Agenda para Obama desde América latina

No sirve preguntar qué hará el nuevo presidente de EE.UU. en la región, sino elevar propuestas propias y de consenso.

Por: Manuel Antonio Garretón

La elección de Barack Obama ha abierto grandes expectativas de cambio no sólo en los Estados Unidos sino en América latina, donde se quiere presagiar un cambio de época entre ese país y esta región. Pero ¿de qué época se habla cuando se hace referencia a dicho cambio?

Puede pensarse en una época corta referida a los dos períodos presidenciales de George W. Bush, blanco principal de las críticas no sólo respecto de la política exterior de Estados Unidos sino de todo el gobierno. Y también en una época larga, con interrupciones parciales, que sería, al menos en política exterior, la de los gobiernos republicanos que siguen a la era Kennedy y que se inician con Nixon y siguen con Ford, Reagan, Bush padre e hijo. Los gobiernos de Carter y Clinton significaron importantes interrupciones en este período largo, el primero a través de la política de derechos humanos que fue de enorme importancia para la América latina de las dictaduras militares, y el otro con una política internacional más dialogante y proclive a visiones progresistas.

Esta época larga se caracterizó por la prepotencia norteamericana no sólo en el mundo sino también en nuestra región, primero a través de su liderazgo en el mundo bipolar de la Guerra Fría y las diversas intervenciones militares directas en diversos países y luego con su liderazgo unilateral en el momento de la globalización neoliberal. El gobierno de Bush no fue sino la culminación de esa época y de esa política, llegando al extremo de arriesgar una nueva guerra mundial mintiéndole a la humanidad y buscando destruir todos los mecanismos institucionales que ésta se había dado para resolver conflictos. Nadie puede tampoco negar su responsabilidad en la peor crisis económica desde la gran depresión.

Pero el mal causado afectó también profundamente la calidad de la sociedad norteamericana: buscó hacerla más miserable y egoísta, como si hubiera querido reducirla a la misma calidad moral del gobernante y los grupos de poder a su alrededor. Y lo que despertó Obama, tanto por su identidad y trayectoria como por su discurso y programa, fue precisamente el rechazo moral a Bush y los sectores gobernantes, pero también a lo que esa época y este período particular significaron en el moldeamiento de una imagen de EE.UU. en el mundo.

De modo que lo primero que puede esperarse de la era Obama es un clima mundial mejor y más sano, donde se restablezca la confianza en las instituciones supranacionales y donde Estados Unidos se subordine a los grandes acuerdos en materia de medio ambiente, equidad económica y justicia internacional, aceptando que la era de imposiciones y amenazas terminó y que hay que reconocer y promover el equilibrio de poderes mundial.

Para América latina este clima significa un reconocimiento a su existencia como tal más allá de los dos o tres países en que los intereses norteamericanos parecen fijarse y abandonando la política de dividirla en países o gobiernos buenos y malos, amigos o enemigos, lo que al menos implica una revisión de la política hacia Cuba y Venezuela principalmente y un nuevo trato a los inmigrantes de la región hacia esa nación, replanteando la política migratoria, reconociendo la plena ciudadanía de esta población y terminando con el trato vejatorio a todos los que se desplazan, bajo el pretexto de la seguridad norteamericana.

Si la responsabilidad del cambio de clima recae en el gobierno de Estados Unidos y parece producirse por el solo hecho del ocaso de Bush y la presencia de Obama, los contenidos de una nueva relación implican una responsabilidad latinoamericana.

La pregunta por lo que puede esperarse del nuevo gobierno parece conllevar una actitud pasiva frente a tendencias que no pueden sino ser pesimistas en lo que se refiere, por ejemplo, a proteccionismo y política migratoria. Pareciera que la política norteamericana hacia América latina sólo depende de los intereses norteamericanos y no también de las demandas y posturas de nuestros países. En este sentido, en vez de preguntarnos por el cómo nos afecta el cambio de gobierno o qué podemos esperar de éste, lo que corresponde es preguntarnos por el qué queremos esperar o cómo queremos que nos afecte.

Y aquí la respuesta no puede responder a demandas nacionales aisladas, es decir, a que cada uno negocie por su cuenta, entregando la negociación a los intereses del más poderoso. Tampoco la iniciativa debiera quedar entregada exclusivamente a aquellos países que son el objeto único de interés de los Estados Unidos ya sea por cuestiones geopolíticas, económicas o de fronteras.

Estamos ante la ocasión propicia para que un nuevo trato entre América latina y los Estados Unidos sea promovido por el conjunto de la región. Ello supone un planteamiento como una voz que parta de los intereses particulares de sus miembros -especialmente de los más afectados- haciéndose todos ellos avales de los más necesitados. Pero más allá de tales demandas lo que cabe es proyectarse como un solo interlocutor, como uno de los bloques que negocian su inserción en el mundo globalizado y que exige ser reconocido como tal.

La política norteamericana hacia la región debe ser la contraparte de una política latinoamericana hacia ese país. Es evidente que ello supone la existencia real de América latina como un bloque, de lo que estamos muy lejos tanto en lo que refiere a tensiones entre intereses nacionales como en capacidad de negociación o institucionalidad donde elaborar proyectos comunes y fijar consensos políticos que no sean sólo coyunturales.

Pero también es cierto que son ciertas ocasiones las que permiten dar saltos sustantivos aprovechando las precarias instancias que tenemos. Y ésta es una de esas pocas y grandes ocasiones en que podemos preguntarnos como región cómo vemos y qué queremos de esta nueva época.

De lo contrario serán los intereses y visiones del "otro" o de algunos más poderosos entre nosotros los que vuelvan a predominar dejando a la región sin proyecto ni política de largo plazo, es decir, inexistente en el panorama mundial.

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