“La pobreza en Mendoza es escandalosa”

El obispo local se mostró preocupado por la pobreza y la baja calidad de la política. Analizó el tema de la educación sexual y el de la despenalización de la tenencia de droga para consumo.
Volvemos a encontrarnos con un grabador de por medio después de 16 años. La anterior entrevista salió publicada en la revista Primera Fila y fue su debut mediático con la prensa mendocina. Hoy es un hombres más decidido, más suelto para dar sus opiniones, aunque la columna de sus ideas sigue siendo la misma. El obispo José María Arancibia a los 72 años derrocha convicción y pasión en sus palabras.

–Hace 16 años le hice la primera entrevista cuando llegó a Mendoza, ¿qué ha cambiado?

–Creo conocer a Mendoza un poco mejor que antes, creo quererla un poco más, me siento más comprometido con la Mendoza de hoy. Tengo la alegría de haber gastado estos años por Mendoza. Han sido años muy intensos para mí.

–¿Ha sido dichoso en Mendoza?

–Sí, sí, he sido feliz con mi tarea. He tenido momentos duros, eso es verdad.

–¿Como cuáles?

–Quizás los dolores más grandes que tengo es ver un pueblo que pide más de lo que podemos dar. O de un pueblo que sufre en cosas en las que no siempre podemos ayudar.

–¿Siente que hoy hay más necesidades o más demandas?

–No sé si las demandas han aumentado o yo soy más consciente de ellas. Pero de todos modos es verdad que la Mendoza del año ‘93 no es la Mendoza del 2009. Me parece que la problemática de la violencia, de la disconformidad, del descontento, de la convulsión interior, de la intranquilidad es mayor.

–¿Sigue atento a la televisión?

–Sí, veo todo lo que puedo, sobre todo a las horas donde no tengo actividades.

–¿Ve a la televisión empeorada?

–La televisión de diversión la veo muy poco, por lo poco que sé, veo o escucho, me parece muy deteriorada, bastante baja y empobrecida. La otra televisión está globalizada, entonces vemos lo que el mundo globalizado nos ofrece, está muy dominada por el comercio de Estados Unidos.

–¿Cómo se lleva con internet?

–Me llevo bastante bien, porque puedo estar comunicado, con las noticias o por el trabajo de Iglesia, de una manera muy ágil y en cualquier lugar donde esté. El Papa saca una encíclica y uno la puede leer al día siguiente, no tiene que esperar que se la manden del Vaticano ni comprarla en la librería, eso es una cosa maravillosa.

–¿Qué está leyendo?

–Acabo de leer el libro de (Marcos) Aguinis Pobre patria mía, acabo de leer el libro de Víctor Fernández, Valores argentinos, un país insulso. Acabo de leer un comentario del cardenal Martín estupendo sobre una de las cartas del Nuevo Testamento. He estado leyendo la encíclica del Papa.

–¿Qué es lo que más les ha gustado de los mendocinos?

–Me ha gustado su calidez, su apego a la tierra, su sensibilidad, que a veces les juega alguna mala pasada.

–¿Y los defectos?

–Que esa sensibilidad y esa calidez los hacen menos objetivos consigo mismos.

–El Papa, al parecer inducido por monseñor Jorge Bergoglio, instaló como gran tema de la agenda política y social de la Argentina a la pobreza, ¿cómo estamos acá?

–Lo primero que diría es que ni Bergoglio ni el Papa instalaron el tema de la pobreza en la Argentina ni en Mendoza, sino que está dolorosamente instalado. La pobreza en Mendoza es también escandalosa, como la de la Argentina. La diferencia social que existe en Mendoza es realmente alarmante. No alarmante porque nos pongamos en una confrontación de posturas sociales o económicas. Sino alarmante porque una provincia que crece y que tiene signos evidentísimos y muy apreciables de su crecimiento necesita preguntarse sobre un crecimiento equitativo, sobre una atención de los grupos menos dotados, menos privilegiados, con menos oportunidades.

–¿Qué pasa en la política, se habla tanto de la distribución de la riqueza y no se concreta?

–Su pregunta contiene algo bastante profundo y no fácil de resolver cuando alude a la política. Habría que preguntarse qué pasa con la política en sí misma. Creo que la política necesita una profunda reforma, una revisión de sí misma.

–¿Quién debe hacer esa revisión, los propios políticos o la sociedad toda?

–Sin duda, todos. En un diálogo un poco mejor logrado que el que estamos llevando. Me llama la atención no ver frutos más logrados. El diálogo político está flojo, los acuerdos políticos están flojísimos, los partidos están pobres.

–Hay una relación ríspida, sobre todo de Bergoglio con el gobierno kirchnerista. ¿Cree que con un elenco gobernante tan crispado y agresivo hay posibilidad de un diálogo político fecundo?

–Los que dialogan también tienen que preguntarse cómo dialogan o para qué dialogan. Porque el diálogo no es sólo la confrontación de opiniones, no es solamente esperar que el otro termine para decir yo la mía. Si el diálogo sólo es acusación y defensa o es ver quiénes son amigos y quiénes son enemigos, es incompleto.

–¿En Mendoza hay diálogo?

–Algún tipo de diálogo hay. El diálogo que estoy pidiendo es de mejores frutos y mayor alcance, lo estamos deseando.

–¿Cómo es su relación con el gobernador Celso Jaque?

–El tiempo es poco, un año y ocho meses. Hemos tenido unos cuantos diálogos. He procurado escuchar y creo que he sido escuchado. ¿Hasta dónde ha servido? Es difícil decirlo. Los problemas que hemos tratado son demasiado grandes, el tema educativo, el tema social, el tema pobreza, el tema religión y la relación con la conducción política. Son demasiado grandes para saber si han tenido frutos o no.

–¿Tiene diálogo con el Poder Judicial?

–Con ( Pedro) Llorente antes y ahora con (Jorge) Nanclares he conversado varias veces. En algunas cosas me interesó el parecer de ellos.

–¿Por qué cree que la ciudadanía descree tanto de la Justicia?

–Me parece que el pueblo siente eso porque la administración de la justicia ha dado sus motivos. En demoras, por ejemplo. Pero también habría que preguntarse si la gente tiene una apreciación correcta de lo que significa administrar justicia. Porque también ahí tenemos ciertas explosiones populares que hay que ver si son correctas.

–¿Cuál es el tema que ve con más preocupación en el mundo de los jóvenes?

–La falta de convicciones, la falta de ideales. O la dificultad de tener y mantener ideales que les permitan esforzarse en la vida.

–Siempre que aparece la educación sexual es problemático, ¿usted que haría?

–Nuestras escuelas católicas tienen la indicación de incluir en sus programas la educación sexual, no hay duda sobre eso. No dudo de que la escuela tiene que complementar lo que la familia puede dar en el tema de sexualidad.

–Esto es un cambio, porque la Iglesia siempre tiene un rechazo hacia el tema.

–¿Dónde se ve ese rechazo? Porque del rechazo hablan, pero no dan ningún fundamento. ¿Dónde está la palabra de los obispos, en los textos escolares, los libros de la Iglesia que mantienen un tabú hacia la sexualidad? Ustedes hablan de esto con mucha soltura, pero nunca prueban nada. Que hemos criticado un cierto tipo de educación sexual es verdad, pero que estamos en contra de la educación sexual es mentira.

–¿Qué piensa sobre la despenalización de la tenencia de drogas para el consumo personal?

–Sinceramente, en el momento que vive Argentina, no lo entiendo. Al consumidor, si está en un camino dañino para sí, hay que acompañarlo. Claro que no hay que meterlo en cárcel como un delincuente, entonces, si el uso de la droga da lugar a excesos, a daños, tienen que ser acompañados por el Estado.

–¿Qué sintió cuando apareció la noticia del tráfico y venta de bebés a través de una clínica de abortos clandestina?

–Sentí una gran pena, que en algo tan sagrado como la vida, la maternidad, la paternidad, se juegue de ese modo, se comercialice, se envilezca algo tan sagrado. En realidad no es un dato nuevo, al explotar aquí produce ese impacto, pero es una cosa que de Argentina se dice de hace tiempo. Es una pena que ciertas cosas nos vuelvan a impactar cuando hay hechos candentes delante de nosotros, pero después nos dejen de impactar cuando tenemos que implementar políticas que solucionen los problemas.

–¿Alguna vez sintió el silencio de Dios, como que Dios no estaba?

–Sí, creo que Dios tiene sus oscuridades y sus silencios. Pero lo vivo en el contexto de un palabra fuerte y permanente que Él nos da y que no puedo pretender que sea siempre a mi modo y a mi gusto.

–¿Ese silencio es porque usted no lo escucha o porque Él no está?

–(Medita antes de contestar) No dudo de que Él esté y no dudo de que sus silencios son parte de una gran palabra. A Jesús no todos lo entendieron o la gente no siempre sintió que le daba la respuesta que esperaba, pero la palabra estaba allí. Yo siento que Jesús y la palabra dicha para mí y para todos de parte de Dios está siempre allí. Que no siempre yo pueda escucharla o que no sea siempre una respuesta inmediata y clara para mí, lo tengo que aceptar. Porque confío en la sabiduría de Dios, que es mucho mayor que la mía.

Una iglesia misionera y evangelizadora

–¿Qué tema le interesa poner en foco?

–Si usted me preguntara cuál es mi principal interés como obispo hoy, estoy preocupado y sumamente interesado por una Iglesia dinámicamente evangelizadora, realmente misionera, donde todos se atrevan a vivir y anunciar el Evangelio con audacia, con decisión, con compromiso, con todas las consecuencias que ello tiene.

–¿Qué siente que está fallando para que eso lo preocupe?

–Percibo en la misma gente, en lo que hace o en lo que quiere tener, esta necesidad. Por otro lado, yo vibro también con los curas, los diáconos, los catequistas, los padres de familia que hablan conmigo. No es que yo descubra esto vaya a saber dónde. Yo descubro esto en el andar de todos los días con la gente con la cual estoy, sobre todos los que trabajan conmigo.

–¿Esto es un problema de los curas o de toda la comunidad católica?

–Hablo de toda la Iglesia. La Iglesia no son los curas, los curas son en todo caso los servidores del pueblo de Dios, que es la Iglesia. Esto lo vi apasionadamente en Pablo VI, en su estilo y en su época, lo vi también con un especial énfasis en Juan Pablo II. Él fue un hombre que habló de Jesucristo y del Evangelio en todos los lugares, en todos los contextos, en todas las circunstancias más graves y apremiantes. Es decir, yo lo presento como un empeño desafiante, no solamente como un problema. Para nosotros, que la Iglesia se sienta impulsada a ser más capaz de anunciar el Evangelio y vivirlo es un desafío. Tiene la exigencia de un mundo que se dijo cristiano y no logra serlo o que se cree cristiano y no lo es de verdad.

Llanto por Jorge Contreras

–¿Se desanima a veces?

–(Medita) Creo que no, no me siento desanimado, me siento agobiado algunas veces. Desanimado no.

–¿Le teme a la muerte?

–El tema de la muerte no me aflige ahora, me doy cuenta de que la tengo más cerca y que los criterios de vida, las expectativas de vida y las motivaciones que uno siente después de los setenta años son distintas y tiene que aprovecharlas.

–¿Cuáles son esas nuevas motivaciones?

–Que uno no tiene una vida de ascenso hacia delante ni tampoco es hombre de grandes proyectos y de grandes sueños, sino que busca una fidelidad para completar su tarea, aprendiendo a dejar cosas en manos de los otros.

–¿Recuerda cuándo fue la última vez que lloró?

–Sí, antes de ayer, para ordenar a los diáconos. Poder imponer las manos a sacerdotes o diáconos me hace derramar lágrimas casi siempre.

–¿Recuerda la última vez que lloró de dolor?

–Sí, me impactó mucho el contexto de cariño con la muerte de Jorge Contreras, de la que cumplimos el lunes (por mañana) un año. Yo he sido condiscípulo de Jorge y estudiamos juntos siete años seguidos en Córdoba. A él lo percibí como un hombre de tarea cumplida, de vida cumplida. No son esas muertes que uno llora porque es como una frustración en un proceso de plenitud. A Jorge lo vimos envejecer, achicarse, estar cada vez más limitado, con una vida cumplida. Me emocionó con pena el dolor de la gente.

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