2009

Por Martín Caparrós.

2009 The Movie va a ser más brutal que 24, más complicada que Memento, más lloradora que Celeste: un hombre que fue potente lucha contra el cerco que lo va acorralando día tras día.

Si uno pudiera llamar al chino, pedir delivery, prender la tele y sentarse a disfrutar de la película, pocas la empardarían. 2009 The Movie va a ser más brutal que 24, más complicada que Memento, más lloradora que Celeste: un hombre que fue potente lucha contra el cerco que lo va acorralando día tras día. El hombre todavía tiene poder y la batalla es hercúlea; todos sabemos que no puede ganarla –y ciertas cosas que dice nos hacen pensar que él también lo sabe–, pero tampoco puede no pelear. Hay pocos temas más atractivos para un relato que el condenado que no abandona su combate inútil.

La película –crisis mediante– no incluye muchas escenas colectivas; por momentos tiene un aire La Ciénaga de decadencia turbia, calurosa –pero con menos talento–, y está contada muy personal, mucha secuencia en interiores, muchos encuentros del hombre con sus más cercanos. Su mujer y coprotagonista, por supuesto, tiene un rol principal: ella ha tomado las riendas de algunos de sus negocios porque él se lo pidió, y por momentos tiene la impresión –ella tiene la impresión y él no consigue disuadirla– de que no está a la altura, que las cosas no le salen como estaba previsto y que, con sus fallos, está acelerando la caída de los dos. Hay discusiones, que tampoco terminamos de entender: una de las astucias de 2009 es que las palabras de sus protagonistas nos llegan con una ligera distorsión, y nunca sabemos exactamente qué nos están diciendo –así que tenemos que imaginarlo, completar sus textos con nuestras propias impresiones o suposiciones.

Mientras tanto aparecen flash backs muy breves que van contando la historia del ascenso durísimo del hombre que no le hizo asco a nada para construir su poder –que ejecutó a deudores en problemas, que halagó a los peores, que reescribió su historia, que pactó con quien fuera necesario– y que consiguió, en su momento de gloria, borrar de la memoria de los otros aquellas taras que ahora, poco a poco, regresan al recuerdo. Usando el viejo truco del documental falso, que siempre abarata y permite contar cuestiones complejas, las imágenes muestran esas escenas antiguas de frío y muy pocos amigos y las contraponen con unas tomas generales de los grandes momentos: su llegada a la gerencia general, sus encuentros con otros hombres poderosos, sus empleados vivándolo o explicándolo o escribiendo textos halagadores, su desdén por los que fue dejando en el camino, derrotados.

–Ése es un lúser. Cuando quiera que venga y yo le explico.

Otro tipo de escenas va puntuando 2009: son tomas del protagonista en charlas con sus colaboradores. En las primeras, los laderos son todo sonrisa, carcajada, asentimiento; después los vemos más serios o, incluso, discutiendo las afirmaciones de su jefe; hacia el final vemos al hombre solo, esperando interlocutores que no llegan, aburriéndose, desesperando, preguntando a su secretaria por el intercomunicador qué pasó con mengano. El tipo sabe que están haciendo contra él lo que él siempre hizo contra los otros: conoce cada truco pero ha perdido la posibilidad de aplicarlos y sabe, porque los sabe, que van a funcionar. Entonces la película se desvía para mostrarnos a ésos que lo van abandonando, los que descubren de pronto que no era el que decían hace quince días, los que todavía están con él pero ya buscan otros destinos de reemplazo, los que se encuentran para inventarse otros negocios y convencerse mutuamente de que en realidad nunca lo apoyaron: las infinitas variantes de la traición.

–Y lo peor es que yo los entiendo.

Murmura el hombre, lo escuchamos.

–Yo sé que están haciendo lo que tienen que hacer.

Entonces vemos, como un contraste, a los pocos incondicionales que saben que no tienen cómo despegarse del protagonista –que los va a arrastrar en su caída– y se devanan los sesos pensando cómo equivarán la desgracia y, eventualmente, la cárcel si todo se complica mucho. Tras la última de estas escenas –una cena sombría, cuatro hombres que hablan en voz baja– volvemos al jefe: por lo que dice entendemos que lo que más le pesa es no entender por qué lo abandonó la suerte que siempre lo había acompañado, por qué ahora le tocan todas malas: la crisis mundial, la caída de la producción, los aumentos de los servicios, y encima –éramos pocos y parió la abuela– la sequía, que le va a complicar cada negocio. Y encima tiene que seguir ocupándose de la empresa, tomando medidas, decisiones –que le salen cada vez más confusas, como esas películas que parecen hechas de trozos de películas viejas.

Una penúltima secuencia lo muestra cansado, demacrado, la sonrisa hecha mueca en un intento por recuperar su viejo gesto, mientras habla con su mujer. Una vez más, no conseguimos entender claramente sus palabras pero nos damos cuenta de que hablan de la ingratitud, de la incredulidad ante la noticia de que fulano también los abandonó, de la posibilidad de la venganza y de la duda sobre su utilidad o, incluso, su placer. Entonces pareciera que ella le dice que no es para tanto, que todavía están ahí, que no han perdido todo, que sus enemigos son una manga de inútiles, que de hecho conservan poder en la empresa y pueden hacer algo, y él la mira raro y parece que pensara que sí, que quizá sí, que no tiene que dejarse llevar por la desilusión y seguir intentando.

–Ahora van a ver estos hijos de puta.

El espectador, entonces, se da cuenta de que se prepara el clímax final, la última batalla –y que su destino sólo puede ser uno, pero el camino hasta él puede variar tanto. Lo cual ya está planteado en esos planos que se fueron intercalando, con su aire de amenaza: imágenes oscuras, difíciles de ver, que se van precisando poco a poco. En lugares barrosos, rincones de la empresa, oficinas perdidas, personas imprecisas murmuran y gritan y se reúnen y se oye, aquí y allá, como en sordina, la pregunta hasta cuándo o, quizás, hasta cuándo podemos aguantar. Ahora, ya cerca del final, estas escenas se van haciendo más largas, más fuertes, más presentes, y se mezclan con las reuniones de los ex amigos del protagonista en un montaje que acelera un crescendo levemente fallido, como mal hecho, que va a culminar en una pantalla negra con un gran signo de interrogación –un recurso berreta.

Desde el cual se pasa a una última escena del protagonista y su mujer: avejentados, los maquillajes y los gestos exagerados por el tiempo y el uso, charlan sin entusiasmo en una mesa tipo jardín, al aire libre. Se ve que tienen frío. Él le dice –parece que le dice– que todavía no puede entender qué les pasó, ella le dice que el problema fue que nunca supieron bien qué estaban haciendo ahí, que si hubieran tenido una meta, un objetivo, él le dice que sí, que tenían, ella le sonríe con ese cariño que se tiene por los viejos y le dice –parece que le dice– que lo que pasó fue que subieron más de lo que podían, que hicieron lo que se habían prometido no hacer nunca: que se la creyeron –y le dice algo más, que no entendemos. Entonces él la mira con odio, ella le agarra la mano, él la retira, sube la música, los títulos bajan; el locutor anuncia que el próximo episodio va a contar con más detalle la carrera de las ratas que dejaron el barco y pelearon a mordiscones por la herencia. El locutor promete excitación e indignación en proporciones tornadizas y nosotros le creemos, porque es exactamente lo que acaban de darnos.

Ay, si sólo pudiéramos llamar al chino, pedir delivery, prender la tele y disfrutar de 2009. Si no fuera que en esa batalla roedora nos va la vida a todos –y, cuando termine, muchos ni siquiera van a poder llamar al chino. Si hubiera un modo de apagar la tele y tratar de hacer algo. Si sólo pudiéramos encontrar el puto control.

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