Acuerdos para gobernar cuando Kirchner no esté.

Por Joaquín Morales Solá.

Miedo y estupor. Esas sensaciones colectivas, tan comunes en el trastornado mundo actual, no han tocado aún, con todas sus fuerzas al menos, la Argentina. Pero los primeros datos ya son tan severos o más que los que agobian al norte de América, Europa y la propia Asia. Néstor Kirchner se topó con otra crisis monumental cuando ya venía palpando, sin reconocerlo, la decadencia política.

No debería extrañar, por lo tanto, que sus opositores peronistas y no peronistas hayan decidido acelerar alianzas y acuerdos. Peronistas y no peronistas urden no sólo elecciones legislativas para octubre, sino también una alternativa presidencial a los Kirchner. Una porción importante del peronismo se le va de las manos al ex presidente. Esa es ahora su calamidad más importante.

La producción de acero de la Argentina está entre el 30 y el 40 por ciento de lo que era en octubre. Ese es un pronóstico casi infalible de la economía por venir. En Alemania, la producción de acero cayó un 48 por ciento en el último trimestre. En los Estados Unidos hay 39 altos hornos productores de acero; están funcionando sólo nueve.

Hay más noticias de la Argentina. La producción automotriz, que crecía a un ritmo anual del 20 por ciento, se derrumbó un 55 por ciento en los últimos tres meses. La construcción se paralizó (su crecimiento está en menos 1), la producción de hierro cayó un 45 por ciento y las importaciones de diciembre fueron un 30 por ciento menos que las de octubre. Exportaciones de sectores de la pesca han caído a cero.

La sociedad local no se contagió tan profundamente de la primera ola internacional porque esa crisis estuvo marcada por la abrupta desaparición del crédito y por la falta de confianza. Al revés del resto del mundo, la sociedad argentina ya no tenía crédito, porque nunca se reconstruyó el sistema financiero que implosionó en diciembre de 2001. Por lo demás, los argentinos sólo depositan la confianza en la plata que tienen en el bolsillo. La segunda ola de la crisis, que estará determinada por la caída vertical del consumo en los países más consumistas del mundo, llegará aquí con mucho más impulso.

Los Kirchner nunca superaron el descalabro político que les provocó la innecesaria crisis con el campo. Sin embargo, Néstor Kirchner no ha cambiado. Un ministro de indiscutible lealtad kirchnerista y el diputado Díaz Bancalari, también expresión casi fanática del ex presidente, le hicieron saber a la empresa Siderar, productora de acero de la multinacional Techint, que el gobierno expropiaría la compañía si se producían despidos de personal. Siderar sólo había suspendido personal para la ampliación de su planta, inversión que reprogramó por el vendaval de la crisis internacional.

Luego, Kirchner deslizó que se había tratado sólo de un "apriete" para que la empresa llegara a un acuerdo con los trabajadores. Que arreglen y se terminó el problema, ordenó. Nunca hubiera podido expropiar Siderar sin un escándalo político mucho mayor que el que debió soportar por la estatización de los fondos de pensión. Obnubilado sólo por las próximas 12 horas, el ex presidente nunca pensó lo cerca que aquella amenaza lo ponía de Hugo Chávez y lo lejos que lo situaba de cualquier solución a la crisis. Kirchner sólo se detiene en las partículas aisladas de los problemas.

El ex presidente ha profundizado, en cambio, su viejo sesgo autoritario. Políticos que no le son afines (como Jorge Maiorano, Javier González Fraga y Eduardo Amadeo) perdieron sus trabajos en empresas privadas, presionadas por el Gobierno para que los pusieran en la calle. Funcionarios subalternos de la administración fueron despedidos porque se arrimaron al redil político del vicepresidente Julio Cobos. El propio Cobos fue casi humillado cuando, como presidente en ejercicio, debió esperar en el aeropuerto durante una hora y media un avión oficial, que nunca llegó, para ir a la devastada Tartagal. Cristina estaba en Madrid. Néstor Kirchner mandaba desde Olivos.

Dicen que se avecina un cambio de gabinete. Un lugar preponderante le darían a Agustín Rossi, expulsado por Carlos Reutemann de las listas santafecinas. El problema no es Rossi; Reutemann no quiere incluir a un Kirchner impopular en su propuesta. ¿Incluirá el cambio de gabinete a Julio De Vido, a Guillermo Moreno y a Ricardo Jaime? Si esos ajados funcionarios continuaran en la administración, cualquier mutación en el Gobierno perdería sentido a los pocos días.

Mauricio Macri y Felipe Solá tuvieron un acierto poco común en una Argentina impolítica y tosca: ambos tienen proyectos presidenciales, pero decidieron postergarlos para cumplir con la primera misión de derrotar al kirchnerismo. Macri tomó la iniciativa. Solá y Francisco de Narváez se enteraron con las primeras noticias periodísticas. Esa coalición neoperonista terminará apurando también la construcción de la coalición no peronista que lidera Elisa Carrió. El radicalismo está dando demasiadas vueltas en algunos lugares en tiempos que corren como ráfagas.

El neoperonismo no kirchenrista, en un lado. Los no peronistas, en el otro lado. La claridad es mejor que la confusión cuando los políticos hacen propuestas nuevas. Gabriela Michetti y Alfonso Prat-Gay exploraron en la Capital una alianza entre macristas y militantes de Carrió. Carrió no dejó de hurgar ella misma en ese eventual acuerdo, pero con la condición de no reunirse nunca con Macri. Es difícil un acercamiento en esos términos. Michetti y Prat-Gay son dos figuras nuevas y confiables, pero ¿Macri y Carrió juntos no hubieran confundido demasiado a la sociedad?

Es probable que Carrió termine encabezando las listas de la Capital. No podrá quedarse en su casa frente a una propuesta que liderarán Macri y Michetti. Todavía deberá comprobarse, no obstante, que el carisma de la vicejefa pueda atemperar el antiperonismo de vastos sectores sociales porteños que votan por Macri. Macri ha decidido caminar hacia la presidencia de la Nación de la mano de la estructura peronista. Esa es otra novedad política.

Felipe Solá tampoco abandonó su ambición presidencial, pero la resolverá una vez que le haya ganado a Kirchner, si es que le gana. Macri, Solá y De Narváez están girando en la dirección de la sociedad, que cambió sus paradigmas de hace cinco años. Resentida y dolida, entonces se dejó cautivar por un líder confrontativo, aislacionista y propenso a la constante exhibición de sus músculos. Eso ya pasó. El próximo presidente deberá reconstruir en los primeros 45 días lo que Kirchner destruyó en muchos años, suele decir Macri.

De alguna manera, también Carrió ha dado su giro. La presencia del propio Prat-Gay y las actuales tratativas con Ricardo López Murphy señalan que ella también se está acercando al centro. Carrió no deja de soñar, además, con una fórmula presidencial compartida por ella y por Reutemann. Reutemann calla. Primero tiene que ganar Santa Fe. El neoperonismo antikirchnerista va al centro desde la derecha; Carrió se encamina hacia el mismo lugar desde el progresismo.

Los dos están siendo empujados por una sociedad que pondera ahora otros valores: la moderación, el diálogo, cierto orden en las cuestiones públicas y una mayor integración política y económica con el mundo. Kirchner nunca pudo ver esos cambios sociales.

Las propuestas nuevas de la política tienen también que cumplir ciertos requisitos. El primero de ellos es un adiós oportuno a las figuras desgastadas de la vieja política (¿qué hace Osvaldo Mércuri al lado de Felipe Solá?), y otro consiste en que la política deje de ser un campo de batalla donde sólo caben amigos y enemigos. Néstor Kirchner no sólo se llevará a muchos políticos reciclados; también terminará con él una manera violenta y áspera de entender la política, la democracia y la vida misma.

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