Y en el 2008 también

Dos candidaturas de Kirchner, sus lógicas. El futuro de Unasur. Brasil, mutaciones en el ranking bajo la mirada argentina. Las peripecias del año, releídas en la crisis. La carroza que volvió a ser calabaza, realineamientos en el centro del mundo. Reflexiones sobre el vocabulario. Por Mario Wainfeld

La candidatura de Néstor Kirchner a diputado nacional en 2009 es un globo de ensayo que atraviesa las fronteras. A nivel doméstico, reformula el tablero y condiciona las movidas de otros jugadores, en especial al interior del Pejota: Mario Das Neves discontinúa su prematura precandidatura presidencial, Felipe Solá hace un esfuerzo y se toma un respiro en su campaña permanente. A nivel regional, la movida del ex presidente suscita delicada curiosidad. La primera pregunta es si se trata de un amague o un primer paso. La segunda, si la iniciativa es compatible con la moción de llevar a Kirchner a la presidencia de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur). Sobre todo, si no obstaculizará el protagonismo que cabría esperar de su primer secretario ejecutivo, quien debe ser electo por consenso de los Estados miembro.

Kirchner incursiona en un juego que ya le es clásico, echa a correr la bola y se da tiempo para ver cómo se acomodan las cargas, cómo replican sus adversarios, qué registran las encuestas. Traducido al castellano, por ahora la idea está, lo demás se irá descifrando con el correr de los meses. Las candidaturas de Cristina Fernández de Kirchner a senadora en 2005 y a presidenta en 2007 se cocieron así, a fuego lento. Otras hipótesis quedaron en el camino se recuerdan menos.

El cronista habla con funcionarios de países vecinos y amigos, no rezongan pero se sorprenden un poco, quisieran saber más. En la Cancillería argentina no creen que la pretensión bonaerense interfiera con la supranacional. Argumentan que Kirchner da, clavado, el perfil del primer titular formal de Unasur. “Tiene que ser un ex presidente, de un país de peso, con aprobación electoral”, tabulan en torno de Jorge Taiana. El casting ofrece pocas alternativas: Ricardo Lagos no luce interesado, inmerso todavía en un eventual segundo intento de llegar a La Moneda. Nicanor Duarte Frutos tampoco se muestra y quizá no dé la talla. Los ex mandatarios de Colombia no generan adhesiones extendidas. Dos más dos da cuatro.

Unasur tuvo su partida de nacimiento con la declaración de apoyo al gobierno democrático de Evo Morales. Fue un resultado notable, urdido en un organismo cuya institucionalidad está en germen, algo no tan asombroso en nuestros parajes. Un liderazgo firme le haría bien a Unasur, mientras se construyen cimientos más sólidos. A fin del año pasado, en derredor de Kirchner se maquinaba que era un buen prospecto dedicarse a la política regional, tomando cierta distancia de la política de cabotaje. Mucha agua, mucho campo y mucha crisis han corrido bajo los puentes desde entonces y aunque la idea inicial persiste, los requerimientos internos son mayores que lo previsto.

La diplomacia presidencial consigue marcas altas como la Cumbre de Río en Santo Domingo, que frenó la escalada entre Colombia y Ecuador o la de Unasur en La Moneda, que le dio una buena mano a Evo Morales. Las decisiones son veloces, se actúan en vivo, la comunicación entre los líderes es vivaz e inteligible. También tiene sus exigencias: son muy deprimentes los tropiezos, son escuetos los márgenes de negociación cuando se requiere unanimidad o consensos muy amplios. La aprobación a Kirchner se macera a la espera de un cónclave que congregue a todos los presidentes concernidos o a casi todos. La Cumbre Iberoamericana en San Salvador, fechada a fin de este mes, excluye a Guyana y Surinam. Puede ser el momento, aunque no haya asistencia perfecta.

La presidenta pro tempore de Unasur, Michelle Bachelet, prefirió suspender una reunión agendada para estos días, explicando que era prematura y muy apretada con las previas. En el gobierno argentino discurren que también quiso evitar un acontecimiento internacional en vísperas de las elecciones municipales del domingo que viene. La Cumbre Iberoamericana de Santiago (la del inolvidable “¿por qué no te callas?” monárquico) fue utilizada por la derecha chilena para cuestionar a su presidenta por carencias de manejo. Las derechas autóctonas echan a mano de cualquier cosa para desacreditar a gobiernos que son diferentes entre sí pero que, en cada territorio, levantan frondas de los respectivos establishment.

Si se promedia todo lo que se dijo, da la impresión de que para fin de año Kirchner comandará Unasur y se seguirá cabildeando sobre su porvenir bonaerense. Pero nada está prefijado en un mundo inestable.

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El más pobre de los ricos: El intercambio comercial con Brasil fue creciente en estos años, llegó a nivel record. La balanza comercial es desfavorable para Argentina, también la más alta en términos absolutos, aunque porcentualmente ser achicó algo la brecha entre importaciones y exportaciones. Brasil es el destino de casi la cuarta parte de las exportaciones argentinas y, a su vez, ingresa más de un tercio de las importaciones. La relación es siempre inestable, supeditada a acuerdos transitorios, mecanismos bilaterales y un abanico no menor de acciones unilaterales. Ese universo excitado, azuzado por lobbies productivos de las dos naciones, está en ebullición y pone en vilo a los industriales argentinos. Los contactos entre los gobiernos, coinciden fuentes de ambos, son intensos, permanentes... y a nivel más bajo de lo que sería deseable y suele ser habitual.

En la narrativa de los líderes corporativos argentinos, la devaluación de los vecinos es una astucia que pone patas arriba la ecuación del comercio bilateral. Altos integrantes del gobierno argentino asumen que la situación es peliaguda pero no creen que sea una táctica deliberada del presidente Lula da Silva. De modo creíble, atisban que la devaluación no es una decisión soberana y premeditada. Más bien es una imposición de las circunstancias, que el gobierno vecino resiste malamente, destinando miles de millones de dólares.

El magma financiero, económico y político impacta en la potencia de América del Sur. Como con todo lo que viene sucediendo, las secuelas son indeterminadas aún. Pero las primeras señales ponen en discusión el lugar de Brasil en el mundo. Hace un par de semanas, un poblador del Quai D’Orsay calibraba ante varios cronistas sudamericanos: “Brasil ya no es el más rico entre los pobres. Es el más pobre entre los ricos”. Esa escala, discrecional más vale, lo ranqueaba en ligas mayores. Frente al caos financiero, empero, se vivió algo así como una regresión. Los jugadores fueron los grandes países occidentales, los ricos que se empobrecen a ojos vista pero siguen jugando en la Champions League. Lula, un gran presidente sometido a un episodio imprevisto y complicante, sigue de gira fuera de Brasil; las autoridades de su socio estratégico anhelan, sin alharaca, que vuelva para retomar negociaciones en primer nivel.

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Doha, revisitada: “¿Se imagina cómo estaríamos hoy si la ronda de Doha hubiera flexibilizado el comercio internacional?”, ucronizan y se celebran en un piso alto de Cancillería. La coyuntura resignifica acontecimientos recientes, Doha anticipó el desplazamiento del poder de Occidente hacia el Este. La guerra entre Georgia y Osetia, releída hoy, funge como prólogo del despertar de la Unión Europea (UE) y marcó un tope a las intervenciones bélicas de Estados Unidos, cuyo cupo parece colmado con Afganistán e Irak.

La UE reclama un nuevo status financiero internacional, en el que confía acrecentar su peso relativo. La segunda moneda del mundo, un amplio mercado común, cierto savoir faire en materia de regulaciones económicas serían su fortaleza. Los pasos cotidianos de sus líderes también espejan flaquezas. El lunes, en todo el planeta pero en Europa especialmente, una seguidilla de plenos acertados en la timba financiera produjo un espejismo: se decretó el final de la etapa de caída de la crisis. En pocas horas, como en el cuento de Cenicienta, la carroza volvió a transformarse en calabaza. El vértigo no aminora, siempre a la baja. En ese devenir, el premier británico Gordon Brown les saca ventaja a sus pares. Es el único que ganó un par de games en ese partido infernal, sus colegas reinciden en la doble falta como Guillermo Coria en una mala tarde.

Toda hipótesis de cambios geopolíticos se incluye en el estado de asamblea permanente que barre el mapamundi. La tendencia observable, con esa salvedad, es que en la UE cobra fuerza la hipótesis de rectificar un paradigma que rigió durante medio siglo. La mejor experiencia supranacional del siglo XX creció como respuesta a las guerras internas y al bloque soviético. Charles de Gaulle, cuentan, solía bosquejar un mapa en el que pintaba de rojo al bloque socialista, con otras tonalidades a Europa y a Estados Unidos. Haga el intento, lector: verá una gigantesca boca colorada a punto de fagocitarse a Europa occidental, casi una península en ese escenario. El Gran hermano trasatlántico quedaba lejos, mucho más protector que amenazante. La representación obturaba la mirada al este del este. Tanto que la UE “se durmió” cuando implotó el Muro de Berlín, mientras Washington primereaba, tejiendo alianzas políticas y militares con los estados re-emergentes. La NATO acogió nuevos huéspedes, armó un cinturón blindado y armado cercando a Rusia. Ahora, que el corazón económico del mundo gira hacia el este asiático, no será simple recomponer ese mapa, aunque da la impresión de que la famosa voluntad política rumbea para allá.

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Los hielos del realismo mágico: El politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre Argentina desde hace más de un lustro recibe un amenazante correo electrónico. Su padrino de tesis, el decano de Sociales de Estocolmo, lo conmina: “Le venimos pagando para que nos describa al continente volcánico, el del realismo mágico, profesor. Pero su comarca es pacífica, casi no hay guerras. Su experticia es necesaria acá, en el epicentro del cataclismo. Quiero mandarlo a Islandia, que pasó de ser una filial de Disneylandia a un Estado catástrofe. Le pido su venia, por acá el Consejo Académico está de acuerdo”. El politólogo entra en pánico, en furia. No quiere irse de acá, menos ahora que conoció a la prima morocha de su más que amiga, la pelirroja progre que ya no es kirchnerista. “Déjeme un tiempito más, profesor. Habrá elecciones en los próximos años, serán cruciales. Y también hay barullo entre Ecuador y Brasil, no crea que acá son todas rosas.” Duda en añadir alguna definición tajante, como que Islandia le parece un embole. Lo escribe como posdata coloquial, lo borra. Da enter y sale rajando para el Monumental. El clásico de los clásicos, aun éste (más devaluado que el real), es el partido más apasionante del planeta.

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Parole, parole, parole: El cronista se incomoda con las limitaciones del lenguaje. Incordia repetir “crisis”, una expresión polivalente que pierde potencia a medida que se reitera. Las metáforas naturalistas vienen a cuento, pero si se martilla con tsunamis o maremotos, se fetichiza un fenómeno humano que tiene autores materiales e intelectuales precisos. Su falta de templanza y autocrítica es uno de los epifenómenos más sensibles de estas semanas. Los demiurgos de un fracaso político y económico de rango universal ya presagian la salida y exponen sus recetas como si fueran infalibles y no coautores de la crisis, el tsunami, el maremoto o lo que fuera.

En país sito en el extremo Sur, una derecha rancia y huera de imaginación busca sacar partido de la situación, proponiéndose como profeta y médico brujo del futuro. Algo de eso se comenta en nota aparte, mucho de eso será el eje de la discusión pública autóctona en los tiempos por venir.

mwainfeld@pagina12.com.ar

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