2010: un Bicentenario sin próceres

Por Silvio Santamarina.

El escenario del año que viene se presenta tan incierto como el turbulento 2009, aunque no necesariamente debería ser así. La fórmula de conducción del kirchnerismo seguirá subordinando las instituciones a su estilo hegemónico de manejo del poder. El nuevo perfil opositor del Congreso chocará con la destreza K para hacer del Parlamento su escribanía

"Desde el punto de vista de la macroeconomía, el 2010 tendría que ser un año tranquilo y hasta positivo para nosotros, pero Néstor puede hacer cualquier cosa, y meternos en otro quilombo. Ellos son así, les gusta hacerse los locos". El diagnóstico murmurado pertenece a un alto funcionario de Economía que integra las comitivas oficiales a las más importantes presentaciones de la Argentina en foros financieros y de negocios en el mundo. El kirchnerismo logró el dudoso milagro de eliminar el interés de los analistas e inversores internacionales por los números –los "fundamentals"– de la economía local: sólo preguntan por el humor de la mesa chica pingüina para saber qué bonos comprar o vender. Los más o menos informados preguntan específicamente por el estado anímico del secretario de Comercio & Afines, Guillermo Moreno, aunque a los expertos en asuntos argentinos ya se les ha explicado que Moreno es un soldado K, y que sus arranques y frenadas están perfectamente digitados desde Olivos.

Los empresarios locales, en cambio, concentran sus angustias por el escenario 2010 en el papel cada vez más protagónico de Hugo Moyano, que esta semana apareció como una especie de chofer y guardaespaldas de la Presidenta, eso sí, con el salario más alto del planeta en el mercado de escoltas presidenciales. ¿Son creíbles los amagues de lanzamiento electoral del jefe de la CGT? Los que hablan seguido con el poderoso camionero se acostumbraron a escuchar su fascinación y entusiasmo con el caso Lula, que de líder sindical llegó a conducir una de las potencias emergentes del capitalismo globalizado. Incluso los dirigentes y empresarios que más lo respetan reconocen que el brasileño tiene otra estatura intelectual y, lo más importante, otro nivel de aceptación en la opinión pública de su país. Y no sólo de su país: hay encuestas argentinas que midieron a Lula como un presidenciable al que, en teoría, le alcanzarían las adhesiones locales como para acceder a la Casa Rosada. Moyano no será Lula, pero los empresarios ya lo ven como el hombre fuerte que traba y destraba los grandes negocios y los grandes conflictos sociales del país. Él y sólo él encarna el cara o ceca de la suerte de los argentinos en 2010. La lógica indicaría que ése debería ser el lugar de Kirchner, pero su idiosincrasia espasmódica y zigzagueante lo convirtió en una variable histórica que, de tan impredecible y ambigua, ya no sirve para armar planes a futuro.

Sin ir más lejos, su nuevo rol de parlamentario es ya, antes de asumir la banca, una paradoja. Esta semana les avisó a sus futuros colegas diputados que no se subordinará a las relaciones de fuerza en el recinto derivadas de las urnas. "Si nos quieren echar de todas las comisiones, que lo hagan. Tenemos las calles del pueblo y todos los micrófonos para hablar", anticipó Néstor. El mensaje a decodificar es simple: si el Congreso no dejará a los Kirchner gobernar a su antojo, entonces el matrimonio presidencial no les permitirá a los parlamentarios legislar. La contradicción del caso es que a partir de ahora Néstor será, precisamente, legislador de un poder al que nunca le reconoció autoridad verdadera.

Durante el mandato formal de Néstor Kirchner, la subordinación del Congreso al Ejecutivo era clara, y por eso se impuso la etiqueta de "Escribanía" para designar peyorativamente al Poder Legislativo. La confusión comenzó en el período cristinista de gobierno. Primero porque se suponía –erróneamente– que la Presidenta traería un nuevo protocolo institucional, con modales más prolijos para administrar la cosa pública que su marido. Luego explotó la crisis política derivada de la pulseada con el campo, y entonces Cristina derivó el desenlace al ámbito legislativo, en sintonía con la demanda generalizada de que las retenciones debían discutirse sobre tablas. Aquí los analistas se dividieron. La mayoría interpretó que, para aliviar la tensión antes de ganar la puja con el frente ruralista, y darle legitimidad a esa posible victoria K, la Presidenta confió la última batalla a su tropa legislativa. Pero hay otra lectura, menos difundida, que le quita dramatismo a la histórica madrugada del "voto no positivo" que catapultó a Julio Cobos a la fama. Esta segunda interpretación sostiene que, en realidad, Cristina ya temía una derrota inminente en la guerra de la soja, y para no absorber todo el impacto político y emocional de dar el brazo a torcer, les pasó la papa caliente a los legisladores oficialistas, para que les queme las manos a ellos.

En cualquier caso, la jerarquía inferior que el kirchnerismo le otorga al Poder Legislativo aparece en toda la historia que siguió a aquella hecatombe gauchesca. Cuando Kirchner decidió adelantar las elecciones legislativas de noviembre a junio, lo hizo para usar una votación parlamentaria como un seudoplebiscito que le sirviera para ratificar su hegemonía. Le fue mal en las urnas, pero el precio lo pagó el Congreso, cuya composición "vieja" quedó deslegitimada a los ojos de la mayoría de los votantes, que votó contra la boleta encabezada por Kirchner. También hay un efecto de ilegitimidad que salpica al "nuevo" Congreso, y para peor, a los ojos de los votantes K, que a partir del 10 de diciembre no verán en sus bancas a los "candidatos testimoniales" Daniel Scioli, a Sergio Massa, a Nacha Guevara, quienes evidentemente no estaban muy interesados en el poder que les podría significar un humilde puesto parlamentario. De todos modos, a pesar de la devaluación de las bancas operada por las estrategias K, el oficialismo no pierde las esperanzas de retomar el control legislativo perdido en las urnas. El Gobierno y sus operadores apuestan a su mayoría tercerizada intermitente, compuesta por retazos, flecos individualistas –borocotizados o no– de la oposición dividida: la centroizquierda mareada por la ideología y la escasez presupuestaria; el radicalismo químicamente inestable por el factor Cobos; la explosiva y asfixiante conducción de bloque que ejercerá Lilita Carrió; y las irreconciliables disputas de cartel y de cachet entre las figuras del peronismo disidente. Y si la borocotización no alcanza para neutralizar la mayoría opositora en el Congreso, los K gobernarán a decretazo limpio.

Se sabe que el kirchnerismo hizo de un defecto –el desprecio por la formalidad institucional– su gran virtud. Para un K, estar en un cargo no es lo mismo que cumplir la función oficialmente asignada. El jueves, en el Boletín Oficial se publicó la aprobación del organigrama y las funciones del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales, encargado de repartir las nuevas asignaciones a los más pobres. Entre las acciones, se dispone: 1) "Realizar la identificación y selección de las familias en situación de mayor pobreza y vulnerabilidad social a fin de posibilitar una mayor eficiencia, transparencia y equidad en la distribución de los recursos del Estado". (…) 5) "Proveer un diagnóstico socioeconómico preciso de los grupos poblacionales en condiciones de vulnerabilidad, para el diseño de programas y proyectos sociales". Estas directivas –firmadas por la ministra Alicia Kirchner– están muy bien para un gobierno popular recién asumido, aunque suenan un tanto tardías y descorazonadoras para una gestión que ya lleva seis años y medio. También suenan fuera de tiempo los diagnósticos y las promesas de medidas contra la inseguridad del Ejecutivo bonaerense. Y da más pena que risa la demora oficial en asumir lo que todo el país sabía: que Antonini Wilson sí entró a la Casa Rosada.

En la cuenta regresiva del Bicentenario, deberíamos aprender a distinguir un caudillo de un prócer: los caudillos mandan, pero los próceres gobiernan.

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