Se acabó el choreo (El 2011 está abierto).

Juez sabe perfectamente que obtuvo una victoria pírrica, que no le sirve en absoluto para reclamar la Gobernación a modo de un autómata televisivo. La escasa diferencia lograda sobre la UCR pone en carrera a ese partido.
Luis Juez quería convencernos que él era un elegido de la historia. Que venía a limpiar de corruptos la política. Que su marcha triunfal hacia el poder era un hecho determinado por designio divino. Que había sido víctima de un fraude gigantesco en setiembre de 2007 que, momentáneamente, lo había apartado de aquél sino. Que podía darle cátedra por carta a otros partidos acerca de lo que era la nueva política y mandarlos a freír papas si se negaban a concretar un acuerdo electoral con él. Por tal razón, Juez no tenía duda alguna que estas elecciones eran un mero trámite, un expediente que lo consagraría como el "gobernador electo con asunción diferida al 2011". Pero se equivocó largamente.

En la jornada de ayer, Juez obtuvo apenas algo menos del 31%, cinco puntos menos que los logrados en 2007. Muy poco para alguien que aún reclama ser víctima de un "estafa descomunal" a manos de un gobierno ilegítimo y, por cierto, un dietético resultado para quién ha sido el protagonista de la campaña más prolongada de la que se tenga memoria, ni siquiera interrumpida por su gestión como intendente iniciada en 2003.

Pero las razones de su desasosiego no terminan allí, porque su seguidor no ha sido otro que el "hijo de papá Mestre", como despectivamente lo llamara Juez en el no debate televisado el 21 de junio. Apenas 5 puntos lo separan del joven candidato radical, uno de los más decididos dirigentes antipactistas. Además, un sorprendente Oscar Aguad tenía anoche en vilo a Gumersindo Alonso en el tramo de Diputados nacionales, demostrando que el ascendente Frente Cívico puede morder el polvo prematuramente pese a sus reiteradas promesas de invulnerabilidad.

Sospechamos sinceramente que, aunque grite a los cuatro vientos que ganó la elección "contra los grandes aparatos políticos" y que se proclame como el "destructor del bipartidismo", Juez sabe perfectamente que obtuvo una victoria pírrica, que no le sirve en absoluto para reclamar la Gobernación a modo de un autómata televisivo. Venció pero no convenció, y esto puede ser peligroso para su proyecto. Tal certeza era palpable anoche, cuando el fantasma de incredulidad sobrevolaba el búnker del juecismo y morigeraba el ánimo festivo de sus seguidores.

Enamorado de sus mitos

¿Qué pasó con Juez? ¿Por qué tan módico desempeño electoral? Las explicaciones son sencillas.

En primer lugar, Juez se creyó el mito del fraude. Al igual que hizo con otros de sus tantos inventos, fue víctima del autoengaño, como si la fábula hubiera sido real. Por tal motivo se concentró en reclutar un ejército de fiscales, como si éste hubiera sido el objetivo de la campaña. Preso de su paranoia, confundió los medios con el fin. Y se olvidó de explicar por qué había que votarlo.

Este olvido no fue un mero error de su estrategia de campaña, sino una consecuencia del misticismo berreta del candidato. Quien se cree predestinado a la victoria suele descuidar ciertos detalles, entre ellos, convencer al electorado de que su propuesta es la mejor. Fue notable apreciar que las primitivas humoradas de Juez, aquellas que lo hicieron famoso a nivel nacional, comenzaron a trastocarse por ironías groseras y descalificaciones malevas hacia sus adversarios a medida que avanzaba la campaña. La diferencia entre el humor de antaño y las groserías recientes no resultó en otra cosa que la manifestación de una creciente soberbia e irritabilidad, la que se hizo patente en el no debate televisado.

En segundo término, Juez nunca terminó de entender que la gestión municipal podía ser su talón de Aquiles. A pesar de que sus antecedentes en la materia no lo ayudaban, se empeñó en distanciarse con Giacomino en una escalada de improperios y destratos que entraron de lleno en el plano personal. Inexplicablemente, jamás ponderó las consecuencias que este enfrentamiento podría traer para su candidatura. Es una ley humana suponer que nadie soporta ser vituperado pasivamente, especialmente cuando el actual intendente se considera una auténtica víctima de los desmanes dejados por su antecesor.

Este menosprecio por el prójimo, tan propio del juecismo, determinó la municipalización de la campaña que tanto daño irrogó a las chances del mismísimo Luis Juez. Como una especie de gripe A política, para la cual no tenía anticuerpos preparados, el hoy senador electo simplemente no supo explicar qué diablos había hecho en sus cuatro años de gestión, limitándose a culpar a Giacomino por obedecer la presidente en sus supuestas órdenes de "incendiar la ciudad". Esto minó su salud electoral y su credibilidad ante el electorado, especialmente cuando se autoproclamaba "gobernador moral".

Finalmente, Juez creyó que la opinión pública era lo suficientemente superficial como para no hacerse algunas preguntas incómodas sobre su coherencia política, entre ellas, porqué resulta ser hoy tan antikirchnerista cuando, hasta poco tiempo atrás, era uno de los principales actores de la transversalidad K. El hecho de haber puesto a dedo a Gumersindo Alonso a la cabeza de su lista de Diputados nacionales, quizá el epítome de la sumisión ante gobierno nacional, fue revelador hasta que punto Juez menospreció la capacidad del electorado para establecer las más mínimas asociaciones de causalidad. Con los resultados obtenidos ayer, paga ahora las consecuencias de haber pretendido soslayar este aspecto con la sobreactuación anti-K o con la invocación a esperanzas indeterminadas, sin explicar jamás como materializarlas.

¿Nada para festejar?

En un primer momento, muchos analistas podrían verse tentados a afirmar que el Juan Schiaretti fue una de las principales víctimas de la jornada electoral. No creemos tal cosa. A pesar que su candidato fue derrotado por el Frente Cívico y por la UCR, el gobernador se sacó de arriba la amenaza de tener una especie de alter ego con poder de veto sobre su gobierno en los próximos años. No es menor el hecho de considerar que un Luis Juez logrando más del 37% de los votos (su marca anterior) no se hubiera privado de amonestarlo por cualquier cosa, y que -sin duda- lo hubiera hecho de manera profusa por todos los medios a su alcance. De momento, este riesgo ha sido aventado, y el gobernador siempre podrá argumentar que la Unión por Córdoba, tras 10 años en el poder, no está exenta de sufrir el desgaste natural de cualquier gobierno. Con algo de maldad, hasta podría sostener que algunos dirigentes opositores han sufrido un deterioro prematuro antes de tener gestión conocida, y que el peronismo, de sumar los votos de Accastello, podría empardar la performance del victorioso Frente Cívico en el futuro.

Quienes sí pueden cantar victoria son los radicales antipactistas. Debe recordarse que, en meses tan recientes como febrero y abril, el propio presidente Negri motorizaba un acuerdo con el hasta entonces imbatible Luis Juez, movida conocida como Pacto de Oliva. Pese a ello, el centenario partido decidió concurrir en soledad a elecciones, logrando un inaudito segundo lugar en el tramo a Senadores y peleando voto a voto el primer lugar para Diputados nacionales. En simétrica proporción a la marcha declinante del juecismo, el radicalismo puede ahora velar las armas de cara al 2011 con recuperado vigor. Con los resultados a la vista, tanto Mestre y Aguad han recogidos dos cosechas pacientemente sembradas: su relación siempre antagónica con el kirchnerismo (un punto especialmente sensible en Córdoba), y la revitalización del radicalismo más tradicional, importante máquina electoral a condición de ser liderada por dirigentes con convicción suficiente.

La gran lección de estas elecciones es que se acabó el choreo. Ya no se puede robar más votos apelando a fábulas del fraude o a denuncias genéricas de corrupción. Ya no se puede reclamar el voto como una suerte de acto reflejo cuando todavía quedan aspectos de gestión por explicar. Y que tampoco se puede seguir robando cámara con lacrimógenas poses de víctima. En cualquier democracia, en algún momento, llega la hora de demostrar que detrás de un dirigente con pretensiones de poder hay algo más que una candidatura sin fecha de vencimiento. De los casi cincuenta puntos con los que el Frente Cívico prometía "chorearse" la elección, quedan algo más de treinta en sus alforjas. Magra cosecha para quién dice ser la encarnación de todas las virtudes terrenales excepto, con las pruebas a la vista, la de conducir la Municipalidad de Córdoba.

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