Adelantar las elecciones no aleja lo peor de la crisis

Por Ricardo Delgado

Economista y director de la consultora Analytica

Mover la fecha de las legislativas es una inteligente jugada política del oficialismo. Pero no modificará las expectativas privadas, y el lunes 29 de junio la crisis económica seguirá su curso

El adelantamiento de las elecciones legislativas demuestra que el gobierno admite finalmente lo inevitable: que la crisis mostrará su cara más desagradable hacia la segunda mitad del año. Hacia julio-agosto el aumento en los despidos y en la pobreza puede ser visible, proyectando las actuales tendencias macro.

Tras una jugada política inteligente que busca mantener la potestad de fijar la agenda pública en el lado oficial, el mundo K asume que el escenario económico reduce los riesgos de la elección hacia junio. La fecha original (octubre) equivale al largo plazo ante un mundo que sigue sin dar señales (ni siquiera atisbos) de una salida a la crisis.

Con seguridad, estos elementos fueron considerados por el matrimonio presidencial al momento de la decisión:

El PIB se desacelera fuertemente. En el primer trimestre la caída puede superar el uno por ciento. En dos trimestres se pasó de crecer más de 7% a 0.

El canal comercial de las cuentas externas está con complicaciones importantes. Las exportaciones e importaciones caen a tasas de dos dígitos. Tomando como base 100 el momento previo a la explosión (agosto 2008), las exportaciones desestacionalizadas se encuentran un 35% por debajo y el saldo comercial se reduce entre 30 y 40%.

La reducción de 30% en la producción agrícola disminuirá en u$s 1.300 millones el ingreso fiscal por retenciones. El flujo de los fondos previsionales no es suficiente para pagar todas las cuentas. El keynesianismo K, sin financiamiento, es quimérico.

La creación de empleo terminó y, en especial en las ramas industriales, se está a un paso de despidos significativos.

La inflación proyectada (13-14% anual) es muy alta para garantizar una necesaria ‘calma‘ salarial (a pesar a los efectos del desempleo) y una administración más eficiente del tipo de cambio real. Mientras tanto, el mundo discute cómo evitar la deflación.

El ‘dólar electoral’ (con un techo de $ 3.70 hasta octubre) no podía asegurarse por la volatilidad internacional y la pérdida de momentum local.

La movida también acota -aunque no extingue- la posibilidad de corridas bancarias (los depósitos están estables, pero caen en términos reales) y nuevas presiones sobre el tipo de cambio. La percepción de una Argentina cara en dólares está presente, sobre todo cuando el principal socio comercial, Brasil, redujo su ingreso per cápita en dólares un 25%, frente al 7% local. La salida devaluatoria es complicada en un entorno incierto y con escasa gestión económica, pero estas limitaciones propias no suponen por defecto que los problemas derivados de devaluar menos que el resto desaparezcan.

¿Adelantar las elecciones supondrá algún ‘salto discreto’ que mejore las expectativas privadas? ¿Servirá para compensar la pérdida extra de credibilidad del gobierno ante la esquizofrénica relación con el campo o el sin sentido de aumentar tarifas públicas cuando se declaman políticas contra el ciclo y se le pide a la sociedad que gaste más?

Las reacciones inmediatas deberían notarse en los mercados financieros, con alzas mayores a los promedios mundiales en el Merval, mejoras en el precio de los bonos, menores ventas de dólares del Banco Central, tal vez aumento en los depósitos a plazo y tasas más bajas. En síntesis, menos incertidumbre y más ‘vocación’ de estar en pesos.

¿Un cuadro idílico? Lo más probable, porque esta combinación de crac global y expectativas negativas que ya estaban presentes antes de setiembre (cuando estalló la crisis) parecen requerir mucho más que alquimia electoral. Entonces, la utilidad teórica de haber adelantado las elecciones se habrá desvanecido la mañana del 29 de junio, cuando la crisis económica siga su curso, como si nada hubiese sucedido la noche anterior.

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