2010, odisea en la Argentina

Por A. Fernández

La Argentina no está en una posición fácil. Terminaremos el año con una caída que algunos afirman que alcanzará el 3% de nuestro producto bruto interno, tras concluir cuatro trimestres de caída consecutiva de la actividad industrial.

Por encima de lo que digan las voces más optimistas, la Argentina no está en una posición fácil. Terminaremos el año con una caída que algunos afirman que alcanzará el 3% de nuestro producto bruto interno, tras concluir cuatro trimestres de caída consecutiva de la actividad industrial. Para peor, la situación fiscal se deteriora día a día con un gasto público que no cesa de crecer y una recaudación que no logra ni siquiera equilibrarlo. Tras seis años consecutivos de superávit fiscal, acabaremos el año exhibiendo un déficit en nuestras cuentas públicas que empeorará a lo largo del año entrante.

Hay quienes quieren aliviar tan dramática situación diciendo que hemos logrado sortear la crisis con pocos costos. Sin embargo, ni el formidable golpe que han sufrido los ahorros de quienes se jubilarán en el futuro para poder sobrellevar aquel gasto, ni el indudable e importante crecimiento del desempleo y la precarización laboral (casi un tercio superior a la observada al iniciarse este año) parecen hacer bajo el precio pagado por la crisis.

Otros, tratando de justificar semejante realidad, acuden a la dimensión global del conflicto. "El mundo se ha caído", dicen. Pero cuando eso afirman no se dan cuenta de que nuestro alrededor más cercano exhibe una realidad muy diferente a la nuestra. El mismo trance que nos ha hecho caer a nosotros, ha permitido que Brasil, Chile y Uruguay crecieran. ¿Cómo se explica?

Seguramente en 2010 la Argentina presentará un crecimiento en su economía inversamente proporcional a la caída que finalmente muestre en este año. En consecuencia, en el mejor de los casos, al ingresar a 2011 estaremos igual que en el año 2008, mientras que a nuestro alrededor muchos habrán visto crecer sus economías entre cinco y ocho puntos. Tres años perdidos.

Ante semejante cuadro de situación, la Argentina sigue encerrada en insólitos debates y en confrontaciones absolutamente infructuosas. Lejos de preocuparnos por ver el modo de unir esfuerzos para salir cuanto antes de tan magra situación, profundizamos diferencias y antagonismos y poco a poco seguimos cavando en el pozo en el que nos hemos metido.

Al gobierno nacional sigue costándole mucho entender la dimensión del problema. Sus voceros parecen pensar que el malestar no existe y que todo lo que vivimos es el resultado de lo que los medios de comunicación transmiten. Algunos, osados por cierto, hasta se animan a decir que todo anda de maravillas y que son las malas noticias publicadas en los diarios las que determinan un clima adverso que frena las inversiones. No advierten, lamentablemente, que son sus impensadas (o pensadas) decisiones las que hacen que muy pocos quieran arriesgar su dinero en un país en el que las reglas se vulneran permanentemente. Basta con ver a un secretario de Estado presionando a funcionarios para que fuercen sus argumentos todo lo que haga falta en procura de justificar la apropiación de una empresa para entender dónde está la génesis de la falta de vocación inversora.

La oposición, atomizada y carente de ideas superadoras, acaba de adoptar una particular decisión. Para enfrentar al Gobierno todos se unirán en pos degarantizar un número suficiente en cada comisión de la Cámara de Diputados que deje en minoría a los legisladores oficialistas y también alcanzar la presidencia de las comisiones estratégicas. Dicho de otro modo, acaban de resolver que será la suma de las parcelas opositoras la que disponga qué normas han de salir del Parlamento, con absoluta prescindencia de lo que el gobierno nacional requiera.

Para justificar semejante acción, recurren a los resultados electorales de junio último. Allí el oficialismo vio mermar fuertemente la adhesión social, de tal modo que sus mayorías parlamentarias se esfumaron con los votos de la ciudadanía. Pero también allí se pudo verificar que ninguna fuerza política de oposición logró imponerse categóricamente.

La "nueva mayoría" que se está imponiendo ahora en la Cámara baja no representa de ningún modo la decisión electoral. Es la unión de pequeñas minorías que, para peor, generalmente se muestran enfrentadas. ¿O es que acaso representan lo mismo el PRO y los seguidores de Pino Solanas? Además, para sumar a la confusión, en ese mismo cuerpo confluyen legisladores que fueron electos en las listas del oficialismo y que ahora beben en el cántaro de la oposición sin que nadie les atribuya aptitudes tránsfugas.

Irónicamente, quienes se plantean semejante maniobra son los mismos que habitualmente declaman la necesidad de favorecer el mejoramiento institucional en nuestro país. Mientras lo hacen y rasgan sus vestiduras de honorables republicanos, propician condicionar el ejercicio de la administración del Estado en manos del gobierno nacional.

Por momentos, todos ellos parecen ser parte de pequeñas facciones armadas que disparan a distintas latitudes. Hay quienes disparan a los banqueros y hay quienes disparan a los que producen. Y hay quienes buscan en las embajadas de potencias extranjeras un guiño que avale sus desquiciadas acciones de "armada brancaleone". Mínimos ejércitos abriendo fuego desordenadamente que sólo reconocen una táctica en común: poner en aprietos al Gobierno.

Controlar una comisión en el Parlamento significa tanto como disponer del impulso legislativo. Quien tiene en sus manos el impulso, tiene también en sus manos el poder de demorar y hasta de frenar. Y si el impulso se posterga o se frena, termina por impedirse el debate.

Es delicado que quien gobierne carezca, por ejemplo, del control de la Comisión de Presupuesto y Hacienda en una cámara parlamentaria. Es difícil pensarlo, pues desde allí se traccionan las normas que el Poder Ejecutivo reclama para administrar la hacienda pública, y si la comisión no actúa la norma nunca llega el debate del cuerpo. No es un problema que en el pleno, discusión mediante, la iniciativa se frene por imperio de una decisión mayoritaria constituida respetando la representatividad que el pueblo ha asignado a cada espacio político que conforma el cuerpo. El problema es que alguien se adueñe de la llave que abre la discusión legislativa.

Es tan inadmisible pretender controlar la labor parlamentaria desoyendo al oficialismo como es inaceptable que el oficialismo anuncie que ve tar á cualquier norma que no haya acompañado con su voto. Extremos que sólo corroboran el nivel de irracionalidad que se ha instalado en el escenario mayor de la política argentina.

Hay en el accionar opositor una clara actitud de revancha a un gobierno tan encerrado en sus pareceres que se muestra incapaz de advertir la mala predisposición social que sus políticas generan. Pero llevando adelante semejante conducta, los opositores también demuestran su encierro al desoír una demanda ciudadana que pide algo de sensatez entre tanto agobio.

Nadie advierte la dimensión del problema. Unos y otros, en disputa permanente, tironeando en un país que otra vez empieza a cansarse de los que se obstinan en crear escenarios que en nada se corresponden con la realidad. Y el riesgo de rechazar y no asumir la realidad, como decía Clement Rosset, hace que algunos crean en "futuros luminosos" y otros en "apocalipsis redentores". Espejismos de todo tipo que sólo nos regresan al desierto del presente.

Aunque nada será fácil en la Argentina venidera, todo será más complejo si no asumimos la dificultad que nos toca vivir e irresponsablemente aceptamos sumergirnos en una odisea que, como toda aventura, puede dejarnos otra vez perdidos en el país del todo vale.

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