarios. Es más notable aún que prefiera continuar en el cargo cuando no está de acuerdo con las decisiones de fondo de su gobierno.

La justificación de Carlos Fernández suena como una melodía en los oídos de Néstor Kirchner: "Soy sólo un soldado", dice quien se ha convertido, tal vez, en el ministro de Economía más opaco y oculto de los últimos 25 años. Formado en la administración pública, su vieja carrera de funcionario lo habilita sólo para darles la mejor forma posible a las indicaciones de sus superiores.

"Néstor Kirchner no admitirá nunca un ministro de Economía con personalidad propia, porque él es el ministro de Economía", apostilla un visitador de la cima. El problema es la resignación que exuda ese testimonio. ¿Hasta dónde fueron relegadas las instituciones cuando un ex presidente, sin cargo alguno en el Estado, es también el ministro de Economía en las sombras? Dirigentes y observadores políticos se quejaban antes porque no se realizaban reuniones de gabinete. Ahora, el matrimonio presidencial ha decretado la inexistencia del gabinete, convertido en un simple equipo de ejecutantes, sin voz ni voto.

Jorge Taiana ha pintado de gris la Cancillería en el momento de mayor aislamiento internacional de la Argentina en los últimos años. Es un buen profesional, con suficientes conocimientos del mundo, pero no está en condiciones de enfrentar los desvaríos internacionales de Kirchner ni de ordenar las ideas de la Presidenta. Cristina Kirchner irá a Washington para la cumbre del G-20. Nada más que la inercia de los viejos formatos internacionales puede explicar que la Argentina esté donde no debería estar, porque carece de tamaño y prestigio.

El discurso de Cristina será parecido, seguramente, al que dijo en El Salvador, en la reunión de países iberoamericanos. Usó el doble del tiempo que le correspondía para hablar de los fondos de pensión y para despeinar al neoliberalismo. "Parecía una senadora y no una presidenta", dijo un diplomático que la vio.

Taiana no hizo nada tampoco para desensillar a Kirchner de su insistencia en ponerse al frente de la Unasur, la incipiente alianza del sur de América. No quiere caer abatido por el veto de Tabaré Vázquez. Debe haber unanimidad, dicen los uruguayos. Sólo se necesita consenso, replican los argentinos. "Los documentos hablan de consenso y no de unanimidad, pero no hay unanimidad ni consenso porque un país hizo un veto formal", precisaron tres gobiernos sudamericanos, y ninguno es el uruguayo.

Como se ve, la Cancillería está entretenida en una cuestión personal de Kirchner. Es personal su pelea con el presidente de Uruguay y es personal su ambición de tener una función más fastuosa que la sola jefatura política de su país, aunque siempre, en este último caso, como un fantasma.

¿Cuál es el tiempo que la política les permite a tantas anormalidades? Néstor Kirchner ha logrado, hasta ahora, romper raudamente con casi todos los límites políticos e institucionales. Sólo la Corte Suprema lo pone de vez en cuando contra las cuerdas, como lo hizo ayer. La comunidad política le ha consentido esas infracciones, de una forma u otra. Es comprensible su lógica, entonces, cuando pregunta para qué o por qué debería cambiar.

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