Los afectados puertas adentro de la curtiembre

En octubre de 1999, ante un escribano público, tres ex obreros de la empresa detallaron deficientes medidas de seguridad en la planta de Jáuregui. En el caso de otro operario, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo le determinó un cuadro de dermatitis crónica por cromo, con una incapacidad permanente del 27%.
Mucho se habla de los efectos negativos que la contaminación industrial genera a los vecinos de Jáuregui. Pero existe otra realidad que involucra a los trabajadores de Curtarsa. Si bien hay diversos registros de ex obreros afectados en su salud como consecuencia de su tarea adentro de la planta, el tema nunca ocupó la agenda de reclamos del sindicato que supuestamente debería bregar por buenas condiciones de trabajo.

Por el contrario, han sido las organizaciones ambientalistas de la localidad las encargadas de marcar el deterioro físico evidente en muchos ex trabajadores de la curtiembre, algunos incluso asistidos por la Asociación de Lucha Contra el Cáncer (ALUCEC).

En octubre de 1999, un año después del accidente que le costó la vida a Alejandro Ott, tres ex obreros de Curtarsa brindaron sus testimonios ante el escribano público Fernando Miguel Golía, a pedido de las entidades que luchan contra la contaminación. A través de sus palabras, ponían de manifiesto las deficientes medidas de seguridad y los trastornos que les generaba esa actividad laboral.

En esa oportunidad, Arellano, Giacosa y Sánchez dijeron que sus actividades en el interior de la industria les provocaban dolor de cabeza, sangrado de nariz y problemas respiratorios. Por otra parte, ante la primera pregunta efectuada por el profesional sobre si existía una sala de primeros auxilios, los empleados dijeron que existía una atención mínima, en un espacio físico que no estaba equipado para tal fin. También reconocían que en caso de accidentes "la única capacitación que nos dieron era la de evacuar la zona sin tocar a los heridos, esperar la llegada de los bomberos, pero hasta el momento del accidente no había brigada de seguridad".

A continuación se transcriben algunas de las preguntas efectuadas por el escribano a los operarios con la idea de reflejar de manera clara las condiciones laborales de entonces en la planta:

-¿Todo el personal tiene a su disposición vestuarios, baños, duchas?

-Arellano: No hay baños, sólo en la planta vieja, la planta nueva no tenía baños hasta que yo trabajé, los baños nos quedaban a una cuadra y media de distancia.

-Giacosa: No.

-Sánchez: Habían hecho cuatro baños después del accidente, pero no alcanzaban para 400 personas, la mayoría iba a la fábrica vieja.

-¿Cuáles son las condiciones del comedor?

-Arellano: Las condiciones son mínimas, no lo veo como higiénico teniendo que comer con tambores contaminados al lado del comedor. No teníamos tiempo para comer, teníamos que caminar 150 metros a buscar un sándwich y para descansar y comerlo nos daban 20 minutos. Nunca se tiraba la basura, por lo tanto todo era una suciedad.

-Giacosa: Es muy chico, no tiene baños ni lugar para higiene.

-Sánchez: Igual que dijeron mis compañeros.

-¿Podrían afirmar que, en general, se cumple con las condiciones y medio ambiente de trabajo?

-Arellano: No, no las había mientras yo trabajé.

-Giacosa: Ninguna. Yo tuve cuatro accidentes de trabajo: me resentía la cintura al hacer fuerza, me caí por el hueco del ascensor, un golpe con un tablón me quebró el codo y finalmente tuve una intoxicación.

-Sánchez: No, todo es insalubre.

-¿Todos los obreros usan casco, protectores faciales, anteojos de seguridad, donde las condiciones de trabajo lo requieran?

-Arellano: A veces faltaban. Había una sola máscara para presentar en caso de una posible inspección.

-Giacosa: Sí, pero no sé si todos tenían.

Entre las respuestas efectuadas por los trabajadores a las preguntas del escribano, también se mencionaba que no existía una buena prevención de incendios, y la inutilidad de las duchas de emergencia y lavaojos en sectores con riesgo de salpicaduras con "sustancias agresivas". En ese sentido, Arellano marcaba que esas instalaciones no contaban con agua.

En cuanto a la identificación de los depósitos que contenían residuos peligrosos, el ex empleado informaba que "los tanques sí tenían, pero las cañerías no. Había pinturas de distintos colores pero no estaba avisado a qué correspondía cada una, además no había carteles que indicaran que eran elementos peligrosos".

-¿Existen normas para el trabajo en galerías subterráneas?

-Arellano: No, no había nada de eso.

-Giacosa: No, no había ninguna norma, después del accidente compraron censores.

-Sánchez: Bajaban dos personas con un tubo de aire, no de oxígeno, con una radio pero muchas veces no andaba.

-¿Podrían agregar otros detalles con respecto a las condiciones de trabajo y el medio ambiente laboral?

-Arellano: Yo tengo colesterol alto, diabetes, y considero que tengo un daño moral.

-Giacosa: Daños psicológicos, problemas de piel, el brazo no lo puedo mover y tengo amnesia.

-Sánchez: Asma, y me dijeron que estoy contaminado con Eteliomina, según el nombre que entendí cuando me lo dijeron en forma verbal. Además tengo insomnio, problemas nerviosos, de piel y psiquiátricos.

"Los caños pierden, están sólo embutidos unos con otros. Nunca vino una inspección de la ART. A los inspectores los llevaban a donde ellos querían; la brigada nunca tuvo participación, nunca se adoptaron las normas de los bomberos", se expresa en el acta labrada para la ocasión.

Sobre el estado de las cavas que funcionaban en el interior del predio, los operarios marcaron diferentes anormalidades: "Membranas rotas, cueros y desechos tapados con tierra, con sal de cromo. La sal luego de utilizada se tiraba a la cava en el campo de la fábrica en la ruta 192. La cava de la planta fue tapada con tierra, eran las antiguas piletas".

En esas declaraciones también se hacía referencia al destino de los envases utilizados por la curtiembre. En el caso de los recipientes que contenían anilina, "los quemaban los fines de semana especialmente cuando había niebla, y el plástico que no se podían llevar lo picaban para llevarlo y quemarlo en los hornos de ladrillos".

En cuanto a las molestias sufridas en sus horas de trabajo, Arellano hablaba de "dolor de cabeza mientras andaba en el barro, tenía 21 o 22 de presión, y me sangraba la nariz. Tenía principio de intoxicación y erupciones en la piel". Sánchez, por su parte, mencionaba "problemas respiratorios, mareos, dolor de cabeza, sangrado de la nariz", mientras que Giacosa indicaba "picazón y pérdida de vista".

DISCAPACIDAD PERMANENTE

Bajo el sugestivo título "El cromo de Curtarsa no es inocuo", en julio de 1999 se hizo público un escrito firmado por un ex trabajador de la curtiembre, donde se detallaban los problemas de salud sufridos como consecuencia de su trabajo en esa industria.

Entre el 30 de diciembre de 1996 y el 28 de marzo de 1997, Antonio Jorge Miguez cumplió funciones laborales en el sector de curtido y descarga de cueros. Su paso por la empresa terminó en una dermatitis crónica por contacto con cromo, y una discapacidad permanente del 27%. Así lo determinó la Comisión Médica Central de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo.

A partir del día 26 de febrero de 1997, Miguez comenzó a padecer una reacción alérgica que se le extendió al 80% del cuerpo. Ante ese cuadro, y sin contar con antecedentes al respecto, recurrió al doctor Oscar Cocilobo. El profesional le diagnosticó "dermatitis pruriginosa de características urticarianas".

Por considerar que la enfermedad era atribuible a su trabajo en la curtiembre, el obrero realizó la correspondiente denuncia ante Provincia ART (aseguradora de la empresa), entidad que rechazó el reclamo. De acuerdo al testimonio escrito por Miguez, ante la inacción empresarial y de su aseguradora, se realizó estudios y tratamientos en el Hospital de Clínicas José de San Martín, dependiente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. La institución de salud certificó, con fecha 2 de mayo de ese año, el cuadro diagnosticado en primera instancia. Como parte de los estudios, se recurrieron a parches que dieron "intensamente positivos al cromo y al cobalto", coincidiendo con su trabajo de curtido.

Paso seguido, su abogado efectuó una denuncia en la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. El diagnóstico obtenido fue el mismo: dermatitis por sensibilización por cromo. Sin embargo, la aseguradora apeló la resolución y el expediente fue remitido a la Comisión Médica Central de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo.

El 19 de abril de 1999, un plenario de la mencionada Comisión determinó que Miguez padecía "dermatitis crónica por hipersensibilidad al cromo, de origen laboral, lo cual implica una enfermedad profesional que le produce una incapacidad permanente, parcial y definitiva del 27%, atribuible a su trabajo en la empresa Curtarsa".

Como cierre del escrito, que salía al cruce de un comunicado de la empresa donde se aseguraba que el cromo utilizado era inocuo para la salud, Miguez expresaba que "la experiencia personal de quien suscribe, lamentablemente puede ser la misma de otros trabajadores de Curtarsa o habitantes de nuestra ciudad, por ello creemos oportuno hacerla pública, con el único objetivo de contribuir a crear conciencia acerca de la necesidad de preservar las fuentes de trabajo pero no a costa de poner en riesgo la salud y la vida de las actuales y futuras generaciones".

Investigación periodística: Nicolás Grande – Horacio Papaleo.

Llamado de atención

Una tarde de abril de 1999, mientras jugaba al tenis en el Club El Timón de Jáuregui, Héctor Iddon sufrió una fuerte reacción alérgica en las vías respiratorias que le provocó un cuadro conocido como edema de glotis.

En una carta enviada a este medio, Iddon explicaba que "sin haber tenido ningún malestar previo, ni haber recibido medicamento de ninguna clase, sentí una congestión conjuntival intensa, con coriza. Luego de un minuto se agregó una sensación de obstrucción nasal de la úvula. Abandoné el juego y le avisé a mi hijo que no me sentía bien. Tomé el auto y fuimos a la clínica inmediatamente. Ya no podía hablar por la voz totalmente gangosa".

En el centro de salud, y gracias a su condición de médico, Iddon pidió a los profesionales que lo atendieron que le suministraran un corticoide, algo que le permitió revivir "al frenarse casi de inmediato la sensación de estallido que me daban los oídos y los ojos, al poder mejorar la respiración bucal".

Al momento de lo ocurrido, la zona se encontraba afectada por el característico olor nauseabundo producido por la empresa Curtarsa: "La única causa a la que puedo atribuir mi reacción se vincula con el aire o los microorganismos del aire donde me encontraba jugando al tenis".

Por esa razón, el profesional médico recomendaba "que se establezca un registro regional de cuadros sobreagudos atribuibles a tóxicos o alergias poco claras. Pocas veces un afectado por un cuadro de edema de glotis puede contar lo que le pasó y sintió".

La frase

"Los que entran a trabajar lo hacen sanos, pero salen enfermos. ¿Tiene la Municipalidad detalle de los empleados que han sido despedidos en estos últimos, digamos, tres años? ¿Saben por qué motivos los echan? Todos hablamos de la fuente de trabajo, pero ¿alguien se encargó de los que se van?" Regina Palomar, integrante de la Asociación Eco Vida en el Oeste Bonaerense. Mayo de 2006, durante la primera sesión extraordinaria del Concejo Deliberante.

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