Un acto rotundo, nacido del voto popular para frenar a Kirchner

Por: Julio Blanck

La oposición, aún en sus disidencias, fue capaz de establecer un plan de acuerdos mínimos. Fue capaz de sostenerlo bajo el vendaval de presiones y amenazas. Y fue capaz, finalmente, de expresar ayer en la Cámara de Diputados el sentido del voto popular de hace cinco meses. Lo que votaron dos de cada tres argentinos, en el último domingo de junio, fue la decisión de ponerle un límite al kirchnerismo, de marcar una frontera que la prepotencia oficialista no pudiera atravesar en los dos años de mandato que le quedan.

Por cierto, el voto opositor de junio estuvo disperso. De haberse concentrado esa voluntad en una sola oferta política estaríamos hablando hace rato de un desplazamiento irreversible del poder real. El poder siguió en manos de Kirchner y del gobierno de Cristina, que supieron rehacerse desde la derrota y trabajar con ferocidad y eficacia sobre las fisuras de la oposición y la tibieza seguidista de muchos propios. Pero esa conservación del poder, dictada en el origen por la dispersión del voto opositor, también sirvió para derrumbar el hipócrita argumento de la conspiración destituyente, con que el kirchnerismo pretendió apropiarse de una épica de la resistencia que se demostró precaria en las formas y vacía de contenido.

Con ese mismo libreto endeble como bandera, el oficialismo intentó retener el poder en la Cámara de Diputados. Pero los hilos del antifaz se le habían ido cayendo en las últimas semanas. Y el verdadero rostro, implacable, del kirchnerismo, asomó al fin pleno, sin afeites. Así enfrentó ayer la hora de su derrota.

La reforma política hecha ley por el Senado hace apenas dos días, pensada para consolidar el poder de los partidos tradicionales y sobre todo para asegurarle a Kirchner mecanismos de control férreo en el peronismo, le enajenó al oficialismo el apoyo de la mayoría del centroizquierda, que se había obnubilado largamente con los cantos de sirena que venían de la Casa Rosada.

La presión que se autoimpusieron los diputados opositores para traducir en hechos, de una vez por todas, el mandato popular que recibieron, los ayudó a conformar el núcleo de atracción y consenso que permitió los acuerdos que terminaron ayer con la hegemonía kirchnerista en el Congreso.

En términos institucionales, el quiebre del dominio oficialista en Diputados quizás sea más trascendente que el mismo resultado electoral de junio; y mucho más, desde ya, que la puntual derrota del kirchnerismo en su batalla contra el campo por las retenciones, también definida en el Congreso.

Sería ilusorio suponer que de aquí en más, en forma automática, se asistirá al declive de un oficialismo apocado y tambaleante. Aún habiendo sido doblegado por la inapelable potestad democrática del número; inútiles las promesas, las ofertas y los aprietes que desplegó en la última y desesperada hora; el bloque de Kirchner sigue siendo la primera minoría en Diputados. Y el kirchnerismo va a pelear casa por casa, con una determinación y una unidad en la acción que seguirá siendo de temer.

En tanto, la oposición afronta una tarea tanto o más compleja que la que coronó con la victoria incuestionable de ayer.

Por un lado, deberá ser capaz de articular el mantenimiento y profundización en la acción legislativa de este diverso frente triunfante, demostrándose capaz de recortar los abusos de poder cometidos en estos años. La idea de quitarle al oficialismo el manejo discrecional del Consejo de la Magistratura, alentando una mayor independencia de los jueces, puede resultar un buen ejemplo en ese sentido.

Pero al mismo tiempo, los radicales que se ilusionan con Julio Cobos, los peronistas disidentes liderados por Felipe Solá, los seguidores de Elisa Carrió, los socialistas que juegan con Hermes Binner, los adherentes a Mauricio Macri y los centroizquierdistas referenciados mayormente en Pino Solanas, tendrán que sostener su fidelidad al mandato popular de junio, acallando su guerra de egolatrías, mientras desarrollan sus proyectos políticos diferenciados, que apuntan a la elección presidencial de 2011. La proximidad de esa fecha será el punto inevitable en que sus caminos van a separarse. Pero antes tienen un deber social que seguir cumpliendo. Esa unidad en la diversidad en el desafío mayor que los aguarda. Si logran superarlo, la calidad institucional argentina daría un inesperado salto adelante.

Otro ángulo a mirar es el del propio peronismo. Y no ya el sector disidente, que construyó con esfuerzo su propio espacio y además de Solá tiene como figuras de peso en el Congreso a Francisco De Narváez y Carlos Reutemann, y desde ayer a una vigorosa Graciela Camaño. Lo que será clave es la conducta futura del peronismo que sigue con Kirchner a pesar de no ser kirchnerista. Buena parte de los gobernadores entran en esta franja, y también sus expresiones en el Congreso, quizás con fuerza especial en el Senado.

El peronismo, por definición, se inclina ante el poder de las mayorías. Desde la elección de junio, y desde ahora en la Cámara de Diputados, el kirchnerismo dejó de tener condición mayoritaria. La escena de ayer, con la oposición sesionando con quórum propio y el oficialismo obligado a bajar al recinto para sumarse a un rito democrático que había amagado desairar, es un dato del cual seguro habrán tomado nota los peronistas, aún oficialistas, que se sienten portadores de un destino político más allá de Kirchner y Cristina.

Quizás sean algunos de ellos los que tengan la próxima palabra.

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