El 2009 no tiene la culpa

Por: Ricardo Roa

La celebración del año nuevo existe en todas las culturas y civilizaciones. Es una fiesta que propicia, como pocas, la esperanza. Si se quiere, es una excusa para celebrar la esperanza. Algo termina y algo comienza. Y se desea que lo nuevo sea mejor. En un sentido, el año nuevo es una fiesta del deseo

Y es también un momento para pensar sobre lo hecho, lo bueno y lo malo. Hay quienes dicen que no debería ser así: en estos días los balances son más emocionales que racionales y pueden causarnos daño ¿Por qué no rechazar esa compulsión al autoexamen?

Un balance puede convertirse ciertamente en un ejercicio de autoflagelación. Pero también en algo a favor: una oportunidad para revisar lo hecho y aprender de la experiencia. No es un debe y un haber sino una exploración del pasado para hacer las cosas mejor, si se puede, en el ciclo que comienza. No hay proyectos sin balances. Por eso los necesitamos.

Estas fiestas no son un acontecimiento más. Hay encuentros de cada uno consigo mismo. Y un deber ser también en el encuentro con la familia: el de estar con todos. Pero este imperativo social no necesariamente es auténtico: queremos ver a algunos y a otros menos.

O nada. Al fin, cada familia es un combo. Y a veces hasta se pertenece a más de una. Cada cual vive las fiestas como quiere o como puede. Mezclando afecto y compromisos.

"No le tengamos miedo al 2009 que todavía no nos hizo nada", rezaba días atrás un aviso en este diario. Y es cierto. Tanto como que llega complicado, muy complicado. Las señales de la crisis se encendieron en muchos lados. Lo mejor es anticiparse a ella. No con temor sino con realismo. Que es como se ayuda a la esperanza.

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