Se acumulan riesgos en una economía que funciona al borde del desequilibrio

El año promete ser duro. Hay un escenario de salida probable, pero el diagnóstico oficial no termina de crear confianza. Por un lado, se apuesta a pagar los vencimientos de deuda con recursos internos, y por otro, se busca expandir la economía con gasto público. Si no repunta la soja, los riesgos se potenciarán
El segundo año de gestión de Cristina Kirchner arrancó con un dato positivo: el reconocimiento de que la crisis financiera global cortará abruptamente el ciclo expansivo vivido en los últimos cinco años, y que en consecuencia hará falta una estrategia integral para evitar que el país ingrese en una recesión dolorosa.

El diagnóstico, sin embargo, tiene componentes menos tranquilizantes. “El mundo nos complicó”, fue la frase con la que la Presidenta justificó el lanzamiento de las medidas para hacer frente al parate productivo que se vivió en noviembre. Lo que no puso sobre la mesa la jefa de Estado es que, si bien la caída de precios de los principales productos que exporta la Argentina achicó el ingreso en dólares tanto del sector público como del privado, el factor que más dañó las expectativas de corto y mediano plazo fue la estatización de las AFJP, que potenció la fuga de capitales generada por la pérdida de valor de los activos domésticos.

Está claro que en el ciclo de bonanza que disfrutó Néstor Kirchner como presidente, y que apenas pudo saborear su esposa (por el conflicto que se abrió con el campo) el mundo tuvo mucho que ver. Gracias al fenomenal crecimiento del valor al que la Argentina facturó los commodities, el Gobierno pudo financiar un incremento del gasto público medido en dólares de entre 20 y 35% anual. Pero ahora esos fondos no están disponibles, y la pregunta que inquieta a los analistas es cómo resolverá una ecuación de política, económica que cruza varios casilleros que no están bajo su pleno control.

Para los inversores y empresarios, el factor incertidumbre es casi dominante. Saben que se puede enhebrar algún tipo de estrategia macroeconómica con cierto grado de consistencia, pero perciben a los Kirchner como decisores tan impredecibles, que no subirán su apuesta por la Argentina hasta que el resto de la economía (el mundo, en el sentido K) vuelva a empujar la actividad local.

La confianza no aparece

“El problema es que estamos siempre al borde del desequilibrio”, asegura un hombre del sector financiero, a quien todavía le cuesta imaginar el año 2009. Desde esta perspectiva, lo que ven los empresarios es que el Gobierno se lanzó a sostener la economía con medidas para incentivar el consumo interno pero sin activar decisiones que ayuden a recuperar la confianza de los consumidores, y a expandir el gasto sin tener certeza sobre cómo lo financiará.

Un economista lo describió del siguiente modo: “Están apostando a que aquellos que no compraron un auto en estos cinco años de boom automotor y alta disponibilidad de crédito estén dispuestos a comprometer un alto porcentaje de sus ingresos en la compra de un 0 km, sin tener ninguna certeza de que podrán pagarlo”.

Hay otros factores que alimentan la desconfianza. Para darle aire a un sector movilizador de recursos como la construcción, el Gobierno aplicará en 2009 un plan de obras públicas en las provincias de $ 70.000 millones, con el que también espera respaldar sus propias necesidades electorales. Será ejecutado más allá de la preocupante pérdida de recaudación que se viene experimentando en el cierre de 2008, y que se sentirá con más fuerza el año entrante por la menor actividad proyectada (se perderán solo cuatro puntos porcentuales del PIB, si todo sale bien) y el menor aporte al Fisco que producirán las retenciones al comercio exterior.

Con los recursos que el Tesoro recibirá una vez que se concrete la estatización de las AFJP, junto con el blindaje interno que creó en el Presupuesto 2009 (al ampliar la posibilidad de usar reservar del BCRA para cancelar deuda y extender la capacidad de dar crédito de entes públicos como el Banco Nación y el PAMI) y una reestructuración consensuada de deuda, las obligaciones de los próximos 12 meses parecen alcanzables.

Pero si otra vez “el mundo no acompaña” y caen más las exportaciones, el Estado recauda menos y los consumidores deciden dolarizar sus fondos, la política expansiva con la que Cristina espera atravesar su segundo año de gestión puede quedarse sin nafta. Lo que está a mano es apelar a más devaluación, una receta facilista que puede remover miedos del pasado, pero que no funcionará si el país no consigue los dólares que hacen falta.

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