Un absurdo teatro de rencores

Por Enrique Valiente Noailles

Cristina Kirchner y el vicepresidente Julio Cobos no cruzaron palabra en la celebración por los 30 años de la mediación papal en el conflicto con Chile. Notable paradoja, por de pronto, la de asistir a la celebración del fin de un conflicto con el espíritu inverso anidando en uno.

Impresiona la puerilidad emocional e institucional de un presidente y vice que evitan saludarse en un acto público. Y llama la atención la indiferencia ante el hecho de que el puesto que ocupan no es sólo personal, sino que tiene un valor representativo que los excede. Así como a la investidura presidencial se le debe respeto, más allá de quien la ocupa, el mismo respeto se le debe a la vicepresidencia. Y así como a la investidura presidencial se le debe respeto en abstracto, ella misma debe un respeto a los demás, más allá de las emociones de quien la ocupe.

Pero lo ocurrido es una oportunidad para reflexionar sobre este absurdo teatro de rencores, enojos y resentimientos continuos en que se ha convertido nuestro país.

Los Kirchner tienen que terminar con su discurso de irritación, entre otras razones porque se terminó el contexto fértil para ello.

Es una cuestión de polaridad: a una sociedad complaciente puede uno dirigir tonos inversos, pero a una sociedad crecientemente irritada ya no puede seguir hablándosele de esa manera.

Las últimas presentaciones del ex presidente, de tono incendiario, lo están convirtiendo en un Herminio en potencia.

En realidad, el rencor y el resentimiento son la evidencia de un espíritu pequeño. No es que uno se torne resentido por un acto ajeno. Es exactamente al revés: la persona que tiene constitución rencorosa busca siempre en su exterior un acto de ofensa para apropiarse con avidez, casi con gratitud, de un argumento que le dé razones a su rabia constitutiva, un pararrayos para su descarga, un "otro" rotativo que alivia la portación de esa carga tóxica.

A un ser que ya está enojado es imposible no darle motivos para el enojo, ya que utiliza el mundo como la zona de confirmación de su hipótesis constitutiva, de su silogismo interior.

El enojo es siempre funcional a las personas que creen que su sola presencia confirma que tienen razón. Por eso las personas resentidas tienen tan poca capacidad de cambio: no se aparean con los estímulos exteriores para convertirse en una tercera cosa, sino que utilizan el exterior para confirmar una identidad inamovible, una fortaleza fuera de la cual se sentirían inermes. Y, en definitiva, terminan siendo esclavos de las innumerables acciones de los demás, que adquieren el poder de lastimar un ego delicado como un himen.

Se necesita más grandeza, más altitud de miras, mayor capacidad de digestión de la realidad. El hombre del rencor es un ser rumiante, no termina nunca de masticar, y menos de perdonar.

El resentimiento y la incapacidad de pasar por alto las ofensas ajenas, ya sean éstas reales o imaginarias, muestran una profunda debilidad que se camufla luego con el lenguaje del desquite.

Y ya advertía Nietzsche: "¡Cuánto respeto por sus enemigos tiene un hombre noble! Y ese respeto es ya un puente hacia el amor... ¡El hombre noble reclama para sí su enemigo como una distinción suya, no soporta, en efecto, ningún otro enemigo que aquel en el que no hay nada que despreciar y sí muchísimo que honrar!"

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