Aborígenes del Norte, sin posibilidad de subsistir

Distante a 500 kilómetros de la capital provincial, la comunidad La Esperanza está integrada por 48 familias wichí. Viven apenas con la venta de pequeñas artesanías elaboradas en base al chaguar, una planta que crece en el lugar.

"Is tat, is tat" (muchas gracias, muchas gracias) repite hasta el cansancio Anacleto Montes.

Este hombre, cacique de la comunidad wichi de misión La Esperanza, separada apenas por las vías del ferrocarril que solía transitar la localidad de Los Blancos, en el norte provincial, está agradecido porque "por fin alguien se acercó a conocer nuestra triste realidad".

Dentro de la misión La Esperanza residen unas 48 familias.

Su principal actividad es -o era, hasta hace poco- vivir de la madera que solían extraer del monte.

De un tiempo a esta parte las prohibiciones a la tala terminaron por jaquear su frágil economía.

Es que estos salteños se dedican principalmente a producir artesanías y otros pequeños elementos como mesas y sillas.

Estos productos son la base de su subsistencia y, como ellos mismos graficaron, "ya ni eso nos permiten hacer. Hay mucho control".

Cerca, pero lejos

Llegar hasta esta comunidad no fue difícil. Separada por 500 kilómetros de la capital provincial, se accede hasta ella por la ruta nacional 81, casi en el límite con Formosa.

Lo sorprendente es cómo sus habitantes se acercan amablemente a contar su realidad. Ven en la gente "de afuera" una solución a su dura forma de sobrevivir.

Este es el caso de María, una mujer soltera que tiene a su cargo cinco hijos pequeños.

El más chico de ellos, Jorge, deambula y nos mira asombrado.

No es muy frecuente que la gente "de la ciudad" se acerque a dialogar con ellos.

Viven en un pequeño rancho hecho de paja y adobe. Esa imagen contrasta con unas casitas de material que están siendo construidas metros más adelante.

Sólo promesas

"A la gente de aquí nos prometieron muchas cosas, sobre todo en la época de campaña. Pero la verdad es que de nosotros siempre se olvidan", señala María.

El responsable de la comunidad, Anacleto Montes, reafirma los dichos de la mujer: "Nosotros también somos argentinos, no somos de otro lado. Aquí hay muchas necesidades. Ahora estamos sobreviviendo con los bolsitos que vendemos a Buenos Aires", cuenta con la mirada perdida en la inmensidad del cielo.

Esos "bolsitos" a los que hace referencia Montes son artesanías que producen solamente las mujeres.

Subsisten con el chaguar

Estos productos son fabricados con la extracción de las fibras de una planta (el chaguar), a la que luego de un proceso, que conocen a la perfección, convierten en hilos.

Todo el trabajo que llevan adelante es lento y -claramente- las ganancias no son muchas.

Pero ellos están agradecidos, porque "por lo menos, con esto podemos subsistir", cuentan.

Además de ser el líder de la comunidad, Anacleto Montes es el sacerdote de la iglesia anglicana que se erige en medio del caserío.

"Somos gente de mucha fe. Todos los domingos nos juntamos en esta pequeña iglesia que de a poco estamos levantando, aunque ya ni madera para las puertas o ventanas podemos sacar", afirma Montes.

La misma realidad

La misión San Patricio se encuentra casi a 50 kilómetros de La Esperanza. Se accede solamente por un camino de tierra, que en épocas de lluvia suele tornarse intransitable. También cuando se "ahuella" es muy difícil de acceder. Allí el cacique es Félix Paz.

Este líder wichi también sostiene que, por las prohibiciones que les imponen, "la gente se está quedando sin comida".

En esta comunidad residen unas 300 personas. Aquí también funciona un comedor comunitario, al que cada vez se le dificulta más poder seguir atendiendo a los más necesitados de la zona.

"Lo que la gente no entiende es que para nosotros poder extraer madera es de suma necesidad. No hacemos desmonte, porque somos conscientes de que vivimos de esta actividad", dice Paz.

Así de dura es la vida en estas dos comunidades originarias, que tienen el mismo problema y ninguna solución.

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