Adelante, a la derecha, atrás

Por Mario Wainfeld

Una agenda sugestiva versus la rabia urbana. Ganchos de derecha, por doquier. Vamos a Belén. Pedraza, una semblanza veloz. La unidad sindical, sus claroscuros, su trayectoria desde la dictadura. El sistema de salud, acollarado. Los cambios necesarios y una pincelada sobre la cultura política.

La ley de medios, la asignación universal a la niñez, el avance en la Justicia y en el Congreso del matrimonio para quienes no son heterosexuales hablan de una sociedad y un sistema político que gana en calidad y densidad. Se trata de construcciones sociales, reclamos de minorías comprometidas y militantes que impregnan el sentido común y se institucionalizan. Así funcionan, no sin escollos ni adversarios de fuste, las democracias instaladas. El repaso de esa agenda que decanta en un cuatrimestre luchas de años, da motivos para el optimismo.

Al unísono la movilización callejera alienta la bronca ciudadana y las alertas exacerbadas de factores de poder. Se exagera su impacto, se macanea cuando se la atribuye al oficialismo que más bien la padece. Su sensata decisión inicial de no reprimir tuvo la contrapartida de alentar la metodología, de la que se valieron opositores y aliados para imponerles condiciones. Las leyes penales de Blumberg, la política internacional subordinada al vecinalismo de Gualeguaychú, el derrocamiento de Aníbal Ibarra, la hora más gloriosa del "campo" como actor político son los ejemplos más salientes.

Esta semana, un paro de subtes catalizó una alquimia en el discurso de los ricos y famosos. Susana Giménez fue quien lo expresó diáfanamente: antes pedía pena de muerte para los delincuentes, ahora clama por "represión" a huelguistas. El discurso penal de referentes culturales del calibre de Marcelo Tinelli, Jorge Rial, Georgina Barbarossa, Mirtha Legrand o la propia Susana es estigmatizante, clasista y hasta racista. De todas maneras reconocía un límite, hipócrita pero concesivo a la corrección política: se ceñía a los que robaban, mataban o violaban. En estos días de rabia se salieron del estereotipo: exigen leña contra personas de mameluco, que trabajan todos los días, que ejercitaron el derecho de huelga. Se puede debatir sobre si abusaron de ese derecho, de por sí muy amplio, pero no caben dudas respecto de trabajadores.

La pobreza del discurso de esa derecha brutal preocupa, máxime cuando es comprado llave en mano por funcionarios de postín, como Daniel Scioli o Carlos Stornelli.

Y encima, irrumpió Juan Belén.

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Eterno segundo: "Nací para ser segundo" se autorretrata el secretario adjunto de la UOM. Fue, como metalúrgico, segundo de Luis Guerrero y ahora lo es de Antonio Caló. Es el segundo de Hugo Moyano en la CGT. Esta semana se encaramó al podio de la desmesura cuando desarchivó una verba setentista, sí que de derecha peronista a la que sólo le faltó la alusión (explícita) a la sinarquía internacional. Habló de "zurdos" (como la señora Legrand), de una CTA comandada desde el extranjero. Ese rollo macartista no expresa a toda a la CGT pero dista de ser un exabrupto individual. Su pensamiento atávico arraiga en la central sindical.

De algo sirvió su ataque de sinceridad: omitiendo mencionarlo como quizá debió hacerlo, la Presidenta ordenó levantar el acto cegetista del 20 de noviembre. En el caldero actual, la movilización hubiera dividido y provocado más de lo que podía convocar y sumar. La reacción de Cristina Fernández de Kirchner fue adecuada, la mostró con iniciativa y reflejos. El anuncio se acompañó con un panegírico exagerado de las virtudes del modelo sindical vigente y en compañía heterogénea. Hugo Moyano, que debía estar ahí, y un compañero cegetista que no merecía esas lisonjas.

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Los años han pasado, terribles, malvados: permítase una evocación subjetiva, para volver al presente rabioso. En abril de 1979, el agrupamiento sindical rebelde conocido como "Los 25" convocó a un paro general contra la dictadura militar. Fue, de lejos, la reacción política pública más confrontativa contra el Proceso, en territorio argentino. La huelga, en un contexto de terror ciudadano, tuvo una acogida muy parcial, terminó con el arresto de numerosos dirigentes gremiales, tras un expediente sencillo: se los citó al Ministerio de Trabajo, ahí se los esposó y mandó en cana. En la mañana de esa jornada memorable, un dirigente de "Los 25" aleccionó a un grupo de abogados, convocados para asistir a los huelguistas. El cronista que tenía, ay, poco más de treinta años era uno de ellos. El hombre los arengó y les dio instrucciones acerca de cómo organizarse, comunicarse y conectarse con los huelguistas y los líderes de la revuelta. El contexto no ayudaba, la represión era todavía feroz, no había celulares ni teléfonos públicos que funcionaran, los servicios de Inteligencia pululaban. El gremialista infundió mística, dio consejos prácticos. Los ojos le brillaban, transmitía convicción política, astucia de calle y savoir faire. Un cuadrazo, pensó y se entusiasmó el cronista, que veía por primera vez en su vida a José Pedraza.

Tras haber sumado treinta años, quizás igual número de kilos y una fortuna apreciable, Pedraza estaba el viernes junto a la Presidenta, quien lo incluyó en el anuncio y en las alabanzas. No le cabían. Es difícil encontrar en su mirada o en su aspecto al militante valiente que fue. Mucho más arduo es asociar su trayectoria ulterior con ese pasado. En el medio están la entrega de la red ferroviaria, el ataque a los derechos de sus compañeros de gremio, el desbaratamiento de las conquistas laborales de décadas que encarnó el menemismo, con el acompañamiento fervoroso de Pedraza. Su saga habla de la complejidad de la trayectoria del movimiento obrero organizado y del injusto simplismo que es homologarlo a la clase trabajadora.

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Las organizaciones, mejor que los muchachos: las organizaciones sindicales padecieron el embate noventista pero conservaron poderío, a los laburantes de pie les fue mucho peor, su suerte se bifurcó desde entonces y hasta ahora.

Pedraza y Belén son compañeros de ruta de Moyano, que tiene mejores pergaminos pero integra un colectivo con ellos. Moyano fue combativo en los ’90, sus representados obtuvieron mejoras enormes desde entonces, tiene capacidad de movilización. No es uno más pero su preeminencia responde a una correlación de fuerzas transitoria. Los últimos años, bajo su mandato y las presidencias kirchneristas, fueron propicios para la mayoría de los trabajadores sindicalizados, pero mantuvieron la fragmentación de la clase trabajadora y la fractura con sus compañeros desocupados o informales.

En la charla íntima, Moyano se jacta de ser más representativo que Roberto Fernández, el secretario general de la UTA que "no puede bajar al subte porque sus compañeros lo chiflarían". Pero en la acción, en aras de la sacrosanta unidad, incide para que no se otorgue la inscripción al sindicato alternativo que promueven los delegados del subte. El Gobierno sigue la misma ecuación, en aras de la alianza estratégica con la CGT.

El punto es que esa unidad es una rémora del pasado que no dio respuesta a los cambios letales de los ’90, a la pobreza creciente, ni a las nuevas expresiones gremiales del siglo XXI.

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La mera ley y la salud: se discute un nuevo modelo sindical, es cierto, pero los paros de trabajadores de Kraft Foods y del subte iban por algo más preciso e inminente. Por el reconocimiento pleno de sus derechos a la luz de la actual legislación: la protección contra los despidos masivos, la preservación del fuero sindical, la inscripción a sindicatos alternativos. Lo que se les deniega no es un cambio cualitativo y complejo sino la tutela que conceden las normas vigentes.

Así las cosas, "tira para atrás" aferrarse a un modelo que cobija a sindicalistas representativos y luchadores con auténticos traidores a su clase.

El esquema, además, viene acollarado con el sistema de salud que hace agua por todos lados. Las obras sociales nacieron, como el esquema gremial, en tiempos de pleno empleo. En algún momento levantaron un piso común, digno. Ahora, mestizado con el sistema privado de prepagas, el paradigma sanitario argentino es pésimo. Acentúa las desigualdades, permitiendo a algunos trabajadores que cobran con sobre emparejar su atención con segmentos privilegiados de sectores medios. La escisión con otros trabajadores es enorme. El sistema es enmarañado, el hospital público es uno de los patos de esa boda. La inversión per capita es alta en términos comparativos internacionales, los logros sanitarios retroceden respecto de épocas pasadas pero no remotas.

En ese intríngulis, Moyano es una suerte de bisagra, dentro de lo que hay. Sus declaraciones en esta misma edición (ver páginas 2 y 3) lo colocan lejos de su aliado Belén. Pero su renuencia a cambiar un modelo anquilosado lo ancla en un pasado que no volverá.

El modelo sindical no pasó indemne la prueba ácida de la dictadura y del menemismo. Aggiornarlo es un imperativo, de compleja dilucidación. Tanto como encarar un nuevo sistema de salud, que no sólo afectaría intereses gremiales sino también de poderosos actores privados, buenos auspiciantes en los medios. Ese debate, uno de los tantos pendientes, requeriría un clima diferente del de estos años. Y una calidad dirigencial que falta por doquier, no sólo en el movimiento obrero.

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Paradojas: el Gobierno produjo un giro extraño desde junio. Se hizo cargo de una agenda no kirchnerista. La ley de medios es una adquisición de la presidenta Cristina, recién este año. La asignación universal fue bandera opositora hasta hace días. Las tratativas con los holdouts es cartilla del sentido común de los economistas no oficialistas. Ese pragmatismo forzado levantó la calidad del Gobierno. Un cambio en la cultura política mejoraría el ecosistema, suena distante dados los usos de oficialismo y oposición.

Una agenda sugestiva y hasta progresista, un debate enardecido y a menudo tribal. He ahí una dialéctica de la época, que no se confina del todo en los límites del oficialismo y la oposición. Una derecha tosca y brutal acecha por doquier, como reflejan las menciones realizadas en esta columna. Imposible aburrirse en la Argentina, difícil pensar a mediano plazo, también.

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