Adiós a una batalla y a una promesa

Por Angeles Castro.

Mauricio Macri ha perdido una de las batallas más emblemáticas emprendidas en el gobierno porteño: la lucha contra el Estado elefantiásico. Ha perdido contra un rival de una talla tal que llegó a compararse a sí mismo con el Obelisco: el gremio de los empleados municipales.

"Nosotros somos como el Obelisco. Nadie que vive en la Capital nos puede ignorar. Negociaremos con quien gane", advirtió en 2007 Amadeo Genta, líder del sindicato (Sutecba), a los candidatos a jefe de gobierno. Lo hizo ante los reiterados anuncios del entonces candidato Mauricio Macri de que en el plantel de personal porteño existían 20.000 contratados ñoquis, que serían separados de sus puestos. Ayer, las negociaciones anticipadas por Genta dieron resultado, al lograr la incorporación a planta permanente de 17.000 empleados, supuestamente a cambio de no exigir aumento salarial en 2010.

Además dieron por tierra las promesas de Macri no sólo durante la campaña, sino también durante buena parte de su gobierno. "Ninguna medida extorsiva hará cambiar la decisión de avanzar con la anunciada política de reformas para recuperar la carrera pública, desregular la obra social y reducir el gasto político", afirmó Macri en enero de 2008, luego de una megamanifestación de Sutecba, con presencia del líder de la CGT, Hugo Moyano. Se habían movilizado en contra del recorte de 2400 contratos.

Desde su asunción, se redujeron en total unos 9000 puestos, afirman en el Ministerio de Hacienda: 6000 en planta permanente y 3000 contratos. Al efectivizar hoy a 17.000 contratados, la planta permanente totaliza 135.000 empleados, 11.000 más de los 124.000 que arrojó el censo de abril.

Esta decisión choca de frente con aquella intención de eliminar puestos públicos. En eso siempre se equivocó Macri: los conocedores de la administración estatal porteña confiesan que los ñoquis hay que buscarlos en la planta permanente, donde el sueldo está asegurado, y no entre los contratados, que mes tras mes deben justificar con su desempeño la renovación del contrato.

No será, tampoco, la primera vez que el jefe de gobierno hace a un lado su rosario de buenas intenciones y cede ante la presión sindical. Ocurrió con los taxistas, con la aplicación del scoring (acaban de acordar que canjearán multas por viajes comunitarios) y con la instalación de carriles exclusivos por los que se les permitió circular, luego de haber defendido el gobierno la posición contraria. El año pasado, Macri juró que no tenía dinero para aumentar a los docentes. Pero les otorgó un ajuste. Y los sindicalistas de la obra social municipal, apartados durante la intervención, volvieron a integrar el directorio. Parece que Macri no puede ignorar al "obelisco gremial".

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