Aceptar también es un viaje de ida

El discurso del Ejcutivo provincial busca confrontar antes que nada. Innecesario enfrentamiento respecto de un tema que exige responsabilidad. Justificativos inútiles. Por Federico Van Mameren - Secretario de Redacción.
Qué distinta hubiera sido la historia si el gobernador, José Alperovich, se hubiera acercado al legislador Pedro Hugo Balceda y le hubiera ofrecido su ayuda para avanzar, luchar, investigar o simplemente solidarizarse con aquellos tucumanos a los que la muerte acecha en forma de droga!

Cuando este parlamentario peronista sugirió que había políticos que se aprovechaban de las adicciones para conquistar adeptos o votos, Alperovich y un grupo de acólitos que sólo saben decir “sí, José” (aunque en privado suelen criticar) salieron a despotricar contra Balceda. ¿Por qué defenestrarlo si tiene razón? ¿No es más importante descubrir si es cierto lo que afirma que criticarlo por lo que dijo? ¿No es tarea del Gobierno, de la Justicia y de la Policía tratar de ayudar a dilucidar la veracidad de esos dichos? Parece que no.

Las experiencias de otros países pueden servir para interpretar algunos hechos. De ellos se puede inferir que el comercio ilegal de estupefacientes siempre busca llegar al poder; trata de colarse, intenta congraciarse con los que están más cerca de la toma de decisiones o, simplemente, buscan comprar voluntades. Tienen tanta avidez por vender sustancias como por comprar gobiernos, legisladores o jueces. Entonces, si el negocio de la droga no sólo está instalado en Tucumán sino que, además, crece, no sería tan alocado pensar que Balceda (con o sin pruebas; con o sin argumentaciones) está metiendo el dedo en la llaga. La respuesta más lógica y sana de un gobernador o de un Gobierno habría sido “acompañemos a este hombre”, no criticarlo.

Resbalón

Como en una caricatura, y seguramente por el pésimo asesoramiento de sus cada vez más obsecuentes “sijosesistas”, Alperovich se pegó un golpe ante la opinión pública como si hubiera pisado una cáscara de banana. Seguramente venía distraído por los cachetazos que le viene pegando la Justicia y fue incapaz de estar a la altura de las circunstancias respecto de la explosión de casos de tucumanos que pierden su vida por la droga.

La muerte en bolsita

El caso de Walter Santana tal vez sea como el de muchos. Su historia se detuvo exactamente en la Navidad de 2008. Se había levantado de la mesa familiar para comprar droga. La prensa se ocupó del hecho policial y de la sociopatía que desnudaba este caso. La abuela del joven llegó a decir que lo habían matado porque le faltaban unos pesos para adquirir lo que había ido a buscar.

Las verdades y los padecimientos de muchos chicos empezaron a salir de boca de los médicos, de las madres y hasta de los políticos conocedores de este flagelo. Quedó al descubierto que ni el Gobierno ni las organizaciones gubernamentales ni las universidades han podido combatirlo. Están en el listado de los que han perdido por goleada en el intento de erradicar este mal.

Alperovich redujo todo -como muchas veces hace- a persecuciones de la prensa. Afirmó que se trata de estigmatizar la pobreza, que se busca dañar un sector de la población. Inclusive, en su desesperado afán de atacar por atacar, en vez de reflexionar llegó a decir la semana que pasó que “entre las cuatro avenidas y en las zonas ricas, en vez de llamarse ‘paco’ se llama porro o cocaína. Siempre se castiga a los más humildes”. Otra vez el gobernador se pegó un porrazo. Su necesidad de ponerse a la defensiva lo hizo equivocarse de nuevo. Quedó a la altura del Balceda que él critica: si conoce todo lo que afirmó tendrá que ir a declarar a la Justicia. Quedó preso en su propio laberinto por no analizar qué cosas se hicieron bien o mal respecto del tema, que es muy complicado y cuya solución exige la colaboración de toda la población, como acertadamente lo reconoció en 2007.

La desesperación por resolver todo rápidamente y por quedarse con la última palabra marca la diferencia entre un verdadero estadista y un político.

Hubiera sido muy diferente la realidad si en vez de marcar diferencias entre ricos y pobres, y de tratar de ponerse de un lado, se hubiera ordenado avanzar contra la droga sin distingos, como la parca que tira sus guadañazos sin preguntar cuántas monedas tiene su víctima en el bolsillo.

Agredir para confundir

Los asesores del gobernador deben abrevar en la misma incapacidad de los redactores de los anónimos amenazantes que se distribuyeron con impunidad y agresividad. En ellos se utilizó el mismo discurso del Gobierno para sembrar discordia, como si no la hubiera ya en nuestra sociedad, que necesita tranquilidad para crecer y comprensión para entenderse después de varios lustros de engaños, de mentiras y de desgobiernos. Las agresiones contra la prensa escrita, contra hombres de la Justicia y del Colegio de Abogados, y contra políticos opositores son muy burdas para hacer creer que se escribieron por orden del Gobierno. Sólo siembran discordia en un momento en el que no debería haberla. Los “sijosesistas”, que en cada crítica ven intenciones aviesas, suelen equivocarse de la misma manera a la hora de aconsejar al gobernador: sólo ayudan a sembrar discordia.

Tachar antes de analizar

Seguramente va a ocurrir lo mismo cuando se analice la implementación de la ley creada por el ex vicegobernador Julio Díaz Lozano, que plantea que asumieron responsabilidades públicas deben someterse a un análisis, de manera que, si están enfermos, puedan ser ayudados y atendidos. El peronista sostiene que eso va a actuar como un blindaje para fortalecer al Estado y para darle ética y seriedad a la hora de atender cuestiones vinculadas a la droga. “Cómo va a denunciar un caso un empleado que puede llegar a depender de alguien que padece una adicción”, señala Díaz Lozano. Seguramente, va a ser atacado por tener intenciones políticas, porque quiere ser candidato, y no se analizará a fondo la importancia o no de aplicar la ley. Los funcionarios y hasta el propio gobernador han caído en esta incapacidad de ver la realidad. “Todo el que me critica está en contra”, sostiene el principio reduccionista de la gestión alperovichista.

La vocera oficial

En esta administración hay una persona que encarna la palabra del Gobierno. Ella habla y nadie le discute. Y el que le discute termina yéndose de la cruzada alperovichista. Sus palabras son irrefutables y siempre traslucen la verdad o las intenciones del Gobierno. Este jueves, cuando LA GACETA le preguntó si debía fijarse una política específica para prevenir el consumo de droga, la diputada que alguna vez transparentó el “vamos por todo” llegó a sugerir que había malas intenciones en las publicaciones y afirmaciones sobre este tema. “Nosotros venimos trabajando hace muchísmo tiempo en todo lo que significa la prevención de la adicción, que no es sólo perseguir a un tipo que venda tres o cuatro porros. Estamos hablando de generación de empleo, de 150 escuelas nuevas que significan menos chicos en la calle y, no es poca cosa, de escuelas abiertas los sábados…”, y siguió enumerando. La vocera volvió a dejar clara su animadversión al señalamiento de hechos que ocurren en la sociedad. Nadie discute que el Gobierno hizo obras -de hecho, el gobernador sale todos los días a mostrarlas- ni que esas tareas favorecen una mejor calidad de vida. Pero una cosa no quita la otra. Ni justifica la agresión por un problema que se ha convertido en una sociopatía.

Negar la realidad sería un atraso para Tucumán.

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