El 2011 queda cada vez más lejos

Por Silvio Santamarina.

Guillermo Moreno está cada vez mas ratificado y menos fortalecido. El Gobierno teme que si lo entrega los dardos vayan contra el pilar del modelo K, Julio De Vido. En tanto, la oposición no logra aglutinarse. De Narváez no puede consolidar una tropa propia y Carrió se fastidia al ver que el rating de su figura no se traduce en votos.

Guillermo Moreno está cada vez más ratificado, pero cada vez menos fortalecido. El ex "brazo armado" de la política económica kirchnerista confiesa a sus íntimos que le están entrando las balas mediáticas opositoras, y también las del propio oficialismo. El escenario más probable que él espera es el de un borramiento de su imagen pública –cada vez más costosa para un gobierno que perdió la magia– y una pérdida más gradual de espacios de poder. Gradual pero no total: mantendría poder de veto en el INDEC a través de sus hombres de confianza recién ascendidos, incluso si a la cabeza del organismo llegan caras nuevas para refrescar un poco la fachada resquebrajada del laboratorio oficial de estadísticas. La otra faceta del plan de "laborterapia" que los Kirchner le propondrían a Moreno, según sus cálculos, es el ramillete de empresas estatizadas luego de cada negociación fallida por rescatarlas con nuevos dueños privados. Primero fue Massuh, luego Mahle… y así seguirán sumándose firmas que no aguanten los sacudones de un modelo que hace agua.

La permanencia de Moreno a pesar del asedio múltiple que padece por estos días tiene dos lecturas, ambas vinculadas con la misma carencia oficial: 1) No hay plan B para la política económica K, porque no lo quieren y porque no lo encuentran; 2) El menú de funcionarios potables hacia adentro y hacia fuera de Olivos se achica a un ritmo vertiginoso, por lo cual hay que analizar muchas veces cada nueva renuncia para evitar el riesgo de salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Tal vez por eso los enemigos del Gobierno se ensañan con la salida de Moreno; son como los boxeadores que concentran sus golpes justo en la ceja cortada de su adversario, para dejarlo fuera de combate no por knock out ni por puntos al cabo de los 12 rounds, sino para ganarle por abandono debido a cuestiones médicas. En este sentido, también existe el miedo de que, una vez entregado Moreno, los dardos opositores, judiciales y periodísticos apunten directa y obsesivamente contra el pilar del verdadero modelo K: Julio De Vido. Y ahí sí que no quedarán más fusibles para quemar.

Del otro lado del río tampoco está claro el rumbo a seguir. Los frentes opositores que supuestamente ganaron la elección del 28 de junio se están comportando, paradójicamente, como si hubieran perdido. Sus líderes están dispersos, y siguen abriéndose heridas internas con cada movida del Gobierno, que incluso en su desconcierto por la pérdida de poder sigue arreglándoselas para marcarles la agenda a sus enemigos. En el PROperonismo, Francisco de Narváez combate su viejo síndrome de incontinencia poselectoral: al día siguiente de obtener un resultado favorable en las urnas, el Colorado no puede consolidar una tropa propia y leal que lo acompañe en el largo plazo sin venderse al mejor postor e incluso en la opinión pública se va desinflando su capacidad de llamar la atención. Sus aliados no lo ayudan, por cierto. El macrismo no acierta a definir cuánto peronismo reconoce en su ADN político. Y Felipe parece tentado de cortarse solo para encarnar, sin explicitarlo, una de las alternativas presidenciales del llamado "poskirchnerismo", un invento que tal vez nunca exista.

Precisamente por esa incertidumbre, el sciolismo busca maneras de hacer pie en terreno conocido, antes de que la ola anti-K lo arrastre inexorablemente. Esta semana, un torbellino de rumores de cambios de Gabinete y renuncias sacudieron el despacho vacío del gobernador bonaerense, que estaba de viaje por Europa. Nadie quiere alzar la cabeza cerca de Scioli, aunque por lo bajo deslizan que la estrategia de supervivencia hasta que pase el terremoto será pisar lo más firme que se pueda en el conurbano, en un movimiento inverso al que está haciendo el ex líder espiritual Néstor Kirchner, quien salió a juntar heridos por las provincias con la esperanza de armar una versión de emergencia de su querida transversalidad. Teóricamente, la movida K no está errada, si no fuera porque el clima ha cambiado, y ahora Kirchner ya no huele a futuro. Entonces, su sex appeal para aglutinar peronistas, socialistas y radicales libres ya no es el que era.

Sin embargo, el poco creíble llamado al diálogo multisectorial manoteado por el oficialismo en decadencia ha dado frutos. La oposición panradical no sale de su confusión interna, a pesar del éxito obtenido en las urnas a nivel nacional. Es más, la propuesta dialoguista K parece haber profundizado la grieta que separa a Elisa Carrió del resto. Lilita volvió a optar por dar un portazo en las narices de sus aliados, en un gesto que puede confundirse con el vedettismo político, pero en realidad se trata de un arranque de fastidio espiritual ante un dato de la realidad que ya parece irreversible: la fama de Lilita y su capacidad de llamar la atención y sumar rating están traduciéndose cada vez menos en votos y en aliados reales. Esa impotencia la dejó esta semana en la orilla opuesta de sus socios más amigables, Margarita Stolbizer y Gerardo Morales. La jefa del GEN y el de la UCR aceptaron la invitación a la Casa Rosada, para no quedar como opositores irresponsables y destituyentes, pero su discurso a la salida del encuentro con el Gobierno dejó dudas sobre su capacidad de mantener el equilibrio justo para no caer en el abrazo del oso del kirchnerismo, que mantiene intactas sus mañas manipuladoras de opositores incautos. El que parece afinar cada día más la puntería y ajustar el timing ante las sorpresas kirchneristas es el vicepresidente Julio Cobos, quien supo una vez más aprovechar su momento de gloria, en medio de los festejos mediáticos por el aniversario de su voto no positivo.

Por su parte, la dirigencia ruralista optó por desconfiar desde el comienzo y siguió adelante con su agenda intransigente, incluso criticando sin pensar mucho los cambios prometidos por Cristina en el manejo de la Cuota Hilton, cuyo reparto siempre fue cuestionado por el sector cárnico. ¿Qué pasará si el Gobierno sorprende a todos y de verdad empieza a ceder en temas políticos y económicos que fueron el caballito de batalla de sectores productivos y partidarios agrupados en la vereda opositora? Probablemente se abran las aguas, y el coro antioficialista deje de sonar tan afinado como en los últimos meses. Este escenario podría darle un aire inesperado al Gobierno, aunque por las razones de siempre: la inconsistencia del abanico opositor a la hora de alinear un proyecto de poder institucional y económico con un liderazgo personal de base popular amplia y sólida. Por eso, 2011 sigue quedando tan lejano para todos

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