El adiós a un gigante del cine argentino

El adiós a un gigante del cine argentino
Estaba internado por una neumonía desde hacía varias semanas. Fue uno de los más grandes directores del cine nacional. También brilló en la música y se destacó por su militancia política. Desde su infancia desamparada a su redención artística, una vida notable.
“Para filmar la vida tenés que tener calle. Salir a patear. Calle es haber llorado desesperadamente de amor, que la vida te haya raspado, que te haya dejado marcas”.

Hace doce años, en el Festival de Mar del Plata, Leonardo Favio lanzaba esta declaración de principios sobre su cine visceral, lírico, desbordante de originalidad, intuición y talento. Favio fue uno de los más grandes realizadores de la historia del cine nacional, un autor de culto. Murió ayer, a los 74 años, después de varias semanas de internación en el Sanatorio Anchorena. Una neumonía agravó su estado de salud, frágil desde hace años a causa de una larga enfermedad, una polineuritis melaminosa que le generó una hepatitis C. Sus restos son velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.

“Antes hacía, de golpe, una película cada año y medio, como Juan Moreira , Nazareno Cruz y Soñar, soñar . O las anteriores. Y de golpe, por razones ajenas, me pasé 8 ó 16 años sin filmar, como con Gatica . Pero doy las gracias a Dios que me dediqué a la canción, que me dio el sustento, así que no extraño mucho el set. Ahora no estoy cantando, pero tampoco extraño. Mientras tenga para vivir ... Yo no me hago el ombligo mío del cine ni de la canción. Trato de estar en paz conmigo y con la gente que quiero. Mi vida no pasa por filmar ni por cantar. Pasa por estar contento. Y en estos últimos tiempos lo estoy. Duermo en paz, hace tiempo que no tengo pesadillas”, le dijo a Clarín en 2008.

Favio nació en Luján de Cuyo, Mendoza, el 28 de mayo de 1938, con el nombre de Fuad Jorge Jury. Perdió a su padre a los diez años y, desde entonces, su madre, Manuela del Carmen Olivera, asumió el sustento de un hogar asediado por la pobreza. En la niñez, Favio conoció privaciones, abandonos y llegó a pasar bastante tiempo en internados y reformatorios (el robo de una bicicleta abrió su prontuario infantil). Más tarde estudió para seminarista y también probó, fugazmente, suerte en la Marina.

Hasta que empezó a escribir guiones radiales: primero en Mendoza, luego en Buenos Aires. Su primer papel como actor fue pequeño: en la película El ángel de España , de Enrique Carreras.

Corría 1958. Bajo el padrinazgo de Leopoldo Torre Nilsson, comenzó a participar en algunos filmes, como El secuestrador y Fin de fiesta , entre otras. Torre Nilsson iba ser su referente cinematográfico nacional, como Akira Kurosawa lo sería en el plano internacional. “A los 15 años quedé asombrado al ver Rashomon . Ese fue uno de los puntos de partida en mi decisión de ser realizador”, recordaba.

En los años ’60, Favio se inició en su brillante carrera de director de cine. En su filmografía se destacan: Crónica de un niño solo (‘64), Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más ... (‘66), Juan Moreira (‘73), Nazareno Cruz y el lobo (‘75), Soñar, soñar (‘76), Gatica, el Mono (‘93) y Aniceto (‘08).

“De El dependiente me gusta casi todo. De El romance del Aniceto ... rescato, en especial, cuando le dicen al Aniceto que la Lucía está en el baile con un tipo, la cara medio en sombras de Luppi. Y Soñar, soñar es muy bonita. Me encanta la escena del enano, cuando dice: ¿Y vos no eras comunista?”.

Su militancia peronista quedó clara hasta el final. Favio participó en hitos históricos: estuvo en el charter que acompañó la vuelta de Juan Domingo Perón, tras 18 años de exilio; fue elegido como conductor del acto del 20 de junio en 1973, día del regreso definitivo de Perón, que terminó en un episodio violento entre los sectores de derecha e izquierda peronista, conocido como La masacre de Ezeiza. En 1976, marchó al exilio.

En el plano cinematográfico, su fervor político quedó plasmado en Perón, sinfonía de un sentimiento (1996), miniserie de seis horas. “Muchas veces me decía: ¿cómo hacés para transmitirles a las nuevas generaciones lo que significó el peronismo? Aún hoy lo ponen en duda o se cagan de risa. Las oligarquías nos decían, cuando cayó el general, que nos humillaban dándonos el pan dulce y la sidra. No, no nos humillaban. Podíamos comprar 20 kilos de pan dulce. Era comer en comunión, estar todo el pueblo comiendo ese pan dulce. Yo hice esta película para mostrar todo eso”.

Como cantante, fue precursor de la balada romántica latina y brilló en los ’60 y ’70. Su primer disco simple, con los temas Quiero la libertad y Me siento libre , pasó casi inadvertido. El segundo, con Fuiste mía un verano y Mi tristeza , vendió un millón y medio de copias. Otras de sus canciones exitosas fueron Ella ya me olvidó , Quiero aprender de memoria y O quizá simplemente le regale una rosa . “Yo amo la canción, la quiero mucho, me permitió vivir con dignidad. El problema es que el público quiere escuchar mis canciones de antes; si no, me silban”.

En 1967, Favio formó pareja con María Vaner, con la que tuvo dos hijos. En los últimos años, se acercó más que nunca a sus creencias religiosas. Y regresó al cine con Aniceto , una versión fílmica en ballet de su propia película de 1966, basada en el cuento El cenizo , de su hermano Zuhair Jury, que había sido protagonizada por Elsa Daniel y Federico Luppi.

A pesar de padecer una larga enfermedad, sus proyectos cinematográficos siguieron en pie hasta el final. A comienzos de mayo de 2009, de visita en Cuba para inaugurar una muestra de cine argentino en La Habana, dijo que continuaría filmando “porque siempre me queda la sensación de que puedo decir más”. Su último proyecto fue El mantel de hule , centrada en su niñez y su primera adolescencia, en Luján de Cuyo, el lugar en donde nació, fue un niño pobre y comenzó a formarse como artista mitológico, rango que alcanzó mucho antes de su muerte.

“Mi sueño es tener un permiso municipal en Mendoza y poner un puesto de diarios con un buen toldito, un walkman para escuchar música y que nadie me moleste”, dijo una vez. Un sueño circular, hacia la patria de su infancia.

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