2010 será un año decisivo

Por Santiago Kovadloff

Salta a la vista: la creciente inseguridad social es otra de las realidades que el Gobierno no admite. La más grave, por cierto, porque implica una subestimación de la magnitud que el crimen ha alcanzado entre nosotros. El incomprensible silencio oficial contribuye a la persistencia de esa pesadilla.

Hora tras hora, pueblos y ciudades aportan nuevas víctimas. Mientras tanto, el Gobierno propone nuevos jefes efímeros para una fuerza pública desacreditada. Así pasan los días. Es desconcertante el empeño con que el oficialismo contribuye a redactar el certificado de defunción de su credibilidad. Prosperan alevosamente el juego, la corrupción sindical, los ataques al Poder Judicial, la mendicidad de las provincias.

No han prosperado, en cambio, el empleo ni la equidad social. Avergüenza la educación pública. La dádiva estatal encuentra, entre sus tristes acreedores, a gobernantes y a gobernados. Las calles se han convertido en laberintos: no conducen a ninguna parte y por ellas marcha la disconformidad de todos y la violencia de muchos. Pero, principalmente, y al igual que en los años de plomo, es la vida la que, entre nosotros, ha perdido valor.

Ya no se trata de terrorismo de Estado. Se trata, ahora, de negligencia de Estado, de incalificable desdén ante lo que sucede y, en esa medida, de complicidad. El dolor de tanta gente no encuentra eco en las autoridades.

Una concepción fríamente empresarial de la política -tenaz, disciplinada e implacable- aspira a hacer del país un negocio concentrado en muy pocas manos. La pobreza cuidadosamente sustentada es, en semejante emprendimiento, un suculento aporte de capital social. La presión mafiosa sobre los disidentes se convierte en una herramienta disuasoria indispensable. Las prebendas, una recompensa al sometimiento de aquellos a quienes se condena a durar sin sentido. Una sola voz sigue empeñada en ser la voz de todos. Y esa voz no cederá. Aun en pleno derrumbe de su popularidad y por los medios que sea, el oficialismo busca asegurarse un porvenir hegemónico.

Las leyes vertiginosas que el oficialismo sancionó pretenden decapitar el cambio por el que optó la mayoría.

Hay, no obstante, indicios de reacción. La oposición empieza a entender qué es, para ella, lo inaplazable si aspira a significar algo socialmente consistente.

Es lenta -y, por lenta, exasperante para más de uno- la marcha hacia el restablecimiento de la democracia republicana. Recomenzó hace cinco lustros, a los tropezones. Y aún está pendiente de cumplimiento. Es que no abundan en la política las conductas ejemplares capaces de impulsarla. Hoy se trata, por encima de todo, de combatir la instrumentación perversa de la ley, arte mayor de Néstor Kirchner. Este procedimiento, en la medida en que se ha hecho demasiado evidente, fue generando una reacción que cada vez resulta más adversa respecto del ex presidente, y ha venido a fortalecer, de manera gradual, la necesidad de reconstruir nuestra vida institucional y los recursos de discernimiento cívico con los que debe contar la comunidad.

Convertida en autoconvocatoria colectiva así como en demanda a las dirigencias políticas, esa conciencia de participación se ha ido extendiendo como una trama incontenible por todo el territorio nacional. No proviene de los partidos, sino que se dirige a ellos. Su meta es ver reconciliados el poder con la decencia. La eficacia operativa con la ética. Acaso éste sea el hecho más auspicioso con que podemos arribar a este fin de año.

Ya en 2008, la vida parlamentaria supo perfilarse como el ámbito decisivo para el logro de semejante reconciliación. Entonces, a través de la impugnación de la resolución 125, se produjo el registro institucional de una necesidad de cambio en el curso de las cosas. Luego, con las elecciones legislativas del pasado 28 de junio, resaltaron dos evidencias: que la mayoría ya no iba a ser atributo monolítico del oficialismo y que las dirigencias opositoras debían ir en busca de una articulación superadora de su propia segmentación.

Pero sería ingenuo decirle adiós al año 2009 sin tomar en cuenta que ya son y que serán incesantes los esfuerzos del oficialismo para pulverizar los proyectos de ley que puedan mejorar la calidad institucional de la Argentina.

Néstor Kirchner parecería despreciar las dictaduras militares, pero es seguro que no desprecia el autoritarismo. Comparte con aquéllas la convicción visceral de que los partidos políticos, como expresión de pluralismo ideológico, son un obstáculo para su concepción del poder.

Es posible, por lo demás que, en el transcurso del año venidero la centroizquierda no desoiga el canto de las sirenas que ha empezado a entonar en sus oídos el Frente para la Victoria.

Si lo desoyera, daría un paso innovador y fructífero en dirección al fortalecimiento del sistema político. Porque entonces buscaría situar su protagonismo a la izquierda del centro indispensable del sistema, que debe ser aportado a la democracia por la República y no a la izquierda de un poder antirrepublicano.

¿Entenderá algún día la centroizquierda que los acuerdos fundamentales debería lograrlos con la centroderecha y no con una versión retórica del progresismo, como lo es el partido gobernante? ¿Y la centroderecha? ¿Se dará cuenta de una buena vez de que, sin la centroizquierda, la República no terminará de constituirse y de que la democracia no prosperará?

Sólo si proceden en conjunto, recíprocamente persuadidas de la legitimidad del adversario, podrán diseñarse las políticas de Estado que hacen falta, lejos de las distorsiones brutales con las que el oficialismo contribuyó a ahondar la decadencia argentina.

Afianzar la república equivale a afianzar el centro. Este es el acuerdo primordial que corresponde alcanzar. Luego habrá quien se ubique a la izquierda de ese centro y quien lo haga a la derecha. El éxito con el que sueña el kirchnerismo depende de que ese centro no llegue a conformarse nunca.

Kirchner sólo se siente vivo si no convive. ¿Alguien duda de que rara vez se lo verá aparecer en el Congreso? La suya será una diputación testimonial. Habrá que comprobar, asimismo, si la supremacía numérica de quienes lo derrotaron eludirá el riesgo de ser igualmente espectral. Habrá que comprobar si los opositores son capaces de actuar en consonancia con el primer deber que les impone la reconstrucción del país.

La Comisión de Enlace agropecuaria fue consecuencia de un imperativo concebido como impostergable. Rebasaba ampliamente las reivindicaciones sectoriales, y a nadie se le escapó. A sus integrantes les importó más admitirlo que ignorarlo.

En torno a ese imperativo se gestó la unidad en la que, en un comienzo, muy pocos creyeron. ¿Las dirigencias partidarias alcanzarán a construir algo equivalente?

La derrota final de Néstor Kirchner tiene que ser la de un modo de concebir el ejercicio de la política. El momento actual es tan propicio para empezar a buscar ese desenlace como dramático e incierto.

Se trata, claro, de una tarea complejísima. Tan ardua y difícil como indispensable. Exige poner en juego actitudes innovadoras. El oficialismo intentará explotar las dificultades. Querrá sacarle todo el jugo a esa sombría tradición de ruptura que tanto daño le ha hecho a la Argentina. Dos proyectos de país se verán, entonces, confrontados.

Dos concepciones del poder y del prójimo. Una deberá promover la creciente interdependencia. La otra seguirá empeñada en alentar la dependencia.

Vivimos una disyuntiva crucial. Pocas veces un fin de año despertó tamañas expectativas y dejó entrever tantas acechanzas. Néstor Kirchner nada tiene que aprender para luchar por lo que se propone.

Le bastará con proceder como habitualmente lo hace. La oposición tiene, en cambio, que aprenderlo casi todo. El tiempo urge a uno y a otra. Ambas partes lo tienen claro. El Bicentenario encontrará al país embarcado en una disputa sustancial entre el pasado y el porvenir. © LA NACION

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